La cifra choca con el discurso de sostenibilidad que buena parte de la industria de la moda ha adoptado en la última década. Según la organización internacional Textile Exchange, «marcas y diseñadores se desviven por remediar la situación, alardeando de colecciones que llaman conscientes o éticas, pero la realidad es tozuda». El volumen de fibra sintética producida no deja de crecer año tras año.
El poliéster se obtiene a partir de derivados del petróleo mediante un proceso de polimerización que lo convierte en una fibra barata, resistente y fácil de teñir, cualidades que explican su expansión desde los años setenta. A diferencia del algodón o la lana, no es biodegradable: una prenda puede tardar varias décadas en descomponerse en un vertedero, y durante ese proceso libera microplásticos que terminan en suelos y océanos.
El volumen de 78 millones de toneladas anuales explica buena parte del impacto ambiental. El 43% de emisiones atribuido a esta fibra dentro del cómputo global del textil se deriva de la intensidad energética de su fabricación, que requiere la extracción y el refinado de petróleo además del propio proceso de polimerización. Las alternativas de poliéster reciclado, promovidas por numerosas firmas como solución, reducen parte de esa huella pero no eliminan el problema de fondo de los microplásticos ni frenan el volumen total producido.
El poliéster superó al algodón como material textil dominante a comienzos de este siglo, y la tendencia no se ha revertido pese al auge del marketing de moda circular. La producción récord de 132 millones de toneladas de fibra textil en conjunto, la cifra más alta jamás registrada según la misma organización, confirma que el crecimiento del consumo sigue superando con holgura cualquier esfuerzo de sustitución por materiales de menor impacto.
La tensión entre innovación material y sostenibilidad ambiental no es exclusiva del textil: en otros sectores industriales también se investigan materiales capaces de resistir condiciones extremas sin comprometer su desempeño, como demuestran los avances recientes en aleaciones de niobio y titanio para aplicaciones criogénicas. La diferencia con el poliéster reside en la escala: mientras esas aleaciones se destinan a usos industriales muy específicos, la fibra sintética impregna el consumo masivo diario de ropa en todo el planeta.
Textile Exchange trabaja habitualmente con grandes marcas de moda para promover materiales con menor huella ambiental, lo que convierte su propio informe en un termómetro incómodo para una industria que se ha apoyado en gran medida en su sello para legitimar mensajes de sostenibilidad. El contraste entre ese papel y los datos publicados alimenta la discusión sobre hasta qué punto las etiquetas de moda consciente reflejan un cambio estructural o una estrategia de comunicación paralela al negocio real.
El dato de 132 millones de toneladas anuales queda como la referencia que la propia organización sitúa en máximos históricos, con el poliéster firmando el 59% de ese total.
