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La sorprendente cumbre militar en Guantánamo avanza la 'cámara lenta' de Washington para Cuba

La reunión se da en el momento más crítico de la relación entre los dos países desde la histórica Crisis de los Misiles del siglo pasado Leer

Por Redacción de El Hemiciclo· Madrid·
2 min de lectura
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La reunión se da en el momento más crítico de la relación entre los dos países desde la histórica Crisis de los Misiles del siglo pasado Leer El Mundo ha adelantado esta información, que El Hemiciclo recoge, reescribe y contextualiza para sus lectores conforme a su línea editorial de rigor y verificación.

Una reunión entre mandos militares de Estados Unidos y Cuba tuvo lugar en la base naval estadounidense de Guantánamo, enclave bajo control norteamericano desde 1903 situado en territorio soberano cubano, en lo que representaría el contacto castrense bilateral más significativo en décadas. Fuentes especializadas en política exterior sitúan este episodio en el periodo de mayor tensión entre ambos gobiernos desde la Crisis de los Misiles de octubre de 1962, cuando Washington y Moscú estuvieron a horas de un intercambio nuclear sobre suelo cubano.

Guantánamo, escenario con carga simbólica deliberada

La elección del escenario no es un detalle menor. Estados Unidos ocupa la bahía de Guantánamo —unas 117 kilómetros cuadrados en el extremo suroriental de la isla— en virtud de un tratado de arrendamiento firmado en 1903 y renovado en 1934, cuya legitimidad el gobierno cubano rechaza desde el triunfo de la Revolución en 1959. Que ese enclave, núcleo de una disputa territorial de más de seis décadas, sea precisamente el lugar elegido para un contacto militar bilateral —y no una sede diplomática neutral o un foro multilateral— convierte la reunión en una señal de carga simbólica difícil de ignorar en el análisis de las relaciones entre Washington y La Habana.

La instalación acumula, además, capas sucesivas de controversia. A su función naval histórica se sumó en 2002 la apertura del centro de detención donde Estados Unidos ha mantenido a presos vinculados a operaciones antiterroristas posteriores al 11-S, instalación cuyo cierre fue prometido por Barack Obama en 2009 y que continúa operativa. Celebrar un encuentro castrense bilateral en ese espacio implica, para cualquier observador, una lectura política que trasciende el protocolo militar rutinario.

Ciclos de distensión y retroceso desde Obama

El encuentro se produce en el punto más bajo de una relación que experimentó su mayor apertura reciente entre 2014 y 2016. La administración Obama impulsó entonces el restablecimiento diplomático —con reapertura de embajadas tras más de cinco décadas de ruptura formal— y alivió algunas restricciones de viaje y comercio. La administración Trump revirtió en su primer mandato el grueso de aquellas medidas, reforzó las sanciones y reincorporó a Cuba a la lista estadounidense de estados patrocinadores del terrorismo en enero de 2021. La administración Biden no logró desandar ese marco restrictivo de forma sustancial, según registra el historial de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) del Departamento del Tesoro.

La situación interna de Cuba ha condicionado adicionalmente cualquier apertura desde Washington. Las protestas de julio de 2021 —las más extensas desde los años noventa, según documentaron organizaciones de derechos humanos como Amnistía Internacional— se saldaron con centenares de detenidos y condenas de hasta veinticinco años de prisión para participantes, penas que organismos internacionales calificaron de desproporcionadas. A ello se suma una crisis económica aguda: según datos del gobierno cubano citados por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) en su balance de 2023, la economía de la isla acumuló una contracción superior al 13% entre 2020 y 2022, frente a la recuperación registrada en el conjunto de América Latina en ese mismo periodo.

La lógica de la 'cámara lenta' en política exterior

La expresión 'cámara lenta' aplicada a la política de Washington hacia La Habana describe una pauta reconocible en la diplomacia bilateral: movimientos graduales, señales que avanzan sin comprometerse formalmente, diseñados tanto para gestionar la presión interna —especialmente la del electorado cubanoamericano en Florida, estado decisivo en la aritmética electoral presidencial estadounidense— como para mantener palancas de presión sobre el gobierno de la isla. Un contacto militar en Guantánamo encaja en esa lógica: suficientemente significativo para ser leído como gesto político, insuficientemente formal para implicar un cambio de política declarado.

