La propuesta que Irán habría rechazado llegó por una vía indirecta: Bagdad, que mantiene relaciones diplomáticas con Teherán y Washington de forma simultánea, ha actuado en los últimos meses como intermediario en varias rondas de contactos. El recurso a Irak para transmitir los términos, en lugar de un canal directo, refleja la ausencia de relaciones diplomáticas formales entre Estados Unidos e Irán desde su ruptura en 1980, tras la toma de la embajada estadounidense en Teherán durante la revolución islámica de 1979.
El núcleo de la discrepancia no sería solo el alto el fuego en sí, sino las condiciones que lo acompañarían. Irán reclamaría un papel en la regulación del tráfico por Ormuz, una demanda que altera el statu quo vigente desde hace décadas, en el que la Quinta Flota de la Marina estadounidense, con base en Baréin, garantiza la libertad de navegación en la zona.
Por qué Ormuz condiciona la negociación
Ormuz tiene apenas 33 kilómetros de ancho en su punto más angosto, con un canal navegable de solo tres kilómetros en cada sentido. Según la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA), por ese paso transita en torno a una quinta parte del petróleo consumido a diario en el mundo, además de buena parte del gas natural licuado exportado por Catar. Cualquier interrupción prolongada tendría efectos inmediatos sobre los precios energéticos globales, como se observó en episodios previos de tensión, entre ellos los ataques a petroleros y el derribo de un dron estadounidense por Irán en 2019.
La posición geográfica explica buena parte del peso negociador de Teherán. Irán controla la orilla norte del estrecho, mientras que Omán administra la orilla sur, y Washington ha condicionado históricamente su presencia militar en la región a mantener abierta esa arteria energética. La Marina iraní y los Guardianes de la Revolución han demostrado en el pasado capacidad para hostigar el tráfico mercante mediante minas, lanchas rápidas y misiles antibuque, sin necesidad de cerrar físicamente el paso.
El precedente más citado por analistas es la llamada guerra de los petroleros, durante el conflicto Irán-Irak de los años ochenta, cuando ambos bandos atacaron buques cisterna en el Golfo y Estados Unidos desplegó fuerzas navales para escoltar convoyes bajo la Operación Manto de Oración (1987-1988). Aquel episodio consolidó la presencia militar estadounidense permanente en la zona, mantenida desde entonces con distintas intensidades.
La discrepancia también tiene una dimensión jurídica. Irán ha invocado en foros como Naciones Unidas su derecho a garantizar la seguridad de sus aguas territoriales apelando a la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar de 1982. Estados Unidos, que no ha ratificado ese tratado, sostiene que el estrecho constituye una vía de tránsito internacional protegida por el derecho consuetudinario, con independencia de la soberanía ribereña.
Réplicas de Washington, Teherán y los vecinos del Golfo
La Administración de Donald Trump no ha confirmado públicamente los términos exactos de la propuesta ni el rechazo atribuido a Teherán. Fuentes próximas a la Casa Blanca han sostenido en las últimas semanas que Estados Unidos busca evitar una escalada militar directa que comprometa el suministro energético global. Irán, por su parte, ha defendido su derecho a intervenir en la seguridad de sus aguas, mientras que el Ejecutivo iraquí ha optado por el silencio institucional propio de su labor de intermediación.
La escalada se produce en un momento de reconfiguración de alianzas en el Golfo. Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, que en 2023 restablecieron relaciones diplomáticas con Irán en un proceso mediado por China, han expresado su interés en evitar un conflicto abierto que amenace sus propias exportaciones de crudo, canalizadas en parte también por Ormuz. Catar, con su terminal de gas licuado de Ras Laffan, depende igualmente de la estabilidad del estrecho para mantener sus contratos de suministro a Europa y Asia.
El desequilibrio de fuerzas explica la estrategia iraní. Según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), el gasto militar de Irán se sitúa muy por debajo del de Estados Unidos y del de sus aliados regionales, lo que ha llevado a Teherán a desarrollar una disuasión asimétrica basada en misiles balísticos, drones y capacidad naval ligera, en lugar de una flota convencional capaz de enfrentarse directamente a la Quinta Flota.
El trasfondo del enfrentamiento con Washington se remonta a la retirada unilateral de Estados Unidos del acuerdo nuclear de 2015 (JCPOA), decidida en 2018 durante el primer mandato de Trump, y a la posterior reimposición de sanciones que han golpeado la economía iraní. Los intentos de la Administración Biden por reactivar el pacto no llegaron a materializarse, y el regreso de Trump a la Casa Blanca en enero de 2025 reforzó la línea de máxima presión hacia Teherán.
El rechazo atribuido a Irán no cierra necesariamente la puerta a nuevas rondas de contactos. Bagdad ha mantenido en el pasado canales abiertos incluso en momentos de máxima tensión, y la mediación de terceros países como Omán o Catar, con experiencia en facilitar diálogos indirectos entre Washington y Teherán, sigue disponible como vía alternativa. En el plano militar, la evolución de los precios del Brent y del gas natural licuado en los mercados internacionales será uno de los indicadores más inmediatos del grado de nerviosismo que genere la crisis, y un eventual incidente contra buques mercantes en las próximas semanas marcaría el siguiente umbral de riesgo.


