Los siete puntos acordados constituían el núcleo duro de la propuesta estadounidense en materia nuclear y de verificación. El primero y más significativo era un calendario de inspecciones del Organismo Internacional de Energía Atómica que permitiría acceso sin previo aviso a todas las instalaciones nucleares declaradas de Irán, incluyendo la planta de enriquecimiento de Natanz y el complejo de Fordow. El segundo punto establecía un mecanismo de verificación trilateral — con participación de la UE como garante — para monitorizar el cumplimiento del calendario. El tercero fijaba una hoja de ruta para la reducción progresiva del enriquecimiento de uranio del 60% actual al 3,67% en un plazo de 18 meses. El cuarto limitaba el número de centrifugadoras operativas a 5.060, la cifra del acuerdo original de 2015. El quinto prohibía la investigación y desarrollo de armas nucleares con un mecanismo de snapback que reimpondría automáticamente las sanciones si se detectaban violaciones. El sexto y el séptimo eran medidas de confianza mutua: Irán se comprometía a liberar a cuatro ciudadanos con doble nacionalidad y Estados Unidos aceptaba desbloquear 6.000 millones de dólares en fondos iraníes congelados en Corea del Sur.
Los siete puntos pendientes eran políticamente más complejos y reflejaban las líneas rojas que ninguna de las dos partes había estado dispuesta a cruzar en esta primera fase. El principal obstáculo era el levantamiento de las sanciones secundarias estadounidenses, que afectaban no solo a Irán sino a cualquier empresa o país que comerciara con Teherán. Irán exigía un levantamiento total e inmediato; Estados Unidos ofrecía un levantamiento parcial y progresivo condicionado al cumplimiento verificado de los compromisos nucleares. Otros puntos pendientes incluían el programa de misiles balísticos de Irán — que Washington quería incluir en el acuerdo y Teherán consideraba materia de soberanía —, el papel de las milicias proxy en Iraq, Siria y Líbano, y la cuestión del estatus de Irán como estado patrocinador del terrorismo en la lista del Departamento de Estado.
La intervención del sultán Haitham bin Tarik de Omán fue el catalizador que permitió desbloquear la negociación en las horas finales. Según fuentes diplomáticas europeas con acceso al desarrollo de las conversaciones, las negociaciones estaban estancadas desde las 10:00 de la mañana hora local en un punto muerto sobre el calendario de inspecciones: Irán quería 90 días de preaviso antes de cualquier inspección no programada; Estados Unidos exigía acceso sin previo aviso. El sultán convocó a ambas delegaciones a un almuerzo de trabajo a las 13:00 en el Palacio de Al Alam y, durante una conversación bilateral con Zarif que se prolongó 45 minutos, logró que Irán aceptara un compromiso: 48 horas de preaviso para las tres primeras inspecciones no programadas y acceso sin previo aviso a partir de la cuarta. El compromiso era técnicamente complejo pero políticamente aceptable para ambas partes: Irán podría presentar el preaviso inicial como una concesión a su soberanía, y Estados Unidos podría argumentar que el acceso sin restricciones se activaba tras un breve período de gracia.
La reacción de Trump fue instantánea y perfectamente calibrada para los mercados. A las 17:50 hora española, cinco minutos después del anuncio, el presidente estadounidense publicó en su cuenta de Truth Social un mensaje de cuatro palabras: «Great deal coming!». El mensaje, acompañado de una bandera estadounidense y un emoji de un apretón de manos, fue replicado en menos de un minuto por todas las agencias de noticias del mundo. Wall Street, que estaba en sesión a esa hora, registró un repunte instantáneo del 1,2% en el S&P 500. Pero donde el impacto fue más dramático fue en el mercado del petróleo: el Brent, que había cotizado a 99,80 dólares durante toda la mañana española, acercándose peligrosamente al umbral psicológico de los 100, se desplomó hasta los 94,50 dólares en menos de una hora, una caída de más de cinco dólares que representaba el movimiento intradiario más grande desde el inicio de la crisis del Estrecho de Ormuz.
