La ausencia de daños estructurales graves en la mayoría de los inmuebles evaluados se atribuye al trabajo acumulado durante décadas por arquitectos, ingenieros, constructores y autoridades. Frente a esa lectura favorable aparece un patrón de irregularidades que no compromete la estabilidad de las edificaciones, pero sí la capacidad de sus ocupantes para evacuar en una emergencia. Esa segunda conclusión es la que concentra la preocupación de quienes recorrieron las estructuras.
Un edificio puede sostenerse en pie después de un temblor y, aun así, convertirse en una trampa si sus escaleras, pasillos y salidas no permiten un desalojo ordenado. La distinción no es retórica: mientras la estabilidad estructural se mide en términos de ingeniería de materiales, la seguridad humana depende de variables tan concretas como el ancho libre de una escalera, el funcionamiento de una luminaria de emergencia o la ubicación de un letrero. Un terremoto, un incendio, una fuga de gas o la presencia de humo pueden obligar a desalojar en minutos.
Escaleras usadas como almacén
Entre las situaciones documentadas durante los recorridos destaca el uso de descansos, pasillos y cajas de escalera como áreas de almacenamiento. Contenedores de desperdicios, materiales de reformas, muebles y equipos diversos ocupan espacios que, por diseño, deben permanecer libres para el tránsito de personas. Cuando esos objetos reducen el ancho requerido de una ruta de evacuación o interfieren con el cierre de una puerta, la condición deja de ser una incomodidad y pasa a representar un riesgo directo para quienes necesiten salir del inmueble.
A esa práctica se suma la falta de mantenimiento en los sistemas de iluminación de emergencia. Los recorridos registraron luminarias fuera de servicio, sensores sin respuesta, lámparas quemadas y unidades de emergencia sin batería o incapaces de activarse al probar su funcionamiento. Una escalera que en condiciones normales luce perfectamente transitable puede volverse una trampa en segundos si se corta el suministro eléctrico o el espacio se llena de humo durante un incendio.
El tercer problema identificado tiene que ver con la señalización de las rutas de escape, descrita como insuficiente, inadecuada o mal ubicada. La consecuencia práctica es que, en una situación de pánico, una persona que visita el inmueble por primera vez —un cliente, un proveedor, un visitante ocasional— no tiene manera de identificar con rapidez hacia dónde dirigirse, lo que añade minutos críticos a cualquier evacuación. La ruta de salida, advierte el autor, debe ser identificable aun para quien entra por primera vez.
Salidas independientes y carga de ocupantes
Las inspecciones pusieron sobre la mesa la necesidad de reevaluar, en ciertos edificios, si las condiciones de egreso corresponden al uso actual del inmueble, su altura y su carga de ocupantes, conforme a la normativa aplicable. Cuando el reglamento exige salidas independientes, estas no constituyen un formalismo: representan la alternativa de escape cuando una de las rutas queda comprometida por humo, escombros o fuego. La ausencia de esa segunda vía puede dejar a los ocupantes sin opciones en el peor momento.
El arquitecto que documentó estas condiciones —exdirector de Obras y Construcciones del Municipio de Panamá y miembro del Comité Consultivo Permanente del Reglamento de Seguridad Humana de la Junta Técnica de Ingeniería y Arquitectura (JTIA)— sostiene que los medios de egreso deben entenderse como infraestructura de protección de vidas y no como un requisito secundario del diseño. Según su diagnóstico, corregir estas deficiencias no exige, en la mayoría de los casos, grandes inversiones, sino planificación, mantenimiento y conciencia de su importancia.
El planteamiento conecta con una responsabilidad compartida a lo largo de la vida útil de una edificación. Arquitectos, ingenieros, diseñadores de instalaciones, constructores, inspectores, propietarios y administradores intervienen en etapas distintas del ciclo de un inmueble, y cada uno asume una porción de la responsabilidad sobre su seguridad. Un buen diseño debe anticipar el mantenimiento; una buena administración debe impedir la improvisación; y una inspección responsable debe advertir las condiciones que comprometan la seguridad.
Panamá cuenta con un Reglamento de Seguridad Humana y códigos de construcción que han evolucionado tras eventos sísmicos registrados en el istmo, y la JTIA mantiene comités consultivos permanentes encargados de revisar esa normativa. El episodio reciente vuelve a poner a prueba su aplicación práctica en edificaciones ya construidas, muchas erigidas antes de las actualizaciones reglamentarias más recientes, cuando los criterios de egreso vigentes todavía no se aplicaban.
El diagnóstico apunta a un cambio de perspectiva sobre lo que significa un edificio seguro. La estabilidad estructural —que columnas, vigas, losas y muros permanezcan en pie tras un sismo— es condición necesaria pero no suficiente. La verdadera prueba de un inmueble llega cuando sus ocupantes necesitan salir de él con rapidez, y esa prueba depende de decisiones tomadas mucho antes de la emergencia: el mantenimiento de una luminaria, el ancho libre de una escalera, la ubicación de un letrero.
La discusión sobre infraestructura resiliente no es exclusiva de Panamá. En la región, episodios similares han obligado a replantear estándares de construcción y mantenimiento urbano, en paralelo a otros debates sobre la gestión del patrimonio público, como el que enfrentan actualmente profesores que dictan clases en la calle contra el retiro de obras del Museo Nacional de Colombia.
«Un edificio seguro no es solamente aquel que no se cae. Es aquel que, cuando ocurre lo inesperado, permite que sus ocupantes se protejan y, cuando sea necesario, puedan salir de él con seguridad», escribe el arquitecto, exdirector de Obras y Construcciones del Municipio de Panamá.
El autor cierra su diagnóstico con una advertencia: la seguridad humana no puede comenzar después de la emergencia, sino estar prevista antes de que ocurra. No es un accesorio del diseño ni un simple requisito para aprobar planos, concluye, sino una condición esencial para evitar que una emergencia se convierta en tragedia.

