El mar Rojo se ha convertido en el segundo frente de una crisis energética que Oriente Próximo arrastra desde marzo. Los hutíes —milicia yemení alineada con Irán y enfrentada desde 2015 a una coalición liderada por Arabia Saudí— ejecutaron la amenaza que venían formulando y atacaron dos petroleros saudíes que navegaban por esta ruta marítima, una de las arterias comerciales más transitadas del planeta y clave para dar salida al crudo del Golfo evitando Ormuz.
El ataque llega en un momento especialmente sensible. Desde que en marzo Estados Unidos e Israel golpearon objetivos iraníes, el estrecho de Ormuz —por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial— ha sufrido episodios repetidos de bloqueo o cuasi bloqueo que han mantenido en vilo a los mercados. Ante ese riesgo, Arabia Saudí había reforzado el mar Rojo como vía de exportación alternativa, un corredor que conecta con el canal de Suez y elude Ormuz. Por esa ruta salen actualmente en torno a cuatro millones de barriles diarios de crudo, un volumen que, de verse comprometido por el bloqueo hutí, restaría al mercado una oferta muy difícil de sustituir a corto plazo.
La combinación de ambos frentes ha llevado a varios analistas a advertir de un posible repunte del barril de brent hasta los 120 dólares, el nivel que llegó a rozarse en marzo tras los primeros bombardeos. En sesiones recientes, el crudo de referencia europeo ronda ya los 100 dólares. El impacto no se limita al petróleo: el precio del gas natural en Europa ha superado también los máximos alcanzados en marzo, según datos de mercado difundidos esta semana, lo que complica los planes europeos para completar el acopio de reservas de cara al invierno.
Ese calendario no es menor. La normativa comunitaria sobre almacenamiento de gas obliga a los Estados miembros a alcanzar niveles elevados de llenado de sus depósitos antes del inicio de la temporada fría —el objetivo de referencia se sitúa en el 90% de capacidad—, un requisito introducido tras la crisis desatada por la invasión rusa de Ucrania en 2022. Un encarecimiento sostenido del gas obligaría a los operadores europeos a comprar en un mercado más caro justo en la ventana de acopio estival.
Precedentes: la guerra de los petroleros y la campaña hutí de 2023
El pulso entre Washington y Teherán no es una novedad histórica. El precedente más citado es la llamada guerra de los petroleros, librada entre 1984 y 1988 durante el conflicto Irán-Irak, cuando ambos países atacaron buques mercantes en el golfo Pérsico y forzaron a Estados Unidos a escoltar bajo su bandera a los petroleros kuwaitíes. Aquel episodio dejó una lección vigente: cualquier amenaza, real o percibida, sobre las rutas marítimas del Golfo se traslada de inmediato al precio del crudo, con independencia de que el suministro físico llegue a interrumpirse.
Los hutíes, por su parte, ya protagonizaron entre 2023 y 2024 una campaña de ataques con drones y misiles contra buques mercantes en el mar Rojo en solidaridad con Gaza, que obligó a numerosas navieras a desviar sus rutas hacia el cabo de Buena Esperanza y encareció los fletes internacionales. La reactivación de esos ataques, ahora dirigidos expresamente contra intereses saudíes, añade una capa distinta: no se trata ya de una represalia vinculada al conflicto israelo-palestino, sino de un movimiento que golpea directamente la principal vía de escape energética de Riad frente a la crisis de Ormuz.
El Gobierno saudí no ha realizado hasta el momento declaraciones públicas detalladas sobre el alcance de los daños en los dos petroleros ni ha precisado si adoptará represalias o reforzará la protección naval de sus buques en la zona. Teherán ha negado en ocasiones anteriores una relación de mando directo sobre las decisiones militares de los hutíes, si bien el Departamento del Tesoro estadounidense ha documentado en los últimos años el suministro iraní de armamento y financiación a la milicia yemení.
Inflación, prima de riesgo y el temor a un tercer shock
Para los mercados financieros, la lectura es doble. Por un lado, la subida del petróleo encarece los costes de producción y transporte a escala global, con efecto directo sobre la inflación en economías importadoras netas de crudo, como la española o el conjunto de la zona euro. El Banco Central Europeo ha señalado de forma reiterada en sus informes de proyecciones que los shocks de oferta energética figuran entre los principales riesgos al alza para la inflación a corto plazo, un escenario que un encarecimiento sostenido hacia los 120 dólares reactivaría.
Por otro lado, la incertidumbre geopolítica alimenta la volatilidad en los mercados de derivados energéticos, donde los futuros del brent y del gas natural europeo (TTF) han registrado en los últimos días movimientos bruscos al calor de cada nueva noticia procedente de la región. Firmas de análisis de materias primas vienen recordando que, en episodios similares, buena parte del repunte responde a una prima de riesgo geopolítico más que a una interrupción física confirmada del suministro, lo que introduce margen de corrección si la tensión se rebaja.
El trasfondo estratégico remite a la posición central de Irán y Arabia Saudí en la geografía energética mundial. El estrecho de Ormuz, con apenas unas decenas de kilómetros de anchura en su punto más estrecho, separa Irán de Omán y constituye el único acceso marítimo desde el golfo Pérsico al océano Índico, motivo por el que Teherán ha amenazado repetidamente, desde los años ochenta, con cerrarlo como instrumento de presión frente a sanciones o ataques. El mar Rojo, por su parte, conecta con el canal de Suez, una de las principales rutas del comercio marítimo mundial, lo que convierte cualquier amenaza en la zona en un asunto de alcance global.
En este tablero, Estados Unidos mantiene desde hace décadas una presencia naval permanente en la región a través de la V Flota, con base en Baréin, cuya misión declarada incluye garantizar la libertad de navegación en el golfo Pérsico y sus aledaños. La Unión Europea, dependiente en buena medida de las importaciones de gas natural licuado desde que redujo su exposición al gas ruso tras 2022, observa con especial preocupación cualquier episodio que amenace la estabilidad de estas rutas.
A falta de una respuesta oficial coordinada, los próximos días serán determinantes para calibrar el alcance real de la crisis. Los mercados seguirán de cerca si Arabia Saudí refuerza la escolta militar de sus petroleros en el mar Rojo, si Estados Unidos amplía su despliegue naval y si Irán ofrece algún gesto de distensión que permita rebajar la prima de riesgo que cotizan el petróleo y el gas. De la evolución de estos frentes dependerá si el brent se estabiliza en los niveles actuales o termina por alcanzar la barrera de los 120 dólares que ya rozó en marzo.