La Unión Europea jugó un papel secundario pero significativo en el acuerdo. Borrell, que había mantenido línea directa con ambas delegaciones desde Bruselas a lo largo de todo el día, emitió una declaración a las 18:00 celebrando que «la diplomacia ha prevalecido en el último minuto posible» y ofreciendo a la UE como garante del mecanismo de verificación trilateral acordado en el punto segundo del marco. El Consejo de Energía de la UE, que había celebrado una sesión de urgencia por la mañana para activar reservas estratégicas de hidrocarburos ante el riesgo de que el ultimátum expirara sin acuerdo, suspendió las medidas de emergencia en una sesión extraordinaria vespertina convocada a las 18:15. La comisaria de Energía, Kadri Simson, declaró que la UE mantenía «un nivel de vigilancia elevado» pero que la activación de reservas ya no era necesaria «en el escenario actual». España, como importador neto de petróleo, era uno de los países europeos más beneficiados por la caída del Brent.
El Pentágono respondió al acuerdo con una reducción del nivel de alerta en CENTCOM de Charlie a Bravo, el tercero de los cinco niveles del sistema DEFCON adaptado al mando regional. La reducción implicaba que el portaaviones Eisenhower mantenía su posición en el Estrecho de Ormuz pero cesaban los vuelos de reconocimiento sobre aguas iraníes y los submarinos clase Virginia retrocedían a una posición de reserva más alejada de la costa iraní. La IRNA, la agencia de noticias oficial iraní, publicó un comunicado del Consejo Supremo de Seguridad Nacional que describía el acuerdo como «un primer paso positivo hacia la normalización de las relaciones» pero insistía en que «la soberanía iraní y el derecho a un programa nuclear pacífico no son negociables».
El marco de 7 puntos resolvía la crisis inmediata del ultimátum y reducía la presión sobre los mercados energéticos, pero dejaba pendientes cuestiones fundamentales que habían hecho fracasar todos los intentos anteriores de negociación con Irán. El levantamiento de sanciones, el programa de misiles y el papel de las milicias proxy eran precisamente los puntos que habían provocado la retirada de Trump del acuerdo nuclear de 2015 durante su primer mandato. Que esos mismos puntos permanecieran sin resolver en el marco de Mascate generaba dudas legítimas sobre la viabilidad a largo plazo del entendimiento. Un experto del Real Instituto Elcano señalaba que «el acuerdo de Mascate tiene la estructura clásica de un acuerdo diseñado para ganar tiempo, no para resolver el conflicto», una lectura que compartían analistas del European Council on Foreign Relations y del Carnegie Endowment.
Para España, el impacto inmediato del acuerdo era fundamentalmente económico. La caída de más de cinco dólares en el Brent aliviaba la presión sobre la factura energética y reducía las expectativas de inflación que habían comenzado a preocupar al Banco de España. Cada dólar de descenso en el precio del barril se traduce, según las estimaciones del ministerio de Economía, en un ahorro de aproximadamente 300 millones de euros anuales en la factura de importación de crudo de España. La caída de 99,80 a 94,50 dólares representaba, si se mantenía, un ahorro potencial de 1.590 millones anuales, una cifra suficiente para financiar aproximadamente la mitad del incremento presupuestario demandado por las comunidades autónomas para el próximo ejercicio. Sin embargo, la volatilidad del mercado energético —con oscilaciones de más de cinco dólares en una sola sesión— dificultaba cualquier planificación presupuestaria a medio plazo.
A las 18:30, con el acuerdo de Mascate apenas tres cuartos de hora de vida, la pregunta que dominaba los análisis en Bruselas y en Washington era cuánto duraría. Las negociaciones sobre los siete puntos pendientes se reanudarían la próxima semana, probablemente el martes 27, de nuevo en Mascate. El plazo informal que circulaba entre los diplomáticos era de tres semanas para alcanzar un acuerdo definitivo, un calendario que los escépticos consideraban «extremadamente optimista» dado que los puntos pendientes eran los más difíciles. Si las negociaciones se estancaban o fracasaban, el escenario previo al acuerdo —ultimátums, bloqueo naval, Brent acercándose a los 100 dólares— volvería con toda su intensidad. El mundo había evitado una escalada militar en el Estrecho de Ormuz por treinta minutos. La pregunta era si esos treinta minutos se convertirían en semanas, meses o simplemente en un paréntesis antes de la próxima crisis.


