«Si continúa la guerra económica no se exportará ni una sola gota de petróleo ni a través del estrecho de Ormuz ni por ninguna otra parte del golfo Pérsico», declaró Rezaei, uno de los portavoces más visibles de Teherán en materia de política exterior. El dirigente situó la amenaza en un plano expreso de confrontación al advertir de que «Irán considerará un acto de guerra la participación de cualquier país en la guerra económica de Estados Unidos contra el pueblo iraní».
La advertencia se produce después de que Trump anunciara la puesta en marcha de lo que describió como un «aislamiento a una escala sin precedentes» contra la República Islámica, e instara a sus aliados a sumarse a la iniciativa. La Administración estadounidense no ha detallado públicamente el alcance completo de las nuevas medidas.
El portavoz del Ministerio de Exteriores iraní, Esmaeil Baqaei, respondió sosteniendo que la presión estadounidense terminará por convertirse en «un bumerán» contra la propia economía de Estados Unidos. En un mensaje difundido en redes sociales, acompañado de una viñeta, ironizó sobre las políticas económicas de Washington: «¿Importar carne congelada para controlar el precio de la carne? De acuerdo, quizá funcione. ¿Pero cuál es el plan para los bonos? ¿Van a importar rendimientos congelados? ¿Para la vivienda, van a importar compradores congelados?».
Baqaei describió la política exterior estadounidense hacia Irán como «congelada y sin iniciativa» y advirtió de que ese enfoque conduce a una economía «congelada y estancada». «¿Lo único que sigue en movimiento? El bumerán de Irán, que vuelve para golpearles en la cara», concluyó.
Ormuz, una arteria por la que pasa la quinta parte del crudo mundial
El estrecho de Ormuz, paso marítimo de apenas 33 kilómetros de ancho en su punto más estrecho entre Irán y Omán, canaliza según la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA) alrededor de una quinta parte del consumo mundial de petróleo, con volúmenes que en años recientes han rondado los 20 millones de barriles diarios. Por ese corredor transita también buena parte del gas natural licuado exportado por Catar, uno de los mayores productores del planeta. Cualquier interrupción, aun parcial, tendría un impacto inmediato en los precios internacionales del crudo.
No es la primera vez que Teherán recurre a esta amenaza. Irán ya advirtió de un eventual bloqueo del estrecho en 2011 y de nuevo en 2018-2019, coincidiendo con la retirada de Estados Unidos del acuerdo nuclear de 2015 —el JCPOA— bajo la primera Administración Trump y la posterior reimposición de sanciones. En aquel periodo, Washington reforzó su presencia naval en el golfo Pérsico con la Quinta Flota, con sede en Baréin, y nunca llegó a producirse un cierre efectivo, aunque sí hubo incidentes con petroleros que Estados Unidos atribuyó a fuerzas iraníes.
El trasfondo del conflicto se remonta a la revolución islámica de 1979 y la posterior toma de la embajada estadounidense en Teherán, que rompió las relaciones diplomáticas entre ambos países y abrió más de cuatro décadas de sanciones, embargos y confrontación indirecta. El acuerdo nuclear de 2015, suscrito por Irán con Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania, Rusia y China, buscaba limitar el enriquecimiento de uranio a cambio del levantamiento de sanciones, pero quedó prácticamente vaciado de contenido tras la salida estadounidense de 2018.
La economía iraní arrastra desde entonces un deterioro sostenido, con una inflación situada en cifras de doble dígito y una acusada depreciación del rial frente al dólar en los mercados paralelos. Las exportaciones de crudo, pese a las sanciones, se han mantenido en gran medida gracias a la denominada «flota fantasma» de petroleros que transportan crudo iraní principalmente hacia China, su primer comprador.
Un bloqueo efectivo de Ormuz perjudicaría también a la propia Irán, que depende de esa vía para colocar buena parte de su producción en los mercados asiáticos. Por ello, la amenaza cumple sobre todo una función disuasoria y de negociación, dado el coste económico y militar que supondría para Teherán un enfrentamiento con la Quinta Flota estadounidense desplegada en la región.
Los países ribereños del golfo —Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Catar—, cuya economía depende en gran medida de las exportaciones de hidrocarburos por esa misma vía, mantienen desde hace años una posición de cautela y evitan alinearse abiertamente con Washington en la escalada de sanciones para no exponerse a represalias iraníes. La Unión Europea, por su parte, no se ha pronunciado de forma unificada sobre el nuevo paquete de presión estadounidense.
En el plano multilateral, el mecanismo de «snapback» permite restablecer automáticamente las sanciones de Naciones Unidas previas al acuerdo de 2015 si se determina un incumplimiento sustancial por parte de Irán. Reino Unido, Francia y Alemania han recurrido a esa vía como palanca de presión, en paralelo a las medidas bilaterales estadounidenses.
A partir de ahora, la atención se centrará en si Washington concreta el alcance de su nueva ofensiva económica y en si Teherán traduce sus advertencias en medidas operativas, como maniobras militares en el estrecho o incidentes con buques comerciales, algo que ya ocurrió en episodios anteriores sin llegar a un bloqueo total. La reacción de los grandes importadores asiáticos de crudo iraní será determinante para calibrar el alcance real de esta escalada.


