"Cuando gane, bajaré los precios inmediatamente", prometió Trump durante la contienda de 2024. Año y medio después de asumir, el último informe sobre inflación previo a las elecciones de mitad de mandato confirma que los precios continúan altos, una circunstancia que erosiona el respaldo ciudadano a su gestión económica, de acuerdo con la corresponsal de negocios de la BBC en Nueva York, Michelle Fleury.
La administración republicana atribuye el malestar a una lectura incompleta de los indicadores. El portavoz de la Casa Blanca, Matthew Middleton, sostuvo tras conocerse el reporte que la "agenda económica a favor del crecimiento" del gobierno había mitigado "la crisis inflacionaria de Biden". En la misma línea se pronunció Larry Kudlow, comentarista económico y aliado de Trump, quien describió la expansión actual como "la mejor historia jamás contada" y afirmó que "nadie va a ser despedido".
El contraste entre el discurso oficial y la experiencia cotidiana de los consumidores explica buena parte del desgaste. Un crecimiento del 2.2% sería respetable incluso para economías ricas como Alemania, que ha tenido dificultades para generar un dinamismo comparable, y una tasa de desempleo de 4.2% dista de reflejar una recesión. Sin embargo, los votantes no evalúan la economía por el producto interno bruto ni por los máximos bursátiles, sino por lo que pagan en el supermercado y en la gasolinera.
La encuestadora demócrata Celinda Lake, quien asesoró la campaña de Biden en 2020 pero no participó en la de 2024, explica que el desencuentro nace del propio lenguaje económico. "Cuando los economistas dicen que la inflación baja, se refieren a que la tasa de aumento ha disminuido", señala. "Cuando los votantes dicen que la inflación ha bajado, quieren decir que el precio ha vuelto a ser el mismo. Pues bien, por supuesto, nunca vuelve a ser el mismo", agrega.
"No se puede discutir con la gente sobre su propia realidad de vida", afirma Celinda Lake, encuestadora demócrata que asesoró la campaña de Joe Biden en 2020.
Esa misma desconexión entre indicadores agregados y percepción ciudadana marcó buena parte de 2024, cuando el gobierno de Biden insistió en el bajo desempleo, el crecimiento sólido y la desaceleración de la inflación sin lograr revertir el pesimismo sobre el costo de vida. El resultado de aquella frustración se reflejó en las urnas, un patrón que analistas republicanos temen que se repita en el ciclo de mitad de mandato que atraviesa el país, cuando las elecciones de medio mandato en Estados Unidos pueden redefinir el margen de Trump en la región.
Un origen distinto, el mismo desgaste
Las causas de la inflación actual difieren de las que enfrentó Biden. Mientras este lidiaba con las secuelas de la pandemia y las interrupciones en las cadenas de suministro, Trump afronta precios energéticos más altos vinculados al conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán, además de las repercusiones de sus propias políticas comerciales y migratorias. A diferencia de su antecesor, el mandatario republicano tiene menos margen para atribuir el fenómeno a factores externos ajenos a su gestión.
El economista Peter Morici, de la Universidad de Maryland y alineado con posiciones republicanas, es contundente. "La inflación es claramente atribuible a Donald Trump", opina. "Son sus aranceles y la guerra. La gente lo sabe. Lo ven", agrega, en referencia a los aranceles del llamado "Día de la Liberación", anunciados en abril de 2025, y al conflicto con Irán que presionó al alza los precios del petróleo y, con ellos, el costo de la gasolina para los hogares.
Un estudio del Banco de la Reserva Federal de Nueva York, citado en el reporte, concluyó que esos aranceles incrementaron los precios de los bienes de consumo en aproximadamente 2.9%. El impacto habría sido mayor de no mediar la suspensión posterior de algunos gravámenes, el cierre de nuevos acuerdos comerciales y una decisión de la Corte Suprema que impidió a Trump utilizar poderes de emergencia para imponer otros impuestos a las importaciones.
La respuesta oficial frente al malestar
Ante el deterioro de su imagen en materia económica, la Casa Blanca exhibe como contrapeso las reducciones de impuestos, el crecimiento del empleo y la baja en el costo de los medicamentos recetados. El gobierno ha adoptado además medidas orientadas a aliviar la presión sobre los presupuestos familiares, entre ellas la solicitud de Trump de poner un límite a las tasas de interés de las tarjetas de crédito, dirigida a un sector del gasto doméstico sensible al encarecimiento del crédito.
El caso estadounidense no ocurre de forma aislada en un panorama internacional donde la volatilidad de los precios energéticos ha llevado a otros bloques a tomar medidas de contención, como cuando once países de la Unión Europea liberaron reservas de carburante para frenar el precio del diésel. La diferencia es que en Washington el debate no se limita a la política energética, sino que se entrelaza con el balance de un presidente que llegó al poder prometiendo revertir de inmediato el encarecimiento que atribuyó a su predecesor.
Las encuestas, según el reporte de la BBC, continúan mostrando calificaciones negativas para Trump en el manejo de la economía, pese a los indicadores macroeconómicos que su gobierno destaca. La paradoja persiste: una expansión que los números describen como sólida convive con un malestar ciudadano que ningún dato agregado logra disipar.

