El punto de partida es una distinción sobre el asentimiento, el acto de aceptar algo como verdadero. Para el pensador andalusí, las personas no llegan a esa aceptación por el mismo camino: unas lo hacen mediante la demostración filosófica, otras a través de argumentos dialécticos y otras por la vía retórica. La traducción al inglés de Charles E. Butterworth, difundida por la Universidad de Yale, recoge que el asentimiento «está determinado para cada musulmán de acuerdo con el método de asentimiento que requieren su temperamento y su naturaleza».
Averroes respaldó esa jerarquía de métodos citando el Corán (16:125): «Llama a la senda de tu Señor con sabiduría y buena predicación, y discute con ellos de la mejor manera». De ahí deduce que la ley, al dirigirse a toda la humanidad, debía incorporar los tres registros —demostrativo, dialéctico y retórico— para no dejar a nadie fuera del camino hacia la verdad, salvo a quien la rechazara por pura obstinación.
El Tratado decisivo clasifica a la población en tres categorías. La primera, «la abrumadora multitud», corresponde a la gente retórica, que según Averroes no está capacitada para interpretar los textos sagrados más allá de su sentido literal. La segunda reúne a los dialécticos, que razonan «por naturaleza solamente o por naturaleza y por hábito». La tercera, minoritaria, agrupa a los demostrativos, capaces de alcanzar la verdad por el arte de la sabiduría filosófica.
Esa jerarquía no era arbitraria: Averroes la justificaba por la dificultad práctica de enseñar razonamientos demostrativos, que exigen un largo periodo de formación inaccesible para la mayoría. Como la ley aspira a instruir a todos los seres humanos, el filósofo concluía que debía reunir los tres métodos de persuasión para producir asentimiento en cada tipo de persona, sin excluir a ninguna por su capacidad intelectual.
De este esquema se desprende una regla de lectura del texto sagrado: solo los capacitados pueden interpretar los pasajes que lo requieran, mientras que la multitud debe atenerse a su sentido aparente. Según la Enciclopedia de Filosofía de Internet (IEP), Averroes consideraba que divulgar las lecturas demostrativas entre dialécticos o entre la multitud podía dañar la fe de los creyentes, de ahí su insistencia en mantener esas interpretaciones restringidas a un círculo reducido.
«Para cada hombre la ley ha previsto un camino hacia la verdad de acuerdo con su naturaleza», escribió Averroes en el Tratado decisivo.
Esta cautela sitúa a la obra en el centro de un debate medieval sobre la relación entre filosofía y religión que atravesó tanto el mundo islámico como la Europa cristiana. El texto defiende la compatibilidad entre razón y ley revelada, pero lo hace fijando límites precisos sobre quién puede ejercer esa razón sin riesgo para el conjunto de la comunidad. Esa tensión entre saber y fe reaparece en la historia intelectual europea, como refleja el modo en que una cita de Voltaire sobre el fanatismo vuelve a circular como advertencia seis siglos después.
Juez, médico y comentarista de Aristóteles
Averroes, cuyo nombre árabe era Ibn Rushd, nació en Córdoba en 1126 en una familia de jueces: su abuelo fue juez principal de la ciudad bajo los almorávides y su padre ocupó el mismo cargo hasta 1146. Se formó en hadiz, lingüística, jurisprudencia y teología escolástica, además de estudiar medicina con Abu Jafar ibn Harun de Trujillo. El califa almohade Abu Yaqub Yusuf le encargó comentar la obra de Aristóteles y después lo nombró juez principal y médico jefe de la corte.
La trayectoria del filósofo terminó, sin embargo, en el destierro: pasó sus últimos años confinado en Lucena, a unos 60 kilómetros de Córdoba, hasta su muerte en 1198. Pese a esa caída en desgracia, su legado cruzó el Mediterráneo: hacia la década de 1230 la Europa latina ya lo conocía como «el Comentador» de Aristóteles, una autoridad de referencia para la filosofía escolástica medieval.
