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Mohamed VI reduce su presencia pública y delega actos en su heredero

El monarca alauí, en el trono desde 1999, ha ido cediendo representaciones a su hijo Mulay Hasán mientras Ceuta afronta un fuerte repunte de cruces desde Marruecos.

Por Redacción de El Hemiciclo· · Actualizado:
4 min de lectura
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Mohamed VI, rey de Marruecos desde julio de 1999 tras la muerte de su padre Hassan II, afronta a sus 63 años una etapa de creciente distanciamiento de la vida pública en pleno repunte migratorio en la frontera de Ceuta, ciudad autónoma española que en las últimas semanas ha registrado la entrada de miles de personas procedentes de territorio marroquí.

El monarca nació en Rabat en 1963 y recibió una formación marcada por la disciplina religiosa y diplomática propia de la casa real alauí. Se licenció en Derecho en la capital marroquí y completó un doctorado en la Universidad de Niza, en Francia, con una tesis centrada en la cooperación entre la entonces Comunidad Económica Europea y la Unión del Magreb Árabe, un vínculo académico que anticipaba el peso que la relación con Europa tendría en su reinado. Coronado con 35 años, fue apodado inicialmente «el rey de los pobres» por sus promesas de lucha contra la pobreza y la corrupción, en un intento de marcar distancia con el estilo de gobierno de su padre durante los llamados «años de plomo».

Entre sus reformas más señaladas figura la modificación del código de familia, que amplió derechos de las mujeres marroquíes: introdujo restricciones a la poligamia, facilitó el acceso al divorcio y modificó el régimen de custodia de los hijos. En paralelo impulsó una agenda de grandes infraestructuras que ha reconfigurado la economía del país, con proyectos como el puerto de Tanger Med, el tren de alta velocidad Al Boraq —el primero de su categoría en el continente africano— y los parques de energía solar de Ouarzazate.

Una monarquía ejecutiva tras la reforma de 2011

La Constitución de 2011, aprobada en referéndum tras las protestas populares enmarcadas en la ola de las primaveras árabes, cedió formalmente mayores competencias al Gobierno y al Parlamento marroquíes. Sin embargo, el rey retuvo el control exclusivo sobre tres áreas consideradas estratégicas: religión, defensa y política exterior. Ese reparto de poder, que sigue vigente, mantiene la centralidad institucional del monarca incluso en sus periodos de ausencia. Su condición de Amir al-Mu'minin, o príncipe de los Creyentes, le otorga además una autoridad religiosa que trasciende lo estrictamente político.

En el plano personal, Mohamed VI rompió en 2002 con la tradición de mantener en reserva la vida privada del monarca al presentar públicamente a su esposa, Salma Bennani, ingeniera informática a la que otorgó el título de Lalla Salma. De ese matrimonio nacieron el príncipe heredero Mulay Hasán, en 2003, y la princesa Lalla Khadija, en 2007. En 2018 la pareja se divorció de manera discreta y, desde entonces, Lalla Salma desapareció de la agenda oficial y de la vida pública.

La vida personal del monarca ha generado atención internacional por su cercanía con los hermanos Azaitar, luchadores alemanes de artes marciales mixtas que, según distintas informaciones, habrían pasado a formar parte de su círculo íntimo en los últimos años. Sus problemas de salud cardiovascular y respiratoria, unidos a estancias prolongadas fuera de Marruecos, han derivado en una presencia pública cada vez más espaciada, con una delegación creciente de funciones en su hijo, ya mayor de edad y con un papel institucional en representaciones diplomáticas y ceremonias de Estado.

Ese distanciamiento coincide con la actual tensión en la frontera de Ceuta, donde en las últimas semanas se ha registrado un notable incremento de cruces hacia territorio español, con consecuencias directas en la gestión de la ciudad autónoma. El Gobierno español, a través de la ministra de Defensa, Margarita Robles, ha advertido a Marruecos de que Ceuta y Melilla son «españolísimas e intocables», en respuesta a la reivindicación histórica de soberanía sobre ambos territorios que mantiene Rabat.

La relación bilateral arrastra episodios de fricción, como la crisis diplomática de 2021, cuando el paso de miles de personas hacia Ceuta en apenas horas tensó al máximo los lazos entre ambos países. Aquel enfrentamiento se saldó posteriormente con una recomposición de las relaciones y acuerdos de cooperación en materia migratoria y de seguridad fronteriza. El asunto de la soberanía de las ciudades autónomas permanece latente, sin que Marruecos lo haya planteado formalmente por canales diplomáticos oficiales en los últimos meses.

El precedente de 2021 no fue el primero: la Marcha Verde de 1975, organizada por Hassan II, ya demostró la capacidad de Rabat de emplear la movilización de población civil como instrumento de presión sobre España en un momento de debilidad política, entonces coincidente con la agonía del régimen franquista. La frontera de Ceuta y la del Sáhara Occidental han funcionado desde entonces como termómetros recurrentes de la relación hispano-marroquí.

El vínculo entre ambos países se remonta al Protectorado español (1912-1956) y se sostiene hoy sobre intereses compartidos en materia migratoria, comercial y de seguridad en el Estrecho. Marruecos es, además, uno de los principales socios comerciales de España en el norte de África, lo que confiere a cada episodio de tensión fronteriza una dimensión que excede lo estrictamente diplomático.

El monarca combina su jefatura de Estado con la gestión de un patrimonio empresarial que abarca sectores estratégicos como la banca, la agricultura y la minería, articulado a través del holding real Al Mada, cuya dimensión económica no ha sido detallada oficialmente por la Casa Real alauí. Ese entramado, junto al aparato institucional consolidado durante más de dos décadas de reinado, explica por qué su repliegue de la escena pública no se ha traducido en inestabilidad interna.

La evolución de la crisis en Ceuta, la respuesta de Rabat y el peso creciente de Mulay Hasán como cara visible de la corona marcarán en los próximos meses una relación bilateral que ha alternado cooperación y choque. El grado de implicación personal de Mohamed VI, cuya presencia pública se mantiene en niveles reducidos según la información disponible, seguirá siendo una de las incógnitas centrales de esa ecuación.

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