Ghannouchi perdió el conocimiento el pasado 17 de julio en su celda de la prisión de Mornaguia, en Túnez, donde las temperaturas superaron los 50 grados durante el verano. Su figura, uno de los referentes intelectuales del islamismo político desde los años setenta, resume por sí sola la trayectoria descendente de un movimiento que hace apenas quince años parecía en condiciones de gobernar buena parte del mundo árabe.
La situación actual contrasta de forma radical con el momento vivido tras las revueltas conocidas como Primavera Árabe, iniciadas a finales de 2010. En aquel contexto, formaciones vinculadas a los Hermanos Musulmanes alcanzaron el Gobierno en Egipto y una posición dominante en el Parlamento tunecino, capitalizando décadas de trabajo social organizado desde mezquitas, asociaciones religiosas, organizaciones benéficas y redes asistenciales que habían tejido una base de apoyo popular difícil de replicar por otras fuerzas políticas.
En Egipto, Mohamed Morsi, dirigente vinculado a la organización, ganó las elecciones presidenciales de 2012. Un año después fue apartado del poder tras masivas protestas populares y la intervención del Ejército, encabezado entonces por Abdel Fattah al Sisi, actual presidente egipcio. Morsi permaneció en prisión hasta su muerte, en 2019. Aquel golpe de 2013 marcó el inicio de una represión sostenida contra la organización en Egipto, cuya cúpula histórica acabó dispersa en el exilio.
Washington endurece la ofensiva legal
La presión internacional contra el movimiento se ha intensificado de forma notable durante el último año, ahora desde Washington. En noviembre de 2025, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ordenó a su Administración avanzar hacia la designación como organización terrorista de distintas ramas nacionales de los Hermanos Musulmanes, una medida que sus antecesores habían evitado pese a presiones similares.
El 13 de enero de 2026, Washington incluyó formalmente a las ramas egipcia y jordana en su lista de organizaciones terroristas globales, invocando su apoyo a Hamás, movimiento surgido de la rama palestina de los Hermanos Musulmanes. La filial libanesa recibió la misma calificación como organización terrorista extranjera, un marco legal que permite a Estados Unidos bloquear activos y perseguir penalmente a sus colaboradores en territorio estadounidense.
Esa designación se enmarcó posteriormente en la nueva estrategia antiterrorista de Estados Unidos, presentada en mayo de 2026, que sitúa a los Hermanos Musulmanes junto a Al Qaeda y el Estado Islámico como uno de los principales focos ideológicos del yihadismo contemporáneo. Jordania ha seguido una senda paralela: Amán prohibió por completo la organización en abril de 2025 y desde entonces ha reforzado la presión sobre su brazo político, el Frente de Acción Islámica, que hasta esa fecha operaba con relativa normalidad en la vida parlamentaria jordana.
Una organización partida en dos
A la presión externa se suma una fractura interna que debilita aún más la capacidad de respuesta del movimiento. Desde 2021, dos facciones se disputan el control de la organización global. Ese año, Ibrahim Munir, que dirigía la estructura internacional desde su exilio en Londres, anunció la disolución de varias ramas asentadas en Turquía. Mahmoud Hussein, entonces secretario general, respondió sosteniendo que Munir había sido destituido.
Desde ese cisma, cada facción mantiene su propio liderazgo, su propio consejo consultivo y sus propios canales de comunicación, y ambas reivindican ser la representación legítima de los Hermanos Musulmanes. Tras la muerte de Munir en 2022, Salah Abdel Haq asumió la dirección de la facción con sede en Londres, que ha anunciado su intención de recurrir ante los tribunales estadounidenses las designaciones adoptadas por la Administración Trump.
La rama asentada en Estambul mantiene una posición distinta y cuestiona incluso la capacidad de la dirección internacional para hablar en nombre del conjunto de estructuras nacionales del movimiento, una disputa que refleja tensiones geopolíticas más amplias sobre el papel del islamismo político en la región.
El precedente histórico más cercano a este proceso de debilitamiento se remonta a la persecución sufrida por la organización bajo el régimen de Gamal Abdel Nasser en Egipto durante los años cincuenta y sesenta, cuando miles de sus miembros fueron encarcelados y su ideólogo Sayyid Qutb fue ejecutado en 1966. Aquella represión no logró disolver la red social y religiosa del movimiento, que resurgió con fuerza en las décadas siguientes aprovechando los espacios dejados por los regímenes autoritarios árabes.
La actual debilidad organizativa no equivale, sin embargo, a desaparición. La estructura de mezquitas, escuelas coránicas, organizaciones benéficas y redes de solidaridad social que sostiene al movimiento en países como Egipto, Jordania o Yemen continúa operando, en muchos casos de forma informal o bajo otras denominaciones, lo que dificulta su erradicación completa por vía puramente legal o policial.
El desenlace de esta crisis dependerá en buena medida de la evolución judicial en Estados Unidos, donde los recursos presentados por la facción de Londres podrían tardar meses o años en resolverse, y de la situación de salud de Ghannouchi en Túnez. Hasta la fecha ninguna instancia oficial ha anunciado una hoja de ruta de liberación ni una fecha para la resolución del litigio interno que mantiene fracturada a la organización desde hace cinco años.


