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Washington presiona para reabrir el gas ruso a Europa vía Ucrania y el TTF marca máximos

El precio del gas en el mercado neerlandés TTF cotiza a 92,30 euros por megavatio hora, el nivel más alto desde diciembre de 2022, según los datos del mercado.

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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La Administración estadounidense está impulsando la reanudación de los flujos de gas ruso hacia Europa a través de la infraestructura ucraniana, según publicó el diario The Wall Street Journal. La información aflora nueve semanas antes de que la Unión Europea cierre, el 1 de enero de 2027, la puerta al GNL ruso, con los almacenes continentales a medio llenar y el TTF neerlandés en su nivel más alto desde diciembre de 2022.

El dato que mejor retrata la contradicción no está en la mesa diplomática, sino en la aduana. Entre enero y septiembre, la Unión Europea recibió 12,18 millones de toneladas de GNL procedentes de la terminal rusa de Yamal, el mayor volumen registrado hasta la fecha para ese periodo. No ha habido ruptura previa al veto: ha habido una acumulación de compras que coincide, casi en espejo, con el trimestre en que ese mismo suministro debía quedar prohibido.

El sistema de transporte ucraniano conecta los yacimientos rusos con los nudos gasistas de Eslovaquia, Hungría y Austria, de modo que su eventual reactivación tendría un efecto inmediato sobre los precios del centro y el este del continente. No es un detalle logístico: reabriría una fractura política que nunca ha cerrado entre los Veintisiete, divididos entre las capitales que priorizan la factura industrial y las que priorizan el aislamiento económico de Moscú.

El calendario de la Comisión Europea para vetar el GNL ruso se aprobó con el mercado holgado, bajo la premisa de sustituir el suministro ruso por el de otros proveedores, principalmente del Golfo Pérsico y Estados Unidos. Esa premisa se ha roto por partida doble. El bloqueo del estrecho de Ormuz derivado de la guerra de Irán ha restado, según la Agencia Internacional de la Energía, más de 300 millones de metros cúbicos diarios de GNL del Golfo, un volumen que Europa disputa ahora metanero a metanero con los compradores asiáticos.

Los registros públicos de Gas Infrastructure Europe muestran un colchón de almacenamiento que se estrecha a medida que avanza el otoño, con niveles bajos para estas fechas del calendario. Cada semana de retraso en el llenado se traduce en una prima de riesgo que el mercado cobra por adelantado, y que explica buena parte del salto del TTF hasta los 92,30 euros por megavatio hora, casi el triple que antes del estallido de la guerra de Irán.

Jørgensen rebaja el listón al 80%

El propio regulador europeo ha dado una señal que vale como diagnóstico. El comisario de Energía, Dan Jørgensen, ha animado a los Gobiernos a conformarse con un llenado de los almacenes del 80% en lugar del 90% que marca el objetivo habitual de la Comisión Europea. La Dirección General de Energía del organismo no ha abierto formalmente la puerta a un escalonamiento del calendario de veto, pero la rebaja del listón de almacenamiento apunta en esa dirección.

La comparación con el invierno de 2022 no sirve de molde automático. Entonces el shock procedía de la demanda europea buscando sustitutos con urgencia tras el corte de los gasoductos rusos; ahora es de oferta global, con un comprador asiático dispuesto a pagar primas que el mercado europeo no siempre puede igualar y con la flota mundial de metaneros redirigiéndose según el diferencial de precio entre continentes. La capacidad de regasificación que Europa ha construido a marchas forzadas no resuelve un problema que está en el origen del suministro, no en la puerta de entrada.

Tampoco existe una salida rápida por la vía del gasoducto del Báltico. La reparación de Nord Stream exigiría, según estimaciones manejadas por el sector asegurador, unos 36 meses de obras y un acuerdo político que hoy no existe entre las partes implicadas. Cualquier reactivación de flujos rusos hacia Europa pasaría, por tanto, por la red de transporte ucraniana y por un marco negociado entre Washington, Kiev, Moscú y Bruselas, no por la infraestructura submarina del norte de Europa.

El objetivo del veto —dejar de financiar con compras europeas la maquinaria bélica del Kremlin— no ha sido cuestionado abiertamente por ninguna capital de la Unión. El problema que ha emergido es de secuencia: la Comisión diseñó el calendario cuando el mercado global de gas estaba holgado y la sustitución de proveedores parecía viable sin coste excesivo. Cuatro años después, esa apuesta descansa sobre un mercado tensionado por Ormuz y por la competencia asiática, justo el escenario en el que el margen de maniobra resultaba más necesario.

Costa reclama «fuerza, recursos y unidad»

El riesgo que se perfila no es tanto un incumplimiento abierto del veto como su erosión por la vía administrativa: salvaguardas puntuales, licencias temporales y prórrogas para contratos ya firmados que terminarían vaciando de contenido una prohibición aprobada por unanimidad. Es el mismo dilema que atraviesa la agenda energética y exterior europea en este tramo final de 2026, en el que el presidente del Consejo Europeo, António Costa, ha reclamado a los Veintisiete «fuerza, recursos y unidad» para dejar de solo reaccionar ante crisis que llegan desde fuera de sus fronteras.

La dependencia energética europea del exterior no es un fenómeno nuevo. Desde la crisis del petróleo de 1973, el continente ha oscilado entre fases de diversificación de proveedores y episodios de vulnerabilidad aguda cada vez que un punto de paso estratégico —entonces el canal de Suez, hoy el estrecho de Ormuz— se ha visto comprometido por un conflicto regional. La diferencia esta vez es que la propia Unión había fijado una fecha de cierre autoimpuesta que ahora corre el riesgo de colisionar con una negociación diplomática que no controla ni ha iniciado.

El marco en juego es el calendario comunitario de prohibición del GNL ruso, un mecanismo aprobado para desconectar progresivamente a Moscú del mercado energético europeo. Su aplicación permite salvaguardas y prórrogas para contratos vigentes, el mismo flanco por el que una prohibición rígida puede diluirse cuando el mercado entra en tensión. La Comisión conserva margen para escalonar los plazos sin derogar el objetivo, como ya ha insinuado la rebaja del umbral de llenado de los almacenes.

Quedan nueve semanas para el 1 de enero de 2027. En ese plazo, la Comisión Europea deberá decidir si aplica el calendario de veto al GNL ruso tal y como fue aprobado o si introduce un escalonamiento que alivie la factura del invierno sin renunciar al objetivo de aislar a Moscú del mercado europeo.

Fuentes

  1. Merca2merca2.es

Material del que parte esta pieza. El texto es propio; los enlaces llevan al original.

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