Hankir, cuya familia emigró del Líbano hacia Inglaterra para escapar de la guerra civil de 1975, relaciona el maquillaje con la memoria familiar más que con la moda. Recuerda haber observado a su madre aplicarse kohl en la distancia, un gesto que interpretaba como una forma de permanecer conectada con algo profundo pese al desarraigo. Esa misma sensación, dice, la acompaña hoy cuando repite el ritual en su apartamento de Brooklyn, lejos de Medio Oriente.
"Cuando me pongo el delineador en mi apartamento de Brooklyn, tan lejos de casa, siento que me conecto con mi madre, mi abuela y con mujeres de todo Medio Oriente", cuenta Zahra Hankir a BBC Global Women.
El origen del kohl se remonta a las civilizaciones del Antiguo Egipto, Mesopotamia y Persia, donde lo usaban tanto hombres como mujeres sin distinción de clase social. Hankir sostiene que su función iba mucho más allá del ornamento: servía como protección espiritual y como barrera contra enfermedades oculares, un uso que los antiguos egipcios consideraban tan vital que enterraban sus tarros de kohl junto a los difuntos para que los acompañaran al más allá.
El busto de Nefertiti hallado en 1912
La reina egipcia Nefertiti habría sido, según Hankir, la primera figura en popularizar masivamente el uso del delineador. El busto que la representa, hallado por un equipo arqueológico alemán dirigido por Ludwig Borchardt en 1912, muestra con nitidez el trazo oscuro alrededor de sus ojos. En su libro, Hankir describe cómo ese contraste cromático construyó una imagen de autoridad que, siglos después, mujeres en Alemania intentaron emular asociando el kohl con belleza y empoderamiento.
El legado estético de Nefertiti no se ha extinguido: circulan cientos de tutoriales en plataformas como YouTube, TikTok e Instagram que reproducen su rostro con un nivel de precisión notable, según documenta la autora.
Aunque en el mundo árabe el cosmético se conoce como kohl, la práctica adopta distintos nombres según la región: kajal en el sur de Asia, tiro en Nigeria y sormeh en Irán. Tradicionalmente se elaboraba con antimonio, plomo u otros minerales, mientras que las versiones comerciales actuales incorporan otros ingredientes.
Un hilo común de protección entre culturas
La investigación de Hankir la llevó a recorrer regiones tan distantes como Kerala, Chad, México, Jordania y Japón para rastrear variantes del delineador. Pese a la diversidad de aplicaciones y significados, encontró que la idea de protección —frente al sol, al llamado mal de ojo o en rituales religiosos— se repite como denominador común en prácticas muy alejadas geográficamente entre sí.
En Japón, la autora conversó con geishas que utilizan delineador rojo como símbolo de protección vigente en la tradición escénica. En la cultura chola mexicano-estadounidense, en cambio, el delineador funciona como marcador de identidad, resistencia y orgullo cultural, una lectura que contrasta con los usos ceremoniales observados en Asia.
Hankir también documentó que el uso del delineador no es exclusivo de las mujeres en varias sociedades. Entre los wodaabe, un grupo nómada fulani de Chad, los hombres se maquillan los ojos para un concurso anual de belleza en el que son las mujeres quienes evalúan su apariencia. Algo similar ocurre entre beduinos de Petra, en Jordania.
"Los hombres beduinos en Petra, Jordania, usan delineador no solo para protegerse del sol o expresar su religiosidad, sino porque también saben que los hace ver bien. Además, es un rito de paso hacia la adultez y un marcador de soltería", dice Hankir.
La práctica también se extiende a la infancia: en numerosos países de habla árabe es habitual aplicar kohl a los ojos de los niños, un gesto considerado protector, y existen nombres propios como Kajal o Kahilain que reflejan el peso cultural del cosmético en esas sociedades.
Para Hankir, la declaratoria de la Unesco reconoce una resistencia prolongada frente a procesos de borrado cultural. La autora sostiene que el mérito corresponde a comunidades del Sur Global, especialmente del mundo árabe, que mantuvieron viva la tradición del kohl pese al desplazamiento, el colonialismo y la pérdida cultural, y considera que el reconocimiento "tardó en llegar".
"Este tipo de reconocimiento ayuda a preservar los conocimientos, rituales y artesanía que rodean a la fabricación y el uso del kohl, asegurando que se documenten, transmitan y valoren a lo largo de las generaciones, en lugar de diluirse o perderse en la cultura globalizada del maquillaje comercial", explica Hankir.
La conversación que impulsó el libro surgió, según relata, de un momento cotidiano: sacar un tarro de kohl durante una cena con una amiga iraní derivó en un intercambio sobre simbolismo e identidad que terminó convenciéndola de investigar la historia del delineador a escala global. El mecanismo de la Unesco incluye en su lista representativa prácticas vivas —oficios, rituales, saberes— cuya protección depende de que las comunidades que las sostienen las sigan transmitiendo, un criterio que distingue este patrimonio del monumental.
"Es casi un acto espiritual. Es casi ritual cuando te lo pones. Te estás conectando con mucho más que solo trazar una línea en los ojos", resume Hankir sobre un gesto cotidiano que la Unesco inscribió como patrimonio inmaterial en diciembre pasado.
