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Xi Jinping visita Washington por primera vez en once años y estrena el salón de la Casa Blanca

Trump invitó a los asistentes a la cena de Estado a ser «los primeros» en pisar el sitio de construcción del nuevo salón, aún en obras.

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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El presidente chino, Xi Jinping, realizó esta semana su primera visita de Estado a Washington desde 2015 —la sexta a Estados Unidos desde que asumió el poder—, en un viaje de dos días marcado por gestos protocolarios inusuales, un despliegue militar poco habitual y el anuncio del envío de dos pandas gigantes al Zoo de Atlanta. La recepción, con salva de honor y alfombra roja en la Base Aérea de Andrews, no se repetía desde 1962.

Durante la cena de Estado, el propio Donald Trump invitó a Xi y al resto de invitados a recorrer el sitio de construcción del nuevo Salón de Baile de la Casa Blanca, una obra inacabada y prevista para culminar dentro de un año.

«Como un regalo especial, podrían ser las primeras personas en entrar en nuestro Salón de Baile… cualquiera que quiera caminar por un sitio de construcción limpio y brillante, es un honor», dijo Trump durante el recorrido.

El salón, un proyecto personal del presidente estadounidense para ampliar los espacios de representación de la residencia, convirtió a la delegación china en la primera en pisar la obra, aún entre andamios. Fue uno de los muchos gestos personales con que Trump recibió a Xi, en una visita que sus organizadores rodearon de un protocolo reservado a los principales aliados.

La llegada a la capital estuvo protagonizada por un contraste que circuló profusamente en redes: el desplazamiento paralelo del Cadillac blindado de Trump, conocido como The Beast, de más de una tonelada y media, y el Hongqi N701 —Bandera Roja, en mandarín— en el que se trasladó Xi, el modelo de lujo estatal chino. Ambos vehículos, diseñados para resistir ataques, coincidieron en las calles de Washington y en las imágenes de la cumbre, en lo que medios estadounidenses interpretaron como un símbolo de la rivalidad tecnológica y militar entre Washington y Pekín.

La recepción en la Base de la Fuerza Aérea Andrews reprodujo un protocolo que no se aplicaba desde 1962, cuando John F. Kennedy recibió allí al primer ministro británico Harold Macmillan. Trump y la primera dama, Melania Trump, saludaron personalmente a Xi Jinping y a su esposa, Peng Liyuan, al pie del avión, con alfombra roja, guardia de honor de 21 personas, himnos nacionales y una salva de 21 cañonazos.

El abrigo de Trump y la impasibilidad de Xi

Pese a una temperatura de unos 17 grados, Trump apareció con un abrigo hasta las rodillas y guantes de cuero, uno de los cuales se quitó para estrechar la mano de su homólogo chino, a quien además dio una palmada en la espalda, gesto habitual en él. La posterior demostración aérea de bombarderos provocó un respingo visible en el presidente estadounidense ante el estruendo, mientras Xi permaneció impasible, un contraste que se viralizó en redes sociales chinas.

El recorrido incluyó también una visita al nuevo helipuerto de granito instalado en los jardines de la Casa Blanca, donde Trump destacó ante Xi que este «tiene gran interés en el granito… es un experto en piedra y le encanta el buen granito». El itinerario se completó con una parada en el Muro de la Fama Presidencial —que incluye la fotografía enmarcada de la pluma con la que Joe Biden firmó como presidente—, un pase de revista militar en el Jardín de las Rosas con soldados de uniforme histórico apostados incluso en el tejado del Ala Oeste, demostraciones de vuelo, una ceremonia del té al día siguiente y una visita a los Archivos Nacionales.

La diplomacia del panda regresa a escena

Como gesto de cierre de la visita, Xi Jinping anunció el envío de dos pandas gigantes, bautizados Ping Ping y Fu Shuang, al Zoo de Atlanta, retomando la conocida como diplomacia del panda: la práctica china de emplear a estos animales como herramienta de acercamiento diplomático con terceros países, utilizada de forma recurrente por Pekín desde hace décadas. Trump, por su parte, entregó a su homólogo una estatua de águila calva diseñada junto a Melania Trump.

El menú de la cena de Estado combinó platos estadounidenses con toques chinos —lubina con sésamo y bok choy— y un espumoso Schramsberg Blanc de Noir que evocaba el brindis con el que Richard Nixon y el entonces primer ministro chino Zhou Enlai sellaron el deshielo diplomático de 1972, precedente histórico de todo acercamiento posterior entre Washington y Pekín.

Iowa, 1985: el origen de una relación singular

La anécdota más antigua y citada sobre la relación de Xi Jinping con Estados Unidos se remonta a 1985, cuando, como funcionario local de 31 años, lideró una delegación agrícola a Muscatine, en Iowa, y se alojó en casa del matrimonio formado por Thomas y Eleanor Dvorchak. Allí durmió en la habitación con temática de La Guerra de las Galaxias del hijo de la pareja, entonces universitario. Xi ha recordado en numerosas ocasiones la dirección exacta —2911 Bonnie Drive—.

«Ustedes fueron el primer grupo de estadounidenses con el que entré en contacto. Para mí, ustedes son América», ha dicho Xi Jinping a sus «viejos amigos» de Iowa.

La prensa estadounidense ha recordado estos días que el contacto entre Xi y la familia Dvorchak se mantuvo durante décadas, y que la vivienda llegó a convertirse en un pequeño museo dedicado a la amistad entre China y Estados Unidos. La visita de 2015, la anterior a la actual y realizada durante la presidencia de Barack Obama, dejó también episodios recordados, como la fotografía junto a directivos tecnológicos —entre ellos Mark Zuckerberg, fundador de una red social bloqueada en territorio chino— y una parada en el instituto Lincoln High School de Tacoma, donde recibió como obsequio una camiseta de fútbol americano.

El viaje se produce en un momento de fricción constante entre las dos mayores economías del mundo, marcado por disputas arancelarias, controles a la exportación de semiconductores y tensiones en torno a Taiwán, que Pekín reclama como parte de su territorio y Washington sostiene mediante la ambigüedad estratégica y la venta de armamento. La imagen de ambos líderes recorriendo juntos las obras del Salón de Baile contrasta con el tono más rígido de encuentros previos, como la cumbre celebrada durante el primer mandato de Trump en Mar-a-Lago en 2017.

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