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La FAO sitúa los alimentos en julio en su precio más alto desde 2022

El índice de precios de alimentos de la ONU encadena subidas por los conflictos en Ucrania e Irán y por fenómenos climáticos extremos, con riesgo de agravarse en 2027.

Por Redacción de El Hemiciclo· · Actualizado:
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Naciones Unidas ha constatado que el índice de precios de los alimentos que elabora la FAO alcanzó en julio de 2026 su nivel más alto desde 2022, un repunte que podría agravarse durante 2027 según los indicios que manejan los analistas del sector. El encarecimiento se atribuye a la combinación de dos guerras en curso —Ucrania e Irán— que afectan a las rutas de exportación de cereales y energía, y a fenómenos meteorológicos extremos que dañan cosechas en varias regiones productoras.

El índice de precios de los alimentos de la FAO es un indicador de referencia mundial que mide mensualmente la variación de precios de una cesta de productos básicos —cereales, aceites vegetales, lácteos, carne y azúcar— en los mercados internacionales. Su metodología, empleada desde 1990, permite comparar la evolución del coste de la alimentación a escala global y funciona como termómetro anticipado de las tensiones inflacionarias que después se trasladan a los mercados nacionales. El organismo, con sede en Roma, señala que el nivel de julio de 2026 no se registraba desde el pico de 2022, año marcado por la invasión rusa de Ucrania y la consiguiente disrupción del comercio de cereales del mar Negro.

Aquel episodio disparó los precios del trigo y el girasol durante meses, hasta que el Acuerdo de Grano del Mar Negro, mediado por Turquía y la ONU en julio de 2022, permitió reanudar parcialmente las exportaciones ucranianas antes de que Moscú se retirara del pacto en 2023. La guerra sigue siendo un factor de fondo relevante: Ucrania aporta históricamente en torno al 10% de las exportaciones mundiales de trigo y cerca de la mitad del aceite de girasol. Cualquier interrupción prolongada de sus puertos —Odesa entre ellos— repercute directamente en los precios internacionales de los cereales, especialmente en los países importadores de Oriente Medio y el norte de África, altamente dependientes de ese suministro.

El segundo foco de tensión es el conflicto en Irán, cuya escalada en los últimos meses ha reavivado los temores sobre la seguridad del estrecho de Ormuz, paso estratégico por el que circula una parte sustancial del petróleo y el gas licuado que se comercia en el mundo. Un encarecimiento sostenido de la energía repercute en toda la cadena alimentaria: desde el coste de los fertilizantes nitrogenados, que dependen del gas natural, hasta el transporte marítimo y terrestre de mercancías. A estos dos frentes bélicos se suma un tercer elemento, de naturaleza distinta pero efecto acumulativo: los fenómenos meteorológicos extremos vinculados al cambio climático, con sequías en el sur de Europa, olas de calor en el sudeste asiático e inundaciones en Sudamérica que han mermado cosechas de cereales, café y aceite de oliva en los últimos ejercicios.

El impacto ya visible en la cesta española

En España, el Instituto Nacional de Estadística certificó en su informe del IPC de junio de 2026 subidas interanuales del 14,1% en los huevos y del 11% en la carne de vacuno, cifras que sitúan a estos productos entre los que más han tensionado la cesta de la compra en lo que va de año. El propio INE atribuye parte de este encarecimiento a los costes de producción —piensos, energía, sanidad animal— y a episodios sanitarios como la gripe aviar, que ha afectado a granjas en varios países europeos. Eurostat mantiene un seguimiento armonizado de estos precios en el conjunto de la Unión Europea, que permite comparar la evolución española con la media comunitaria.

El Banco Central Europeo ha señalado en sus informes de proyecciones macroeconómicas que los precios de los alimentos frescos y no elaborados son especialmente volátiles y sensibles tanto a shocks climáticos como geopolíticos, lo que dificulta separar el componente estructural del coyuntural en la inflación alimentaria. Esa volatilidad complica la respuesta de la política monetaria, ya que la autoridad emisora tiende a fijarse en la inflación subyacente, que excluye energía y alimentos frescos precisamente por su carácter errático.

El precedente más citado por los analistas sigue siendo la crisis alimentaria de 2007-2008, cuando una combinación de sequías, aumento de la demanda de biocombustibles y especulación en los mercados de futuros disparó los precios del arroz, el trigo y el maíz, provocando disturbios en más de treinta países, desde Haití hasta Egipto. Aquel episodio llevó a la FAO y al G20 a reforzar los mecanismos de reserva alimentaria y los sistemas de alerta temprana, entre ellos el propio índice que hoy vuelve a marcar máximos.

El Programa Mundial de Alimentos ha advertido en repetidas ocasiones de que los países más vulnerables a estas subidas son los importadores netos de cereales con escasa capacidad de subsidiar el consumo interno, principalmente en África subsahariana y Oriente Medio, donde el pan y los cereales básicos representan una proporción muy superior de la renta familiar que en Europa. En esos mercados, un repunte de dos dígitos en el precio del trigo puede traducirse en inseguridad alimentaria y tensiones sociales, como mostró la cadena de revueltas de 2008.

Desde el sector agrario español, organizaciones como Asaja y COAG han reclamado en los últimos meses medidas de apoyo ante el encarecimiento de insumos —fertilizantes, gasóleo agrícola, piensos— que trasladan presión a los márgenes de los productores antes incluso de que el alza llegue al lineal del supermercado. El Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación no ha efectuado hasta la fecha una valoración específica sobre las proyecciones de la FAO para 2027, aunque ha reiterado su compromiso con el seguimiento de la cadena de valor alimentaria a través del Observatorio de Precios.

La Comisión Europea, que gestiona la Política Agraria Común y dispone de una reserva de crisis desde la reforma de 2013, podría verse obligada a activar instrumentos de apoyo si la tendencia alcista se confirma en los próximos meses, tal y como ocurrió parcialmente durante el pico de precios de 2022. Bruselas mantiene además negociaciones abiertas sobre la nueva PAC posterior a 2027, en las que la volatilidad de los precios agrícolas figura como uno de los asuntos de fondo.

De cara a los próximos meses, el calendario relevante incluye la publicación mensual del índice de la FAO, que permitirá confirmar o matizar la tendencia apuntada para julio, así como los nuevos datos de IPC del INE, que mostrarán si el encarecimiento de huevos y carne se traslada a otras categorías de la cesta. La evolución del conflicto en Irán y el estado de las exportaciones ucranianas por el mar Negro serán los dos indicadores geopolíticos a vigilar para calibrar si la subida apuntada para 2027 llega a materializarse o queda en una alerta que finalmente se modera.

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