Plantas de Audi, Mercedes-Benz y Tata Steel figuran entre las instalaciones afectadas por la convocatoria alemana, que supera ya en intención a la referencia de 2024, cuando los paros reunieron a más de 100.000 trabajadores en las jornadas de mayor seguimiento. El sindicato dará a conocer el viernes 6 de noviembre la cifra de participación de esta ronda, un dato que servirá de termómetro sobre la fuerza real del movimiento y de presión añadida sobre la patronal antes de la siguiente cita negociadora.
La distancia entre las posiciones resulta, por ahora, difícil de salvar. IG Metall reclama una subida salarial del 5%, junto con garantías para proteger el empleo y los centros de producción y fórmulas de reparto de beneficios en los segmentos de la industria que mantienen rentabilidad. La patronal ha respondido con una oferta del 1,3% que no entraría en vigor hasta julio de 2028, además de un pago único equivalente al 1% del salario en julio de 2027 que, según la propia propuesta empresarial, las compañías en dificultades podrían no llegar a abonar.
El sindicato rechazó la propuesta y la calificó de recorte salarial real, una lectura que no resulta exclusivamente sindical: con una inflación de servicios que se resiste a ceder en la eurozona, cualquier acuerdo que quede por debajo del IPC implica, en términos prácticos, una pérdida de poder adquisitivo para el trabajador alemán.
«La oferta patronal equivale a una rebaja salarial en términos reales.» — IG Metall, comunicado sobre la negociación del metal y la ingeniería eléctrica, 2 de noviembre de 2026
La secuencia que ha llevado hasta este punto resulta reconocible: primero la crisis energética derivada de la invasión rusa de Ucrania en 2022, después la escalada de los costes salariales como respuesta a la inflación acumulada, y ahora la movilización en la calle. Alemania y Francia atraviesan ese ciclo al mismo tiempo, y lo hacen desde posiciones de debilidad distintas pero convergentes.
Francia, bloqueos educativos y vivienda
Al otro lado del Rin, la protesta francesa del jueves ya no se limita a la cuestión salarial: el coste de la vivienda y la política educativa se han sumado a las reivindicaciones, lo que amplía la base social del paro y estrecha el margen de maniobra del Gobierno francés para sacar adelante un presupuesto. La movilización no se circunscribe a estos dos países: Bélgica y España han registrado concentraciones en las últimas semanas, y en Alemania miles de personas se manifestaron el sábado 31 de octubre en Berlín y en más de 30 ciudades, con los precios, los alquileres y las condiciones de trabajo como denominador común.
Alemania y Francia han operado durante tres décadas como el eje que decidía buena parte de las decisiones económicas de la Unión Europea, desde el diseño del euro hasta las sucesivas respuestas a las crisis de deuda soberana que sacudieron la eurozona entre 2010 y 2012. Hoy ese eje arrastra dos averías distintas que se alimentan entre sí. La alemana es de competitividad: una huelga de 3,7 millones de trabajadores no constituye solo un conflicto laboral, sino la señal de que el modelo exportador alemán ha dejado de repartir lo suficiente entre quienes lo sostienen. La francesa es de legitimidad política: un paro nacional recurrente, con bloqueos en el sistema educativo, erosiona la capacidad del Ejecutivo para aprobar cuentas públicas creíbles.
Sin un presupuesto francés creíble, el Banco Central Europeo se queda con un interlocutor fiscal debilitado justo en el momento en que más lo necesita para calibrar su política monetaria. Los salarios alemanes fijan la referencia de la negociación colectiva en buena parte de Europa central; las cuentas públicas francesas fijan, a su vez, la prima de riesgo que el mercado exige a la deuda soberana del país. Si ambas variables se deterioran de forma simultánea, el BCE afronta un escenario de inflación de servicios rígida combinada con crecimiento insuficiente.
El riesgo de los efectos de segunda ronda
El problema que los datos agregados no resuelven es el de los llamados efectos de segunda ronda sobre los precios. Un acuerdo salarial del 3% en el metal alemán podría contener la inflación, pero también deprimiría el consumo y agravaría la atonía industrial que ya afecta a Alemania desde hace varios trimestres. Un acuerdo del 5%, en cambio, alimentaría presiones inflacionistas adicionales. No existe una respuesta técnicamente cómoda para la patronal ni para el Gobierno alemán, y por eso la cifra de seguimiento del viernes resulta determinante: si supera la participación de 2024, la patronal perdería margen para sostener su oferta actual.
El siguiente hito relevante será la reunión de política monetaria del Banco Central Europeo prevista para diciembre, precedida por la publicación de los índices de precios de la eurozona. Cualquier sorpresa al alza en la inflación de servicios complicaría todavía más la ya estrecha hoja de ruta del organismo presidido por Christine Lagarde.
Para el consumidor español, la conexión con este conflicto pasa de forma directa por el Euríbor. Un pulso salarial prolongado en Alemania y una Francia sin presupuesto estable tienden a elevar la prima de riesgo europea y a endurecer las condiciones de financiación en el conjunto de la eurozona. Traducido a hipotecas, cada mes sin recorte de tipos por parte del BCE se traduce en cuotas que no bajan, especialmente en las revisiones anuales de las hipotecas a interés variable.
Alemania y Francia concentran además una parte relevante de las exportaciones españolas, de modo que una parálisis prolongada de su actividad industrial recortaría pedidos a proveedores españoles y afectaría a las cotizaciones de los exportadores del IBEX. Una subida salarial fuerte en el sector metalúrgico alemán, por otro lado, podría encarecer los bienes industriales que España importa de su principal socio comercial europeo. El contexto se suma a otras señales recientes sobre el pulso del consumo, como la caída del comercio minorista un 1,6% en septiembre, su peor dato interanual desde 2022.
El sindicato alemán ha fijado el viernes como fecha de referencia para medir la fuerza de su movilización, un dato que condicionará tanto el margen de la patronal en la metalurgia como la lectura que el Banco Central Europeo haga de la rigidez salarial en su mayor economía antes de la cita de diciembre.
