La fase 3 de Project Freedom, según los documentos parcialmente desclasificados que el Pentágono filtró a la prensa estadounidense la semana pasada, contempla un abanico de opciones que van desde el bloqueo naval total del Estrecho de Ormuz hasta ataques selectivos contra infraestructura militar iraní en las islas de Hormuz, Abu Musa y las Tunbs. El Pentágono nunca ha confirmado ni desmentido estas filtraciones, pero el hecho de que esta noche haya elevado el nivel de alerta del Mando Central (CENTCOM) a Charlie — el inmediatamente anterior al máximo, Delta, que solo se activa en caso de ataque inminente — indica que la planificación operativa está muy avanzada. Las cuatro fragatas clase Arleigh Burke, los dos submarinos clase Virginia, el portaaviones Eisenhower y su grupo de combate mantienen posición completa en el Estrecho, configurando un despliegue naval que no tiene equivalente desde la Operación Praying Mantis de 1988. A bordo de esos buques hay más de ocho mil efectivos que esta noche dormirán, si duermen, sabiendo que las próximas cuarenta y ocho horas pueden cambiar la geopolítica mundial.
La respuesta iraní llegó a través de la agencia oficial IRNA a las nueve de la noche hora de Teherán, en un comunicado que combinaba desafío retórico con señales ambiguas de apertura. La frase principal — las amenazas no funcionaron en 1979 y no funcionarán ahora — era una referencia directa a la crisis de los rehenes de la embajada estadounidense, un episodio fundacional de la República Islámica que forma parte de su identidad política tanto como la Revolución Francesa forma parte de la identidad francesa. Pero el comunicado contenía también un párrafo final que los analistas consideran significativo: Irán sigue comprometida con el diálogo basado en el respeto mutuo y la soberanía, y está dispuesta a retomar las conversaciones de Mascate cuando las condiciones permitan una negociación genuina. La expresión cuando las condiciones permitan es, en el lenguaje diplomático iraní, una puerta entreabierta. No abierta, pero tampoco cerrada. La pregunta es si Trump está dispuesto a pasar por esa puerta o si ha decidido ya que la respuesta militar es más rentable políticamente a dieciocho meses de las elecciones de medio mandato.
En Bruselas, la convocatoria del Consejo Europeo de Energía para mañana jueves a las diez de la mañana adquirió una urgencia nueva tras conocerse el nivel de alerta Charlie del CENTCOM. Josep Borrell, alto representante de la UE para Asuntos Exteriores, emitió a las nueve y media un comunicado en el que pedía máxima contención a todas las partes y anunciaba que propondría al Consejo la activación inmediata de las reservas estratégicas europeas de hidrocarburos. La medida, que requiere la unanimidad de los veintisiete Estados miembros, liberaría hasta noventa días de reservas de petróleo y derivados — unos ciento cuarenta millones de barriles — para amortiguar el impacto de un eventual cierre del Estrecho de Ormuz. El Estrecho, por el que transita aproximadamente un veinte por ciento del petróleo mundial, es el cuello de botella energético más sensible del planeta, y su cierre parcial o total dispararía los precios del crudo a niveles que la economía europea no ha experimentado desde la crisis de 1973.
El impacto en los mercados energéticos fue inmediato y contundente. El Brent, que había cerrado la sesión europea en 98,40 dólares tras las declaraciones de Trump de esta tarde, saltó en la operativa nocturna de los mercados asiáticos hasta los 99,20 dólares, situándose a menos de un dólar de la barrera psicológica de los cien que los analistas llevan semanas temiendo. El último cierre por encima de cien dólares se produjo en junio de 2022, en los meses posteriores a la invasión rusa de Ucrania. Si el Brent supera los cien dólares — algo que los operadores del mercado de futuros de Londres consideran probable antes de que expire el ultimátum de mañana —, las consecuencias para la inflación europea serían significativas. El BCE, que ha pasado dos años luchando contra la inflación con subidas de tipos, se encontraría con un shock de oferta energético que reactivaría las presiones inflacionistas justo cuando la economía del euro muestra signos de estancamiento.
