El concepto de refugio climático no nació en el océano, sino en la ecología terrestre, donde durante décadas se ha usado para describir zonas montañosas o valles que amortiguan el impacto del cambio climático sobre la fauna y la flora. Trasladarlo al medio marino exige, según los autores del estudio, un marco propio que tenga en cuenta la estructura tridimensional del océano, sus corrientes y sus zonas de afloramiento, factores sin equivalente directo en tierra firme.
La revisión distingue tres metodologías para identificar estos refugios. La primera, basada en la baja exposición climática, localiza áreas donde la temperatura y otras variables ambientales cambian más lentamente que en su entorno inmediato, como determinadas zonas de aguas profundas o regiones costeras enfriadas de forma constante por afloramientos. La segunda se apoya en la resiliencia observada: episodios reales en los que especies o ecosistemas han sobrevivido o se han recuperado tras eventos de estrés térmico, como los bosques de kelp de California, que resistieron varias olas de calor marinas. La tercera utiliza modelos predictivos para estimar dónde persistirán condiciones favorables en el futuro, como el trabajo que localizó zonas del Mediterráneo donde el coral de bambú podría mantenerse pese al aumento de la temperatura del agua.
Según los datos recopilados en la revisión, el enfoque basado en modelos de hábitat es el más utilizado por la comunidad científica, presente en el 45% de los estudios analizados. Le sigue el de baja exposición climática, con un 26%, y en último lugar el basado en resiliencia observada, con un 12%. El trabajo señala además un desequilibrio taxonómico: los corales concentran un tercio de toda la investigación sobre refugios climáticos marinos, muy por delante de peces y macroalgas, grupos que también sustentan pesquerías y economías costeras.
De la ciencia a la gestión real
La finalidad última de identificar estos espacios, subrayan los investigadores, no es meramente académica. Se plantea como una herramienta de adaptación climática capaz de frenar la pérdida de biodiversidad marina, reducir el riesgo de extinciones locales y reforzar la capacidad de recuperación del océano frente al calentamiento. Sin embargo, el propio estudio advierte de una brecha entre el conocimiento científico y su aplicación: pese al aumento de publicaciones que localizan refugios climáticos, su incorporación efectiva a las áreas marinas protegidas sigue siendo limitada en la práctica.
Esa distancia entre la ciencia y la gestión conecta con un debate más amplio sobre la eficacia de las áreas marinas protegidas declaradas por los Estados. Organismos como la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza llevan años señalando que un porcentaje significativo de estas áreas carece de planes de gestión activa o de recursos para vigilancia, lo que las convierte en protección sobre el papel más que en conservación real. El compromiso de Kunming-Montreal de proteger el 30% del océano para 2030 se enfrenta a ese mismo riesgo si no se traduce en presupuesto y capacidad de control efectivos.
El estudio recoge, no obstante, ejemplos de gestión ya en marcha que combinan ciencia y participación comunitaria. En México, comunidades locales participan directamente en la vigilancia y restauración de refugios de kelp, un modelo que vincula la subsistencia pesquera con la conservación del ecosistema. En Tanzania, investigadores han elaborado mapas participativos con pescadores para entender cómo perciben ellos mismos los cambios en su entorno, una vía que incorpora el conocimiento tradicional a la identificación científica de zonas resilientes.
Los propios autores reconocen limitaciones importantes en el estado actual del conocimiento. La investigación sobre refugios climáticos marinos se concentra sobre todo en el Atlántico y el Pacífico norte, mientras que la alta mar y las aguas profundas, que constituyen la mayor parte del volumen oceánico del planeta, permanecen en gran medida inexploradas. Esa laguna geográfica limita la capacidad de diseñar una red de protección verdaderamente global y deja fuera regiones con menos capacidad científica e infraestructura de monitoreo.
El precedente más directo de este tipo de cartografía climática se remonta a los estudios terrestres de refugios glaciales, zonas donde ciertas especies sobrevivieron a las glaciaciones del Pleistoceno y desde las que después recolonizaron el continente al retirarse el hielo. La ecología marina lleva más de una década intentando trasladar ese marco conceptual al océano, aunque hasta ahora de forma fragmentaria, sin una metodología unificada como la que este equipo trata de sistematizar.
La revisión concluye que ninguno de los tres enfoques por separado basta para una gestión eficaz: la combinación de baja exposición climática, resiliencia observada y modelos de hábitat, junto con un seguimiento a largo plazo y una gestión adaptativa capaz de corregir el rumbo según la evidencia disponible, resulta clave para que la identificación de refugios climáticos se traduzca en conservación efectiva y no solo en mapas académicos.
El calendario internacional marcará los próximos hitos de este debate. Las revisiones periódicas del Convenio sobre la Diversidad Biológica de Naciones Unidas serán los foros donde se mida el avance real hacia el objetivo del 30% de protección oceánica para 2030, un plazo que queda ya a menos de cuatro años y en el que trabajos como este aspiran a orientar qué zonas priorizar cuando los recursos de conservación resulten insuficientes para proteger todo lo que la ciencia identifica como valioso.

