El dato de 2024, con todo, no equivale a un incumplimiento del Acuerdo de París, ya que el tratado suscrito en la capital francesa en diciembre de 2015 mide el calentamiento en promedios de varias décadas y no en registros anuales aislados. Lo que sí constata el informe del PNUMA es una tendencia sostenida: la temperatura global aumenta en torno a 0,27°C por década por causas atribuibles a la actividad humana, un ritmo que, de mantenerse, llevaría a superar el umbral de 1,5°C como media de largo plazo dentro de los próximos diez años.
El margen de maniobra se mide en la comunidad científica a través del llamado presupuesto de carbono, la cantidad de CO2 que aún puede emitirse antes de comprometer el objetivo. Según los cálculos recogidos en el informe, ese presupuesto se ha reducido ya a 130.000 millones de toneladas si se acepta un 50% de probabilidad de no rebasar 1,5°C, y a apenas 80.000 millones si se exige una probabilidad del 66%. Con las emisiones actuales, cifradas en unos 40.000 millones de toneladas anuales, ese margen se agotaría antes de 2030.
Un abanico de escenarios, ninguno suficiente
El PNUMA maneja varios escenarios según el grado de cumplimiento de los compromisos internacionales. Con las políticas climáticas efectivamente en vigor a día de hoy, el modelo climático empleado por el organismo proyecta un calentamiento de 2,8°C para finales de siglo, con un 66% de probabilidad. Si todos los países cumplieran sus contribuciones determinadas a nivel nacional (NDC, por sus siglas en inglés), la cifra bajaría a 2,5°C; si además se cumplieran los compromisos condicionados a la llegada de financiación internacional, el calentamiento se limitaría a 2,3°C.
Incluso en la hipótesis más optimista contemplada por el informe —el cumplimiento íntegro de los compromisos condicionados sumado a las promesas de neutralidad de carbono a largo plazo asumidas por numerosos países, entre ellos la Unión Europea con su objetivo de 2050—, el calentamiento se situaría en 1,9°C, con un rango de entre 1,8°C y 2,3°C. Es decir, ni siquiera el escenario más favorable evitaría rebasar el umbral fijado en París.
Por primera vez, la edición de este año del informe modela también qué ocurriría si desde 2025 se aplicaran recortes de emisiones drásticos e inmediatos, después de una década de políticas que el propio PNUMA califica de insuficientes. En ese supuesto de mitigación rápida, la temperatura llegaría a tocar un pico de entre 1,6°C y 1,8°C, con un 50% de probabilidad, antes de descender de nuevo hasta 1,5°C en 2100. Con un 66% de probabilidad, ese mismo escenario elevaría el máximo hasta entre 1,7°C y 1,9°C, en lo que el organismo describe como una superación temporal y no como un fracaso definitivo del objetivo de París.
El informe advierte, sin embargo, de que esa vía de emergencia se estrecha con cada año de retraso en la acción climática. Los recortes que hace unos años habrían bastado para limitar el rebasamiento a apenas una décima de grado ya no son suficientes con el nivel de emisiones acumulado hasta 2025. La probabilidad de mantener el calentamiento por debajo de 1,5°C durante todo el siglo es, según el PNUMA, prácticamente nula con las políticas actuales, y solo sube al 21% si se cumplen todos los compromisos condicionados junto a las metas de cero emisiones netas anunciadas por los distintos países.
El objetivo de 1,5°C ha ganado además respaldo en el ámbito judicial internacional. La Corte Internacional de Justicia, con sede en La Haya, emitió una opinión consultiva que reafirmó ese umbral como el objetivo «primario» del Acuerdo de París, el mismo límite que el informe del PNUMA da ya casi por superado a corto plazo. Aunque las opiniones consultivas de la Corte no son jurídicamente vinculantes, tienen un peso interpretativo relevante que ya ha sido invocado por varios Estados y organizaciones en litigios climáticos abiertos en distintas jurisdicciones.
La comparación con la situación de hace una década resulta ilustrativa del avance, insuficiente pero real, logrado desde la firma del acuerdo. En 2015, con las políticas entonces vigentes, el planeta se encaminaba a un calentamiento de casi 4°C para finales de siglo; una década después, esa proyección ronda los 3°C. El propio PNUMA subraya que esa mejora demuestra que la acción climática internacional produce efectos, si bien a un ritmo muy inferior al que exigiría el objetivo de París: las emisiones globales deberían caer un 55% de aquí a 2035 respecto a los niveles de 2019 para encarrilar de forma creíble la senda hacia 1,5°C.
El Acuerdo de París, adoptado en la XXI Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP21) y en vigor desde noviembre de 2016, obliga a los 195 países firmantes a presentar y actualizar periódicamente sus contribuciones nacionales de reducción de emisiones, aunque no establece sanciones vinculantes en caso de incumplimiento. Esa arquitectura de compromisos voluntarios, sin mecanismos coercitivos comparables a los de otros tratados internacionales, ha sido señalada de forma reiterada por organizaciones ecologistas y por parte de la comunidad científica como una de las principales limitaciones estructurales del acuerdo.
Cada fracción adicional de grado por encima de 1,5°C intensifica, según los organismos científicos que asesoran a Naciones Unidas, los riesgos asociados al cambio climático: olas de calor más frecuentes y severas, alteración de los patrones de lluvia, aceleración del deshielo en los polos y en los glaciares de montaña, y una mayor probabilidad de superar puntos de inflexión en ecosistemas como los arrecifes de coral o las corrientes oceánicas. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) ya advirtió en su informe especial de 2018 sobre calentamiento global de que las diferencias entre 1,5°C y 2°C son sustanciales en términos de impacto humano y ecológico.
La conferencia climática de la ONU prevista para finales de 2026 se perfila como el próximo hito en el que los países deberán presentar contribuciones nacionales actualizadas y más ambiciosas, en el marco del ciclo de revisión quinquenal establecido por el propio Acuerdo de París. El PNUMA insiste en que ese proceso de actualización es la única vía formal disponible para cerrar, aunque sea parcialmente, la brecha entre las promesas actuales y la trayectoria de emisiones que exigiría mantener con vida el objetivo de 1,5°C.