El precedente histórico más próximo es el proceso de negociaciones secretas que precedió al deshielo de 2014-2015. Aquellos contactos, facilitados por el Vaticano y Canadá, se desarrollaron durante más de dieciocho meses sin trascender públicamente hasta el anuncio simultáneo de Obama y Raúl Castro el 17 de diciembre de 2014. La secuencia —contactos reservados, opacidad deliberada, anuncio sorpresivo— es un modelo que algunos analistas consideran aplicable al momento actual, aunque las condiciones políticas en Washington son hoy sustancialmente más restrictivas.

Marco legal: el embargo y Helms-Burton como corsé normativo

Cualquier movimiento de fondo en la relación bilateral choca con un corsé normativo consolidado. El embargo económico sobre Cuba, vigente en distintas formas desde 1962, fue codificado en ley federal mediante la Ley Helms-Burton de 1996 (Cuban Liberty and Democratic Solidarity Act), lo que transfirió al Congreso —y no solo al ejecutivo— la facultad de levantarlo. Ese diseño legal blinda el embargo frente a decisiones unilaterales presidenciales y exige mayorías legislativas para cualquier modificación sustancial, un requisito de difícil cumplimiento en el Capitolio actual. El gobierno cubano ha sostenido históricamente, y reitera como condición estructural, que cualquier normalización debe incluir el levantamiento de ese embargo, la devolución de Guantánamo y el cese de lo que La Habana describe como injerencia en sus asuntos internos.

Posiciones de las partes y opacidad del encuentro

El material disponible no permite precisar qué mandos participaron en la reunión, cuál fue su agenda concreta ni si se alcanzaron acuerdos o compromisos formales. Tampoco consta declaración pública atribuida a ninguno de los dos gobiernos sobre el significado o el alcance del contacto. Esa opacidad es en sí misma un dato analítico: en diplomacia, el silencio sobre un encuentro de este nivel puede responder tanto a su carácter exploratorio y preliminar como a la voluntad deliberada de ambas partes de preservar márgenes de maniobra antes de cualquier lectura pública que los comprometa.

Washington ha condicionado históricamente los avances bilaterales a cambios en materia de derechos civiles y apertura política en la isla, según documentan los informes anuales del Departamento de Estado sobre derechos humanos. El gobierno cubano rechaza esa exigencia como condición previa, calificándola de injerencia inaceptable en sus asuntos internos. Esa brecha estructural no ha variado con los cambios de administración en ninguno de los dos países en las últimas tres décadas.

Plazos y pasos que determinarán el alcance real del gesto

Si el encuentro en Guantánamo responde a una iniciativa deliberada y no a un contacto de protocolo rutinario, su lectura más fundada apunta a un tanteo bilateral en un contexto de máxima tensión, sin que ello implique por sí solo un giro de política. La historia de la relación bilateral registra numerosos episodios de contactos reservados —incluidos los canales abiertos durante los años noventa sobre migración y narcotráfico— que no derivaron en cambios sustanciales en el marco general. Lo que distingue este episodio es el escenario: que Guantánamo, símbolo por antonomasia de la disputa territorial irresuelta y del diferencial de poder entre ambos Estados, sea el lugar del encuentro añade una variable que los contactos anteriores no presentaban.

El alcance real del movimiento solo podrá evaluarse en función de los pasos que lo sigan en los próximos meses: si se producen nuevos contactos, si alguna de las partes los reconoce públicamente, o si el encuentro queda como episodio aislado sin continuidad verificable. En ausencia de señales adicionales antes de que concluya 2025, la interpretación más prudente es la de un gesto exploratorio cuya traducción en política depende de variables —legislativas, electorales e internas en Cuba— que ninguno de los dos gobiernos controla de forma unilateral.

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