El edificio que hoy visitan miles de personas como sede oficial de la Corona y espacio museístico gestionado por Patrimonio Nacional fue, durante generaciones, algo parecido a un pequeño pueblo autosuficiente. Sus corredores escondían viviendas modestas, cada una identificada con un número que remitía a un listado de personal, y en ellas se cocinaba, se tendía la ropa y se criaba a los hijos de quienes servían a la Casa Real. El material fotografiado en mayo en distintas dependencias del propio palacio muestra plantas enteras subdivididas en pequeñas estancias numeradas.
Los documentos consultados en el Archivo General de Palacio, la institución dependiente de Patrimonio Nacional que custodia la memoria administrativa de la Casa Real, incluyen solicitudes de vivienda, listados de personal y correspondencia interna que retratan las tensiones, aspiraciones y penurias de esta comunidad. Una de las peticiones recogidas resume el tipo de trámite habitual: «Suplico se me conceda el cuarto que ha dejado la doncella Antonia», una fórmula que se repetía con variaciones cada vez que una vivienda quedaba libre por jubilación, traslado o fallecimiento.
El palacio actual se levantó a mediados del siglo XVIII sobre el solar del antiguo Alcázar de los Austrias, destruido por un incendio en 1734, y fue concebido desde el principio con espacios para el servicio permanente, algo habitual en las residencias reales europeas de la época, donde la corte necesitaba a mano cocineros, cerrajeros, boticarios, sastres y guardias día y noche. La lógica no era muy distinta de la que regía Versalles o el palacio vienés de Schönbrunn: una ciudad-corte donde el trabajo y la vivienda se fundían en un mismo espacio.
Según los registros consultados, el acceso a una vivienda dentro de palacio no era automático ni igualitario: dependía de la categoría del puesto, la antigüedad y, con frecuencia, de la capacidad de un empleado para colocar a sus hijos en plazas vacantes. Los oficios se transmitían de padres a hijos con cierta regularidad, una práctica característica de las instituciones del Antiguo Régimen español, donde numerosos empleos de la Casa Real funcionaban casi como patrimonio familiar. Los planos del siglo XVIII permitían a la administración palaciega llevar un control preciso de quién vivía dónde y desde cuándo.
De la Matrícula del Real Palacio al último inquilino
La llamada Matrícula del Real Palacio, un libro de registro de personal de mediados del siglo XIX que se conserva en el archivo, ofrece una fotografía administrativa de la comunidad que habitaba el edificio en aquellos años: nombres, oficios y, en muchos casos, el número de la vivienda asignada. Este tipo de matrículas eran el equivalente decimonónico de un padrón interno y permiten a los investigadores reconstruir movimientos de personal, ascensos y ceses con un grado de detalle inusual para la historia social de la época.
La reconstrucción de esa trama social se apoya en el trabajo del propio archivo. El subdirector del Archivo General de Palacio, Javier Fernández, y el jefe del Servicio de Investigación Histórica de Patrimonio Nacional, José Luis Sancho, figuran entre quienes han manejado directamente estos fondos, según la documentación fotografiada en mayo en las terrazas y salas del Palacio Real. Patrimonio Nacional no ha anunciado por el momento una exposición o publicación específica basada en estos materiales.
La vida de este pueblito palaciego no fue estática. Atravesó el reinado de Isabel II, la Restauración borbónica, la Segunda República —que convirtió el edificio en Palacio Nacional tras la proclamación de 1931— y la Guerra Civil, hasta llegar a la dictadura franquista, cuando buena parte de las antiguas viviendas de servicio seguían ocupadas por familias de empleados. La progresiva profesionalización y externalización de los servicios de mantenimiento, limpieza y seguridad a lo largo del siglo XX fue vaciando estas dependencias, hasta que los últimos residentes abandonaron el palacio en los años finales del franquismo, ya en la década de 1970.
Ese proceso de despoblación interior no fue exclusivo de Madrid: otros palacios europeos, del de Buckingham a Versalles, vivieron transformaciones similares a medida que las monarquías modernizaban su administración y separaban la residencia oficial del alojamiento del personal. En España, el marco de gestión actual quedó fijado por la Ley 23/1982, reguladora del Patrimonio Nacional, que configuró el organismo autónomo encargado de administrar el Palacio Real y el resto de bienes de titularidad estatal vinculados históricamente a la Corona, bajo un modelo profesionalizado que ya no contempla la vivienda permanente de trabajadores dentro del recinto.
Las estancias que ocuparon doncellas, mozos de cocina y guardarropas durante más de dos siglos son hoy, en su mayoría, espacios de trabajo, almacenaje o zonas cerradas al público, aunque algunas puertas originales conservan todavía el número de la antigua vivienda grabado en la madera, un vestigio físico de aquel sistema de numeración que organizaba la vida cotidiana del palacio.
El interés de estos fondos trasciende la curiosidad histórica: permiten reconstruir, con fuentes primarias, cómo funcionaba la economía doméstica de una institución sobre la que la historiografía tradicional ha proyectado sobre todo la vida de reyes y ministros. En las últimas décadas, la historia social de las cortes europeas ha ganado peso frente a ese relato centrado en las grandes decisiones políticas, y documentos como los conservados en el Archivo General de Palacio ofrecen material de primera mano para ese enfoque. Los planos, cartas y matrículas seguirán, previsiblemente, siendo objeto de estudio por parte de los investigadores interesados en la vida cotidiana del Antiguo Régimen.

