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'Ensayo sobre la ceguera' de Saramago cumple 30 años como metáfora social

La novela de 1995 y el discurso del Nobel de 1998 del escritor portugués vuelven a leerse como una advertencia sobre la indiferencia colectiva

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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José Saramago, único escritor en lengua portuguesa que ha recibido el Premio Nobel de Literatura, publicó en 1995 'Ensayo sobre la ceguera', una novela que retrata una epidemia ficticia que deja ciega a una ciudad entera salvo a una mujer.

La novela plantea una paradoja que atraviesa todo el relato: la ceguera que sufren los personajes es literal, provocada por una epidemia repentina, pero la única superviviente que conserva la vista descubre que el resto de la ciudad había dejado de mirarse mucho antes del contagio. Saramago convierte así una trama de contornos distópicos en una metáfora sobre una indiferencia que, según el propio autor sostuvo, ya existía antes de cualquier crisis. La frase que resume esa idea la pronuncia esa protagonista hacia el final del libro: «Pienso que todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver, pero que no miran».

El propio Saramago desarrolló esa reflexión en su discurso de aceptación del Nobel, en el que afirmó que escribió la novela para señalar que «pervertimos la razón cuando humillamos la vida» y que «la dignidad humana es insultada cada día por los poderosos de nuestro mundo». Añadió entonces que «el hombre dejó de respetarse a sí mismo cuando perdió el respeto debido a sus semejantes», una idea que él mismo vinculó directamente con el argumento de la obra. La ceguera que describe, en esa lectura, no depende de la epidemia: aparece cada vez que alguien elige no ver una situación incómoda, desde la pobreza en la calle hasta el maltrato de un vecino.

De Azinhaga a Estocolmo

La biografía del autor ayuda a entender el origen de esa mirada. Saramago nació el 16 de noviembre de 1922 en Azinhaga, un pueblo de la región portuguesa de Ribatejo situado a un centenar de kilómetros al noreste de Lisboa, según los archivos de la Fundación Nobel. Su apellido no era el de nacimiento, sino un apodo familiar: el saramago es una planta silvestre cuyas hojas servían de alimento a las familias más pobres de la región.

En su discurso de Estocolmo, el escritor dedicó buena parte de su intervención a recordar a sus abuelos maternos, Jerónimo Meirinho y Josefa Caixinha, campesinos analfabetos que criaban cerdos en Azinhaga. Evocó las noches que pasó durmiendo bajo una higuera junto a su abuelo, que le narraba historias, y citó una frase que su abuela pronunció poco antes de morir: «el mundo es tan hermoso y es una pena que tenga que morir», no por temor a la muerte, según explicó, sino por la tristeza de abandonar un mundo que consideraba bello.

Antes de dedicarse por completo a la literatura, Saramago se formó como mecánico y trabajó durante dos años en un taller, oficio que compaginó después con el periodismo y la traducción. En 1975, en el contexto de la agitación política posterior a la Revolución de los Claveles de 1974, fue destituido de su cargo de subdirector del diario portugués Diário de Notícias tras un golpe interno en el periódico, episodio que marcó su decisión de volcarse en la escritura profesional.

Esa reorientación dio como fruto una obra extensa que incluye 'El memorial del convento' (1982) y 'El año de la muerte de Ricardo Reis' (1984), ambos anteriores a 'Ensayo sobre la ceguera'. El conjunto de esa producción, marcada por un estilo de largas frases con puntuación poco convencional, le valió en 1998 el reconocimiento de la Academia Sueca, que lo convirtió en el primer y hasta hoy único autor en lengua portuguesa en recibir el Nobel de Literatura.

Un antecedente ibérico y una vigencia discutida

El precedente más cercano en el ámbito ibérico es el Nobel concedido en 1989 al español Camilo José Cela. Ambos formaron parte de una generación de narradores peninsulares que, desde perspectivas distintas, abordaron en sus obras las heridas de las dictaduras del siglo XX y la memoria colectiva de sus países, en el caso portugués marcada por el régimen de António de Oliveira Salazar y su caída en 1974.

Saramago falleció el 18 de junio de 2010. Su obra ha seguido reeditándose en múltiples idiomas, y 'Ensayo sobre la ceguera' permanece entre los títulos de fondo con mayor demanda sostenida, un interés lector que no se ha limitado al momento de su publicación original ni al de la concesión del Nobel.

La lectura que hacen críticos y docentes de la obra insiste en que su advertencia no depende de una epidemia concreta, sino de la elección individual de no mirar lo que resulta incómodo. Esa clave interpretativa explica que la novela se recupere a menudo en debates sobre indiferencia colectiva ante fenómenos como las crisis migratorias en las fronteras europeas o los episodios de acoso y violencia que permanecen invisibles hasta que estallan públicamente. El texto generó también controversia en su momento por la crudeza de algunas de sus escenas.

A treinta y un años de su primera edición y dieciséis de la muerte de su autor, 'Ensayo sobre la ceguera' mantiene su presencia en programas educativos de institutos y universidades de habla portuguesa y española, donde se emplea para trabajar la empatía y el pensamiento crítico ante situaciones de exclusión. Ese uso pedagógico sostenido es uno de los indicadores más visibles de la permanencia de un texto que, según las palabras del propio Saramago en Estocolmo, nació de la voluntad de recordar que la indiferencia ante la dignidad humana es «una elección cotidiana».

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