España, como importador neto de petróleo y gas, es particularmente vulnerable a la escalada de Ormuz. El país importa aproximadamente el noventa por ciento de su petróleo, y aunque la diversificación de proveedores ha reducido la dependencia del Golfo Pérsico — las importaciones desde Arabia Saudí e Irak representan ahora un treinta y cinco por ciento del total, frente al cincuenta por ciento de hace una década —, un cierre del Estrecho provocaría una subida generalizada de todos los crudos de referencia que afectaría a las importaciones procedentes de cualquier origen. La ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera, que participará mañana en el Consejo de Energía de Bruselas, preparaba esta noche una batería de medidas de contingencia que incluyen la prórroga de la bonificación al transporte público, la activación de las reservas de la CORES y un posible decreto de ahorro energético en edificios públicos.
El oro, el activo refugio por excelencia, marcó un nuevo máximo histórico en 2.785 dólares la onza en la sesión asiática, superando el récord de 2.768 establecido apenas ayer. El metal precioso acumula una revalorización del diecisiete por ciento en lo que va de año, impulsado por la confluencia de la crisis de Ormuz, la incertidumbre política en Europa y las compras masivas de bancos centrales de países emergentes que buscan reducir su exposición al dólar. Para los inversores particulares españoles, la subida del oro se traduce en una señal clara: el mercado no cree que la crisis de Ormuz vaya a resolverse pacíficamente antes del plazo de cuarenta y ocho horas, y está posicionándose para un escenario de conflicto que, de materializarse, tendría efectos dominó sobre toda la economía global.
La dimensión militar de la crisis adquirió esta noche un matiz nuevo con la revelación, publicada por el Wall Street Journal a las ocho de la noche hora de Washington, de que el Pentágono ha movilizado una unidad adicional de cazabombarderos F-35 desde la base de Al Udeid en Qatar hasta una ubicación no revelada en el Golfo Pérsico. La noticia, que el Departamento de Defensa no ha confirmado pero tampoco ha desmentido, sugiere que la planificación de la fase 3 está más avanzada de lo que la retórica oficial admite. Los F-35, con su capacidad stealth y su polivalencia aire-aire y aire-tierra, son los aviones ideales para una primera oleada de ataques selectivos contra sistemas de defensa aérea iraníes, lo que confirmaría que la fase 3 contempla algo más que un bloqueo naval.
En el Congreso de los Diputados, la Mesa acordó esta noche convocar una sesión informativa de la Comisión de Asuntos Exteriores para el viernes a primera hora, con comparecencia del ministro Albares. El PP había solicitado la comparecencia esta mañana, pero la Mesa la había aplazado hasta después de la sentencia del Koldo. La escalada nocturna en Ormuz aceleró la convocatoria. Feijóo emitió a las diez de la noche un comunicado en el que instaba al Gobierno a convocar una reunión urgente del Consejo de Seguridad Nacional y a coordinar con los aliados europeos una posición común que evite la escalada militar. El líder de la oposición, en un gesto poco habitual, evitó la crítica partidista directa y se limitó a pedir unidad institucional ante una crisis que trasciende las fronteras de la política doméstica. El gesto revela la gravedad con la que el PP percibe la situación: cuando Feijóo renuncia a atacar a Sánchez, es que la amenaza es real.
La noche caía sobre el Estrecho de Ormuz con la quietud artificial que precede a las tormentas marítimas. A bordo del USS Eisenhower, más de cinco mil tripulantes mantenían la rutina de guardia que llevan practicando desde hace tres semanas. En algún punto bajo las aguas del Golfo, dos submarinos clase Virginia patrullaban con sus sistemas de sonar activos. Y en Teherán, en el bunker subterráneo del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, los asesores del ayatolá Jamenei evaluaban opciones que ninguno de ellos quería tener que presentar. Cuarenta y ocho horas. El mundo tenía cuarenta y ocho horas para evitar algo que la memoria colectiva de Occidente había archivado en la carpeta de conflictos improbables. La noche de las siete espadas, con su crueldad poética, había reservado una de esas espadas para la garganta del suministro energético global.



