El deterioro se extiende a varias calles del distrito Centro —Ave María, la de la Fe, la ronda de Valencia, Salitre, Mallorca y Primavera— y a las plazas de Lavapiés, Arturo Barea y Nelson Mandela. Begoña Sebastián, presidenta de la Plataforma del Barrio de Lavapiés, sitúa el momento más crítico en primera hora de la mañana, cuando la demanda de dosis en los narcopisos se dispara.
"Hay muchos toxicómanos y en las plazas y calles puedes verlo, a todas horas, aunque los peores momentos son por la noche y a primera hora de la mañana. A las 7.30, están todos desesperados, en pleno mono, y se pelean entre ellos", denuncia Begoña Sebastián, presidenta de la Plataforma del Barrio de Lavapiés.
Un policía con años de patrullaje en la zona apunta a un cambio en el patrón de consumo detrás del repunte de jeringuillas visibles. "Lo que está ocurriendo es que han pasado de consumir la mefedrona por vía oral a inyectársela", especifica. El fenómeno, añade, no se limita a esa droga sintética: también la heroína y el crack, antes fumados en «chinos», vuelven a inyectarse, un retroceso respecto a prácticas que el temor al VIH había apartado de la vista pública durante décadas.
Investigadores de la zona vinculan parte de ese consumo a la práctica del 'chemsex', relaciones sexuales en grupo bajo los efectos de drogas como la mefedrona, más potente que la metanfetamina o el GHB. El encarecimiento de los pisos turísticos en Chueca habría desplazado esa práctica hacia Lavapiés.
"Es muy común en una parte del mundo homosexual. Se veía sobre todo en Chueca. Pero, ahora, los pisos turísticos allí se han puesto muy caros y en Lavapiés se pagan más baratos; de ahí que el 'chemsex' esté proliferando en esta parte del centro de Madrid y, con él, la venta de ciertas sustancias", explican los investigadores.
Manuel Osuna, portavoz de la asociación de vecinos La Corrala, relaciona la proliferación de narcopisos con los operativos desarrollados en la Cañada Real, donde intervenciones judiciales han ordenado el derribo de búnkeres de narcotráfico con maquinaria municipal. "La situación es muy compleja, más allá de ser un asunto policial. La intervención debe ser también desde el aspecto social. La proliferación de narcopisos también la achacamos al trabajo que se está haciendo en la Cañada Real", sostiene. Y resume el desplazamiento del negocio al centro: "Y se ha venido al centro de Madrid, hasta el punto de que hay gente muy tocada por ella".
Osuna precisa que no todos esos pisos han sido ocupados a la fuerza: "Muchos narcopisos los regentan sus propietarios", más allá de los tomados por okupas tras forzar la puerta. Sebastián añade que en varios de ellos "se practica la prostitución", una actividad que convive con el consumo a la vista de los vecinos. "Lo veo cuando paso por la calle temprano, a las chicas, y también a los toxicómanos pinchándose en mi puerta", se queja.
La Cañada Real, que llegó a considerarse el mayor punto de venta de droga de Europa, es el precedente más próximo de intervención institucional en la región: desde hace años, cada operativo en los búnkeres de los clanes se cierra con el derribo de las construcciones por orden judicial. El efecto, según las asociaciones de Lavapiés, ha sido el traslado del negocio al corazón de Madrid, sin que conste un procedimiento judicial específico asociado al deterioro del barrio.
Mercedes, vecina desde hace 52 años, resume la percepción del deterioro desde un banco frente al teatro Valle-Inclán, donde un grupo de personas sin hogar duerme sobre cartones a pocos metros. "¡Hombre, claro que hay inseguridad! Hay gente que roba y, sobre todo, mucha droga. Últimamente, también, mucha policía", relata.