Zolghadr sostuvo que la continuidad del cerco marítimo promovido por Washington y la «beligerancia del régimen estadounidense» —en sus palabras— llevarán a Teherán a «endurecer» el cierre de Ormuz y a extenderlo a «otros estrechos y puntos estratégicos», sin precisar cuáles. El alto cargo advirtió de que, de producirse esa ampliación, «la economía mundial, los mercados energéticos y los votantes estadounidenses pagarán las consecuencias», en una formulación que vincula el coste económico con la política interna de Washington.
El estrecho de Ormuz permanece clausurado desde que Irán tomó esa decisión pocas horas después del inicio de la guerra, el 28 de febrero. Más de cinco meses después, el tránsito sigue interrumpido en una de las principales arterias energéticas del planeta: por Ormuz pasaba con anterioridad cerca del 20% del petróleo y del gas natural licuado que se comercia a escala mundial, según recoge el propio relato oficial iraní, con el consiguiente efecto sobre el suministro y la evolución de los precios internacionales.
La amenaza se produce después de que Teherán comunicara el viernes ataques contra dos petroleros que trataban de atravesar el estrecho, el episodio más reciente del hostigamiento marítimo que se prolonga desde el estallido del conflicto. No consta hasta el momento un balance oficial estadounidense de esos ataques ni el anuncio de represalias específicas, más allá de la continuidad del despliegue naval que Teherán denuncia como causa del recrudecimiento.
Irán reclama seguir reforzando su industria militar
En paralelo, el ministro interino de Defensa, Majid Ebn al Reza, defendió ante expertos vinculados al sector de la defensa —según la misma agencia— la necesidad de seguir incrementando las capacidades militares del país y pidió evitar cualquier relajación pese a los últimos acontecimientos regionales. A su juicio, aunque Washington no habría logrado sus metas militares, ese hecho no debe interpretarse como una invitación a bajar la guardia. «La industria de defensa de la República Islámica de Irán debe continuar su senda de progreso, innovación y preparación con aún mayor ímpetu que antes», afirmó.
El ministro alertó contra «la complacencia» y «la inacción» y reclamó ampliar la fabricación nacional de misiles, drones y otros sistemas propios, un ámbito en el que Irán ha desarrollado capacidades pese a décadas de sanciones internacionales que se remontan a la revolución de 1979. Ebn al Reza puso en valor ese desarrollo como resultado, según dijo, del «éxito de nuestras fuerzas armadas y de su fracaso en el logro de sus objetivos», en referencia a Estados Unidos.
Ebn al Reza vinculó la ofensiva contra los petroleros al propósito de Teherán de recuperar la iniciativa estratégica tras meses de tregua. «Creo que parte de ello podría deberse a su deseo de recuperar, en cierto modo, la iniciativa y el impulso en este asunto», señaló. El responsable expresó además la desconfianza de las autoridades iraníes hacia las intenciones de Washington durante el alto el fuego, al sostener que Estados Unidos lo habría aprovechado «principalmente para rearmarse y prepararse de nuevo para otra fase de violencia».
Estados Unidos no ha respondido públicamente a la amenaza de extender el bloqueo a otros enclaves. Washington mantiene desde hace décadas una presencia naval permanente en el golfo Pérsico a través de la V Flota, con base en Baréin, cuya misión declarada incluye garantizar la libertad de navegación en la zona; Teherán interpreta el refuerzo del despliegue desde febrero como una escalada unilateral que justificaría su respuesta.
El estrecho de Ormuz, de apenas unos 33 kilómetros de ancho en su punto más angosto, separa Irán de Omán y constituye la salida marítima principal para las exportaciones de crudo de Arabia Saudí, Kuwait, Irak, Emiratos Árabes Unidos y el propio Irán. Su cierre prolongado obliga a esos países a depender en mayor medida de oleoductos alternativos, como el que conecta Arabia Saudí con el mar Rojo, de capacidad limitada frente al volumen que históricamente transitaba por Ormuz.
La actual interrupción es la más prolongada de esta ruta en las últimas décadas. Durante la llamada Guerra de los Petroleros, en los años ochenta y en el marco del conflicto entre Irán e Irak, ambos países atacaron el tráfico mercante en el golfo sin llegar a clausurar el paso de forma sostenida, lo que subraya el carácter excepcional del cierre iniciado en febrero.
La referencia iraní a «otros estrechos y puntos estratégicos» resulta ambigua, pero abre el foco sobre enclaves como Bab el Mandeb, entre Yemen y el Cuerno de África, puerta de entrada al mar Rojo y al canal de Suez para buena parte del tráfico entre Asia y Europa, y ya sometido a ataques de los hutíes yemeníes desde el estallido de la guerra en Gaza en 2023. Una eventual extensión del bloqueo a esa zona afectaría a una segunda arteria clave del comercio marítimo global.
En el plano multilateral, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas no ha adoptado una resolución consensuada sobre el conflicto. La composición del órgano, con el derecho de veto de sus cinco miembros permanentes —entre ellos Rusia y China, próximos a Teherán, frente a Estados Unidos, Reino Unido y Francia—, dificulta un acuerdo, lo que deja la gestión de la crisis marítima en manos de la disuasión militar directa entre las partes.
La escalada verbal de este fin de semana no incluye, por ahora, ninguna acción concreta de ampliación del bloqueo más allá de Ormuz, y las autoridades iraníes han formulado su advertencia condicionada a la persistencia de la presión naval estadounidense. La aparición de nuevos incidentes contra buques mercantes o una eventual respuesta militar de Washington marcarán en los próximos días si la amenaza se traduce en hechos o permanece como instrumento de presión.


