El equipo lo encabeza el panameño Eric Flores, junto a sus compatriotas Fiorella Muñoz-Domínguez y Joelbin de la Cruz y los chilenos Rocío Álvarez-Varas, David Véliz y María José Pérez. La investigación concluye que la población que anida en la playa veragüense debe integrarse en una unidad de manejo genético que antes se reconocía exclusivamente en Guanacaste. Flores explicó, en declaraciones a La Prensa, que estas unidades agrupan poblaciones según sus características genéticas para orientar las acciones de protección, de modo que dos países que comparten tortugas comparten también la responsabilidad de conservarlas.
Lo que el hallazgo todavía no resuelve es el origen de esa conexión. Los científicos manejan varias hipótesis: que ambas poblaciones compartan antepasados comunes, que exista conectividad entre sus áreas de alimentación o que tortugas emparentadas con las de Costa Rica hayan comenzado a anidar en Playa El Gato en tiempos recientes. Flores señaló que será necesario continuar recopilando información durante varias temporadas y recurrir a otros marcadores genéticos para comprender mejor el vínculo.
Mientras la genética avanza a su ritmo, las amenazas se acumulan. La investigación documenta extracción excesiva de huevos, modificación de las playas, iluminación artificial cerca de las zonas de anidación y capturas accidentales en artes de pesca, a lo que se suman depredadores naturales —coyotes, mapaches y aves rapaces— ya registrados en Playa El Gato, capaces de consumir huevos y crías. La escala del problema agrava cada pérdida: una tortuga verde tarda entre 20 y 25 años en alcanzar la madurez reproductiva, de modo que cada ejemplar debe sobrevivir décadas antes de contribuir a una nueva generación.
A ese cuadro se añade una amenaza más reciente: los microplásticos. Los investigadores trabajan con Leah Costello, estudiante de doctorado de la Universidad de Manchester, en el Reino Unido, que ha obtenido muestras en playas de anidación panameñas. Aún se desconoce si las partículas llegan desde el ambiente o mediante transferencia reproductiva desde la propia hembra, pero Flores considera preocupante que esos contaminantes alcancen a las crías incluso antes de su nacimiento.
La temperatura decide el sexo de las crías
El tercer eje de la investigación aborda el calentamiento. A diferencia de los seres humanos, el sexo de las tortugas verdes depende de la temperatura a la que se incuban los huevos: las más elevadas favorecen el nacimiento de hembras y las más bajas, el de machos, aunque los umbrales varían entre especies y poblaciones. Para medir si el calentamiento de la arena está alterando esa proporción, los científicos planean instalar sensores en Playa El Gato y ampliar el monitoreo a playa Río Amarillo, en la isla de Coiba.
El seguimiento a largo plazo, explicó Flores, permitirá además conocer si las poblaciones aumentan o disminuyen, cuántas hembras anidan por temporada y qué proporción de huevos logra eclosionar. El reto es sostener ese monitoreo durante un horizonte que supera cualquier ciclo administrativo: las decisiones de protección tomadas hoy no mostrarán efectos reales hasta bien entrada la década de 2040, cuando las crías actuales alcancen la edad reproductiva.
El hallazgo llega en un momento en que la atención institucional panameña se concentra en otros frentes, desde la imputación por peculado en la AIG hasta el trámite del proyecto 594 en la Asamblea Nacional. La conservación marina rara vez disputa titulares o vistas presupuestarias, pese a que la biología de las tortugas verdes ya trasciende las fronteras nacionales que los presupuestos mantienen separadas.
Con los resultados del monitoreo, según Flores, los científicos esperan generar información que permita fortalecer las estrategias de protección de una especie cuya supervivencia depende tanto de las condiciones naturales como de las actividades humanas.
