El cambio de estilo al frente de la institución rompe con la práctica de las últimas dos décadas, cuando los presidentes de la Fed —desde Alan Greenspan hasta Jerome Powell— cultivaron un lenguaje cada vez más explícito para guiar las expectativas del mercado, una técnica conocida como forward guidance que se consolidó tras la crisis financiera de 2008 como herramienta central de política monetaria. Warsh habría optado por limitar las intervenciones públicas que solían anticipar el sentido de las votaciones del Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC), de modo que los inversores operan con menos referencias de las habituales.
La mayoría de analistas continúa apostando por el mantenimiento de los tipos en el rango actual, lo que consolidaría la pausa iniciada tras el ciclo de subidas que la Fed aplicó entre 2022 y 2023 para contener la inflación pospandemia. Sin embargo, en los últimos días ha crecido la probabilidad asignada a una subida, un giro que respondería al temor a un repunte de precios ligado a la ruptura de la tregua entre ambos países.
La tensión en Ormuz presiona los precios
El detonante de esa inquietud se remonta al 22 de julio, cuando el presidente Donald Trump amenazó con «destruir puentes o centrales eléctricas» cada vez que Irán ataque un buque en el estrecho de Ormuz, la vía marítima por la que transita en torno a una quinta parte del petróleo comercializado en el mundo, según la Administración de Información Energética de EE UU (EIA). La escalada ha reavivado el temor a una disrupción del suministro energético.
Cualquier repunte sostenido del precio del crudo tendría un efecto directo sobre la inflación estadounidense, que la Fed vigila con el objetivo de mantenerla en el entorno del 2% anual, meta fijada oficialmente en 2012. Un encarecimiento del petróleo eleva los costes de transporte y producción y se traslada a los precios al consumo en pocas semanas, lo que estrecharía el margen de la institución para mantener los tipos sin cambios.
El nivel actual, del 3,5% al 3,75%, se sitúa por encima de la referencia del Banco Central Europeo, que en el último año ha operado en una senda de recortes tras haber elevado sus tipos hasta el 4,5% en el pico del ciclo de endurecimiento. El diferencial entre ambas orillas del Atlántico condiciona los flujos de capital y la cotización del dólar frente al euro.
La falta de visibilidad sobre las intenciones de Warsh contrasta con el mandato legal de la Reserva Federal, obligada a rendir cuentas ante el Congreso conforme a la Ley de la Reserva Federal de 1913 y sus reformas posteriores. El banco central debe comparecer semestralmente ante las comisiones bancarias del Senado y de la Cámara de Representantes para explicar su política monetaria, un mecanismo que en las últimas semanas habría servido de poco para despejar dudas sobre el rumbo inmediato de los tipos.
Precedentes de discreción existen. Durante el mandato de Paul Volcker, a comienzos de los años ochenta, la Fed mantuvo un perfil más reservado sobre sus decisiones inmediatas en plena lucha contra una inflación que superó el 13% anual en 1980, según los registros históricos de la propia institución. Aquel episodio, sin embargo, se desarrolló en un marco mediático muy distinto al actual, en el que los mercados operan con información en tiempo real y una dependencia mucho mayor de las señales oficiales.
Los efectos de la opacidad se dejan notar ya en los mercados de renta fija y en el dólar, con oscilaciones más pronunciadas de lo habitual en las sesiones previas a la reunión. Los futuros sobre tipos de interés, que suelen reflejar con precisión las expectativas del mercado, muestran en las últimas semanas una dispersión mayor entre los distintos escenarios que barajan los operadores. Voces del ámbito académico y de la banca de inversión han advertido de que la reducción de señales previas eleva el riesgo de sobrerreacciones el mismo día del anuncio, un fenómeno que en el pasado ha provocado movimientos bruscos cuando la decisión de la Fed no coincidía con lo descontado por los inversores.
La Casa Blanca no se ha pronunciado oficialmente sobre el estilo comunicativo de Warsh. El propio Trump ha mantenido en los últimos meses una postura crítica hacia la política monetaria de la Reserva Federal, a la que ha reclamado en ocasiones bajadas de tipos más agresivas para estimular el crecimiento. La independencia del banco central respecto al Ejecutivo está protegida por ley, aunque el debate sobre las presiones políticas hacia la institución no es nuevo en la historia reciente estadounidense.
De cara al miércoles, los mercados aguardan no solo la decisión sobre los tipos, sino también la comparecencia posterior de Warsh, en la que podría ofrecer alguna pista sobre los criterios de las próximas decisiones. La ausencia de proyecciones económicas actualizadas —el llamado dot plot, que resume las previsiones individuales de los miembros del comité— podría prolongar la incertidumbre más allá de esta cita.
El próximo hito llegará con la publicación del índice de precios al consumo de julio, prevista para mediados de agosto por la Oficina de Estadísticas Laborales, un dato que permitirá calibrar si el repunte inflacionario vinculado a la tensión en Ormuz se traslada a la economía real y condiciona la siguiente reunión del FOMC, prevista para septiembre.


