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Irán condiciona cualquier acuerdo con EEUU a «resultados tangibles»

La respuesta de Teherán llega después de que Trump asegurara que no tiene prisa por alcanzar un pacto.

Por Redacción de El Hemiciclo· Madrid·
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Irán ha advertido de que no aceptará ningún acuerdo con Estados Unidos «sin resultados tangibles», una condición que pone sobre la mesa su propia exigencia mientras prosiguen las negociaciones entre ambas partes. La declaración responde a las palabras de Donald Trump, quien había afirmado que no tiene prisa por lograr un buen acuerdo de paz con Teherán. El pulso diplomático queda así definido por dos posturas que se contestan mutuamente.

Irán ha condicionado cualquier acuerdo con Estados Unidos a la obtención de «resultados tangibles», en una respuesta que Teherán dirigió públicamente a Washington tras las declaraciones del presidente Donald Trump, quien afirmó que no tiene prisa por alcanzar un pacto con la República Islámica. El cruce de posiciones sitúa a ambas partes en un pulso diplomático cuyo desenlace afectará al equilibrio de seguridad en Oriente Próximo y a la arquitectura de no proliferación nuclear construida desde la entrada en vigor del Tratado de No Proliferación (TNP) en 1970.

La exigencia iraní y su lógica interna

La formulación de «resultados tangibles» como condición previa a cualquier negociación formal traslada la carga de la prueba a Washington. Esta posición, reiterada por la diplomacia iraní en distintos momentos desde la retirada estadounidense del JCPOA en 2018, cumple una doble función: blinda al régimen ante su opinión interna —que históricamente ha penalizado a los líderes percibidos como condescendientes con potencias occidentales— y obliga a Estados Unidos a ofrecer concesiones verificables antes de sentarse a la mesa.

La exigencia de verificabilidad previa no es retórica vacía. Tras la reimposición de sanciones por parte de la administración Trump en 2018, la economía iraní acumuló una contracción significativa: según datos del Fondo Monetario Internacional correspondientes al periodo 2018-2020, el PIB de Irán cayó en torno a un 15% acumulado en esos dos ejercicios, con una inflación que superó el 40% anual en 2019. Ese deterioro convirtió el alivio económico verificable en una condición política innegociable para Teherán ante cualquier proceso negociador posterior.

La declaración de Trump y su doble lectura

La afirmación de Trump de que no tiene prisa para alcanzar un acuerdo con Irán admite dos interpretaciones opuestas. Puede leerse como una táctica de frialdad negociadora destinada a restar urgencia al calendario —estrategia que el propio Trump empleó en las negociaciones comerciales con China durante su primer mandato— o como una señal de que el expediente iraní no ocupa un lugar prioritario en la agenda inmediata de la Casa Blanca. La respuesta pública de Teherán indica que el régimen decidió no dejar pasar el mensaje en silencio, contestándolo en sus propios términos y elevando el perfil político del intercambio.

En las negociaciones de alto riesgo, la asimetría en la urgencia percibida otorga ventaja estructural a quien menos necesita el acuerdo en el corto plazo. Si Washington declara que no siente presión de calendario, Irán pierde el tiempo como palanca; si Teherán exige resultados previos, la administración estadounidense puede reinterpretar esa condición como un obstáculo deliberado para bloquear cualquier avance, legitimando así la inacción.

El JCPOA como precedente y advertencia

El acuerdo nuclear de 2015, Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA), constituye el precedente histórico más directo. Negociado entre Irán y el grupo P5+1 —las cinco potencias permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania—, el pacto limitaba el enriquecimiento de uranio iraní a cambio del levantamiento progresivo de sanciones internacionales. Su vigencia formal duró menos de tres años desde la perspectiva estadounidense: en mayo de 2018, Trump ordenó la retirada unilateral de Estados Unidos e inició la reimposición escalonada de sanciones bajo la doctrina de «presión máxima».

La ruptura de 2018 desencadenó una espiral de incumplimientos por parte iraní que llevó el programa de enriquecimiento de uranio a niveles sin precedente en la historia del acuerdo. Según el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), en informes sucesivos entre 2021 y 2024, Irán ha enriquecido uranio a purezas de hasta el 60%, umbral que se sitúa técnicamente próximo al grado necesario para uso armamentístico, fijado convencionalmente en torno al 90%. Este historial convierte cualquier nuevo proceso negociador en un ejercicio de reconstrucción de confianza especialmente arduo para ambas partes.

El marco normativo y los instrumentos disponibles

El procedimiento aplicable a una eventual renegociación sigue estando encuadrado en la Resolución 2231 del Consejo de Seguridad de la ONU, adoptada en julio de 2015 para respaldar el JCPOA, y en el mecanismo de «snapback» —restauración automática de sanciones— que varios signatarios europeos activaron en 2020 tras constatar el incumplimiento iraní. Cualquier nuevo acuerdo bilateral entre Washington y Teherán requeriría, para tener eficacia multilateral, la implicación del Consejo de Seguridad y, previsiblemente, de la Unión Europea, que actuó como facilitadora en las rondas de Viena celebradas entre 2021 y 2022 sin llegar a acuerdo definitivo.

Posiciones en liza y acusaciones cruzadas

Washington, bajo la administración Trump, ha combinado históricamente la presión máxima mediante sanciones con la apertura simultánea a negociaciones directas, sin renunciar a ninguna de las dos vías. Teherán, por su parte, ha sostenido en múltiples declaraciones oficiales que cualquier diálogo debe producir alivio económico verificable antes de asumir limitaciones adicionales a su programa nuclear. Ambas lógicas han chocado en cada tentativa reciente, con acusaciones mutuas de negociar de mala fe que ninguna de las dos partes ha desmentido formalmente.

La Unión Europea, que no ha emitido una posición pública específica sobre este último intercambio, mantiene su apuesta por la vía multilateral y el marco del JCPOA como base de cualquier negociación. Los gobiernos de Francia, Alemania y Reino Unido —el denominado E3— advirtieron en comunicados conjuntos de 2023 y 2024 sobre el riesgo de un vacío diplomático que empuje el programa nuclear iraní hacia umbrales de no retorno, sin que esa advertencia haya generado hasta ahora una respuesta operativa de Washington.

Perspectivas y umbrales de cambio

La dinámica actual apunta a un período de impasse en el que ninguna de las dos partes moverá ficha de forma sustantiva en el corto plazo. El indicador más fiable de un cambio de escenario será la apertura de canales diplomáticos discretos —ya sean bilaterales directos o a través de intermediarios como Omán, que ejerció ese papel en las conversaciones previas al JCPOA de 2015 y en contactos posteriores— o, en sentido contrario, una escalada en las sanciones estadounidenses o en las actividades de enriquecimiento iraníes que fuerce una nueva crisis abierta. El OIEA tiene previsto publicar su próximo informe de verificación sobre el programa nuclear iraní en el plazo habitual de noventa días desde el último, lo que ofrece una referencia temporal concreta para evaluar si el pulso diplomático escala o se modera.

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