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El Niño de 2026 agrava sequías, olas de calor e inundaciones extremas

Un océano recalentado por el cambio climático y la fase cálida del ENOS combinan sus efectos, según la Organización Meteorológica Mundial

Por Redacción de El Hemiciclo· · Actualizado:
4 min de lectura
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El fenómeno El Niño, la fase cálida del patrón climático ENOS que se repite de forma natural cada dos a siete años, estaría intensificando en 2026 una sucesión de catástrofes en distintos continentes: inundaciones en el sudeste asiático, sequía en el Cuerno de África y la Amazonía, y olas de calor e incendios en Europa y Norteamérica.

El Niño no es una novedad para la climatología. Se trata de la fase cálida de El Niño-Oscilación del Sur (ENOS), un patrón que consiste, esquemáticamente, en un debilitamiento de los vientos alisios del Pacífico ecuatorial. Esa relajación permite que una masa de agua caliente que normalmente se acumula frente a Asia refluya hacia las costas de Sudamérica, bloqueando el afloramiento de aguas profundas más frías y liberando hacia la atmósfera una cantidad extraordinaria de calor y humedad. El fenómeno se documenta y estudia desde hace décadas, con episodios especialmente intensos en 1982-83, 1997-98 y 2015-16, todos ellos asociados a alteraciones meteorológicas globales.

Lo que distinguiría al episodio de 2026, según las explicaciones de los organismos meteorológicos, no es el mecanismo en sí, sino el contexto en el que se produce. Las temperaturas superficiales de los océanos habrían venido batiendo récords mes tras mes en los últimos años, un fenómeno atribuido de forma reiterada por la comunidad científica al calentamiento global de origen antropogénico. Si esa base oceánica ya se encontraba anómalamente caliente antes de que arrancara el ciclo de El Niño, la energía adicional liberada por el fenómeno se sumaría a un sistema que partía de un desequilibrio previo, en lugar de a un océano en condiciones consideradas normales.

La pregunta que suele plantearse ante estos episodios es cómo un cambio de temperatura localizado en el Pacífico puede desencadenar consecuencias en puntos tan alejados como Europa central o los bosques de Canadá. La respuesta remite a lo que los científicos del clima denominan teleconexiones: la atmósfera terrestre funciona como una red interconectada en la que las corrientes en chorro, esos flujos de viento de gran altitud que dirigen buena parte de la meteorología del planeta, se ven alteradas por inyecciones masivas de calor en regiones concretas del océano.

Cuando esas corrientes reciben un exceso de energía, tienden a ondular, deformarse y, en ocasiones, quedar bloqueadas durante semanas sobre una misma región. El resultado son sistemas de altas y bajas presiones que se estancan, favoreciendo tanto sequías prolongadas como episodios de lluvias torrenciales concentradas, según se explica en la literatura científica sobre variabilidad climática. Este mecanismo explicaría por qué eventos extremos en regiones muy distantes pueden compartir un mismo origen causal remoto.

Un mapa de daños que se extiende por varios continentes

Los efectos que se atribuyen a esta fase de El Niño, agravada por el calentamiento de fondo, se estarían manifestando de forma simultánea en distintos puntos del planeta. En el sudeste asiático se habrían producido inundaciones que habrían arrasado poblaciones enteras, un patrón que coincide con la tendencia histórica de El Niño a alterar el régimen de precipitaciones en determinadas zonas de la región, aunque el reparto exacto de lluvias varía según el episodio y la orografía local.

En el Cuerno de África, una región que ya arrastra episodios de inseguridad alimentaria recurrentes documentados por Naciones Unidas en ciclos anteriores, la sequía asociada a El Niño se sumaría a factores estructurales de vulnerabilidad económica y conflictos armados que dificultan la respuesta humanitaria. La Amazonía, por su parte, afrontaría un episodio de sequía extrema que estaría comprometiendo el papel del bosque tropical como sumidero de carbono, con implicaciones que trascienden lo regional y afectan al balance climático global.

En Europa y Norteamérica, la combinación de olas de calor e incendios forestales de gran magnitud completaría el cuadro. Los servicios meteorológicos nacionales de varios países europeos han venido registrando en los últimos veranos máximas que superan las medias históricas, un patrón consistente con las proyecciones del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), aunque la atribución de cada episodio concreto a El Niño frente al cambio climático de fondo exige análisis específicos que los organismos científicos suelen publicar meses después de cada evento.

El episodio de El Niño de 1997-98, considerado hasta ahora uno de los más intensos registrados, provocó pérdidas económicas globales estimadas en decenas de miles de millones de dólares y miles de víctimas mortales por inundaciones, sequías e incendios en distintos continentes, según recopilaciones posteriores de organismos como la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA). Aquel episodio se produjo, sin embargo, sobre un océano considerablemente más frío que el actual, lo que sugiere a algunos investigadores que la comparación directa entre ambos eventos podría subestimar la gravedad del de 2026.

La Organización Meteorológica Mundial, agencia especializada de Naciones Unidas encargada de coordinar la cooperación científica en meteorología entre sus 193 estados miembros, ha advertido en sus boletines de que la concurrencia de El Niño con temperaturas oceánicas de fondo ya elevadas constituye un escenario sin precedentes históricos claros con los que calibrar la magnitud esperable de los impactos. Esta institución es la encargada de emitir las alertas oficiales sobre la evolución del fenómeno y de coordinar con los servicios meteorológicos nacionales las previsiones estacionales que utilizan los gobiernos para planificar la respuesta.

Los gobiernos afectados, desde los del sudeste asiático hasta los europeos, se enfrentan a un dilema de gestión que combina la respuesta de emergencia inmediata —evacuaciones, ayuda humanitaria, reconstrucción de infraestructuras— con la necesidad de revisar a medio plazo sus estrategias de adaptación climática, incluidos los sistemas de alerta temprana y la planificación urbana en zonas inundables o propensas a incendios. Organizaciones humanitarias y agencias de la ONU han reclamado en foros internacionales recientes un refuerzo de la financiación destinada a adaptación en los países más vulnerables, un debate que se mantiene abierto en las negociaciones climáticas multilaterales.

La comunidad científica coincide en que la fase actual de El Niño seguirá su ciclo natural y previsiblemente dará paso, en los próximos meses, a una fase neutra o incluso a La Niña, su contraparte fría, tal como ha ocurrido en episodios anteriores documentados por la OMM. Ese tránsito no eliminará, sin embargo, el problema de fondo: el calentamiento global de origen antropogénico continuará elevando la temperatura base de los océanos, de modo que el próximo episodio de El Niño, cuando se produzca dentro de algunos años, podría partir de un punto aún más cálido que el actual, según las proyecciones que manejan los organismos internacionales especializados.

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