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Un radar mide la contaminación de los coches en Madrid sin frenarlos

El dispositivo detecta en tiempo real los gases del tubo de escape y los contrasta con la etiqueta ambiental de la DGT mientras el vehículo circula

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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Un radar capaz de medir la contaminación real de cada vehículo sin necesidad de detenerlo opera ya en una vía de alta densidad de Madrid, según ha trascendido este viernes 7 de agosto de 2026. El dispositivo, desarrollado por OPUS RSE, un laboratorio con sede en la capital especializado en teledetección de emisiones, no vigila la velocidad sino los gases que expulsa cada coche por el tubo de escape mientras circula a velocidad de crucero.

El sistema, conocido como Remote Sensing Device (RSD), rompe con la lógica de la Inspección Técnica de Vehículos tradicional, que analiza los gases del motor con el coche detenido en una nave. Este radar, en cambio, opera directamente sobre el tráfico en movimiento, sin que el conductor perciba nada ni tenga que reducir la marcha. En Madrid, según la información disponible, funcionan en paralelo una versión fija y otra portátil de la misma tecnología.

Un haz de luz que atraviesa el humo del escape

El principio físico en el que se basa es la medición espectroscópica. El equipo emite tenues haces de luz infrarroja y ultravioleta que cruzan la calzada a ras de asfalto y atraviesan la pluma de gases que deja cada tubo de escape en el instante en que el vehículo pasa por delante. Un espectrómetro analiza entonces cómo se dispersa esa luz al chocar con los gases y calcula su concentración exacta en cuestión de milisegundos. Cada coche genera, según la compañía, hasta un centenar de mediciones en apenas medio segundo, con un margen de precisión certificado en torno al 10%.

El dispositivo identifica de forma simultánea siete contaminantes: monóxido y dióxido de carbono, monóxido y dióxido de nitrógeno, hidrocarburos, amoniaco y partículas en suspensión, los principales indicadores que las autoridades ambientales europeas emplean para evaluar la calidad del aire urbano. El radar incorpora además una cámara de reconocimiento óptico que fotografía la matrícula del vehículo en el mismo instante de la lectura.

Esa información se cruza automáticamente con los registros de la Dirección General de Tráfico (DGT) para comprobar si las emisiones reales coinciden con las que, en teoría, respalda la etiqueta ambiental que el coche exhibe en el parabrisas. Un sistema de inteligencia artificial asociado, bautizado por la empresa como Opus Sensing Drive, completa la ficha de cada vehículo detectado: marca, modelo, color, velocidad y aceleración en el momento exacto de la medición. Una discrepancia entre lo que el distintivo promete y lo que el tubo de escape realmente expulsa podría convertirse, llegado el caso, en el primer indicio de una infracción administrativa.

En su versión fija, el equipo se aloja en dos armarios grises anclados a ambos lados de la calzada, conectados a la red eléctrica para funcionar de manera ininterrumpida las 24 horas, los siete días de la semana. El sistema se calibra de forma autónoma mediante celdas internas con gases de concentración conocida e incorpora un sensor de lluvia que cierra los armarios ante la detección de agua y los reabre en cuanto escampa, sin requerir presencia humana continuada sobre el terreno. La versión portátil, alimentada por batería, se instala en apenas diez minutos sin obra en el asfalto y puede trasladarse de un punto a otro.

El objetivo declarado del despliegue son los denominados high-emitters. Según los datos aportados por la propia empresa, apenas el 1% de los coches más contaminantes genera hasta el 40% de las emisiones del transporte rodado, un desequilibrio que explicaría por qué las políticas de control se orientan cada vez más a la detección selectiva y no a restricciones generalizadas. La compañía sostiene que su tecnología está certificada y fabricada en España, que se emplea ya en 38 países y que realiza más de 25 millones de mediciones anuales, con un crecimiento interanual que cifra en el 40%.

El vacío jurídico sobre el valor sancionador

La calidad del aire urbano es una preocupación normativa de primer orden en España desde la aprobación de la Ley 7/2021 de Cambio Climático y Transición Energética, que obliga a los municipios de más de 50.000 habitantes a establecer zonas de bajas emisiones. Madrid cuenta desde 2018 con el perímetro conocido primero como Madrid Central y sustituido después por Madrid 360, que restringe la circulación de los vehículos más contaminantes según la clasificación por etiquetas de la DGT, vigente desde 2016.

El precedente más directo de la teledetección de emisiones se remonta a los años noventa en Estados Unidos, donde se desarrollaron los primeros sistemas de remote sensing para medir emisiones vehiculares sin detener el tráfico, empleados posteriormente en programas de control en distintas ciudades. Europa ha ido incorporando variantes de esta tecnología como complemento a las inspecciones periódicas obligatorias, ante las limitaciones señaladas de forma reiterada en los ciclos de prueba de laboratorio, incapaces de replicar con exactitud las condiciones reales de conducción.

La Comisión Europea mantiene una hoja de ruta hacia la reducción de emisiones del transporte, con el objetivo de que las flotas de turismos nuevos alcancen cero emisiones netas en 2035, según el reglamento comunitario sobre normas de emisión de CO2. En este marco, herramientas de vigilancia en tiempo real como la desplegada en Madrid podrían convertirse en un instrumento adicional para que las administraciones verifiquen el cumplimiento efectivo de las etiquetas ambientales, más allá de la revisión periódica que ofrece la ITV.

Ni el Ayuntamiento de Madrid ni la Dirección General de Tráfico se han pronunciado de manera oficial sobre la instalación, ni han detallado el marco jurídico bajo el que operaría este dispositivo o si sus mediciones tendrían valor probatorio a efectos sancionadores. Tampoco existe constancia pública, por el momento, de un procedimiento reglado que regule el uso de estos datos para la imposición de multas, una cuestión que previsiblemente deberá resolverse antes de que la tecnología pueda desplegarse con plenas garantías jurídicas.

A partir de ahora, el foco se sitúa en si otras ciudades españolas replican el modelo y en si la DGT o el Ministerio para la Transición Ecológica establecen un marco normativo específico que regule el uso sancionador de este tipo de mediciones. De su desarrollo dependerá que la teledetección de emisiones pase de ser una herramienta experimental a convertirse en un elemento habitual del control ambiental del tráfico urbano en España.

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