Los datos que maneja la organización dibujan un escenario de deterioro sostenido. El 40% de la superficie terrestre del planeta ya está degradada, según los informes difundidos por la UNCCD con motivo de la cumbre. La misma fuente sostiene que el 75% de las tierras emergidas se ha vuelto más seco en las últimas tres décadas frente al periodo de treinta años anterior, y que la frecuencia de las sequías ha aumentado un 29% desde el año 2000. Son cifras que, de mantenerse la tendencia, alterarían de forma sustancial las proyecciones sobre seguridad alimentaria a medio plazo.
La convención advierte de que la humanidad necesitará producir en torno a un 50% más de alimentos de aquí a 2050 para abastecer a una población en crecimiento, un objetivo que choca directamente con la reducción de tierra fértil disponible. El suelo, subraya la UNCCD, no es solo el soporte de los cultivos alimentarios: de él dependen también las fibras textiles, buena parte de los principios activos empleados en la industria farmacéutica y la capacidad de los ecosistemas para amortiguar fenómenos extremos como danas, incendios forestales y olas de calor.
La elección de Mongolia como sede no es casual. El país centroasiático atraviesa desde hace años episodios recurrentes de dzud —el fenómeno que combina sequía estival e inviernos extremos—, que han diezmado su ganadería y empujado a familias nómadas hacia Ulán Bator. La imagen distribuida por la UNCCD de un hombre extrayendo agua de un pozo en Erdenedalai Soum, en el centro del país, a comienzos de agosto, ilustra la dimensión cotidiana de un problema que el organismo sitúa ya como una de las grandes amenazas ambientales globales, junto al cambio climático y la pérdida de biodiversidad.
Un tratado nacido en la Cumbre de Río
La UNCCD fue adoptada en 1994, dos años después de la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro de 1992, como el tercero de los grandes convenios ambientales de Naciones Unidas surgidos de aquel proceso, junto a los dedicados al cambio climático y a la biodiversidad. Entró en vigor en 1996 y desde entonces celebra conferencias de las partes de forma periódica, con sedes rotatorias entre continentes. La de Ulán Bator es la decimoséptima edición y una de las primeras que se celebra en Asia Central, región especialmente expuesta a la expansión de zonas áridas por su clima continental extremo y su dependencia de la ganadería extensiva.
El precedente más inmediato es la COP16, celebrada en Riad en diciembre de 2024, donde los países miembros discutieron mecanismos de financiación para la restauración de tierras sin que las organizaciones ambientales y los Estados más afectados por la desertificación —mayoritariamente en África subsahariana y Asia— vieran satisfechas todas sus reclamaciones de compromisos vinculantes. Ese desencuentro entre ambición declarada y financiación efectiva vuelve a planear sobre Ulán Bator, donde se espera que las discusiones sobre fondos de adaptación ocupen un lugar central.
Con más de 25.000 participantes inscritos procedentes de 196 países y la Unión Europea, la conferencia mongola se perfila como una de las mayores citas ambientales del calendario internacional de 2026. Junto a los representantes gubernamentales, la agenda incorpora a científicos, organizaciones no gubernamentales, sector privado y delegaciones indígenas, en un formato que la UNCCD ha ampliado en las últimas ediciones para dar entrada a actores no estatales en la discusión sobre restauración de suelos.
Los países en desarrollo, agrupados habitualmente en el bloque del G77 más China dentro de estas negociaciones, reclaman desde hace años mecanismos de financiación diferenciados que reconozcan su menor responsabilidad histórica en la degradación global y, al mismo tiempo, su mayor exposición a sequías y pérdida de cosechas. La Unión Europea y otras economías desarrolladas han defendido en cumbres anteriores un enfoque basado en la movilización de capital privado y en programas de restauración cofinanciados, fórmula que buena parte de las organizaciones ambientales considera insuficiente frente a la magnitud del problema.
La secretaría de la UNCCD ha insistido en ediciones previas en que la restauración de tierras degradadas no es solo una cuestión ambiental, sino también de seguridad, al vincular la pérdida de suelo fértil con la migración forzosa y los conflictos por el acceso al agua y al pastoreo en regiones como el Sahel. Esa lectura conecta la desertificación con otros expedientes que Naciones Unidas gestiona de forma paralela, desde los programas de ayuda humanitaria hasta las misiones de mantenimiento de la paz en zonas donde la escasez de recursos naturales agrava tensiones preexistentes.
La conferencia se extenderá hasta el 28 de agosto e incluirá, según el programa de la UNCCD, tanto sesiones técnicas de negociación entre delegaciones gubernamentales como un segmento de alto nivel en la recta final del encuentro. Entre los asuntos del orden del día figuran la revisión de los objetivos de neutralidad en la degradación de tierras que numerosos países se comprometieron a alcanzar para 2030 y nuevos mecanismos de alerta temprana frente a sequías.
El desenlace, previsto para dentro de una semana, determinará si los 196 países firmantes logran acordar compromisos de financiación más concretos que los alcanzados en Riad hace poco más de año y medio, o si la cita se salda con otro documento de intenciones sin plazos vinculantes. La discusión mantendrá viva la cuestión de la coordinación entre los tres grandes convenios ambientales nacidos en Río de Janeiro hace más de tres décadas, cuyo solapamiento —clima, biodiversidad y suelo— reaparece en cada ronda negociadora.


