La especie habita la zona crepuscular del océano, una franja a la que apenas llega la luz solar. Según los datos recopilados durante la campaña, Winteria telescopa se mueve entre los 400 y los 2.500 metros de profundidad, un rango que hace casi imposible su observación directa sin vehículos sumergibles. Sus ojos tubulares, dispuestos en paralelo al cuerpo, y su cráneo transparente le permiten captar los escasos destellos y las señales bioluminiscentes de las profundidades.
Hasta ahora, gran parte del conocimiento sobre este pez procedía de ejemplares capturados de forma accidental en redes de pesca, un método que suele dañar las estructuras más frágiles del animal antes de que llegue a la superficie. La grabación obtenida durante esta expedición permite estudiar a un individuo vivo en su entorno natural sin esa alteración. Sus grandes ojos contrastan con una boca pequeña, rasgo compatible con una dieta de presas reducidas como crustáceos y sifonóforos.
«Este descubrimiento demuestra por qué la exploración sigue siendo importante. Incluso en el océano Atlántico, donde los límites de las placas tectónicas se han estudiado durante décadas, todavía existen lugares donde una primera observación minuciosa puede revelar algo completamente nuevo. Esta expedición demostró que, incluso en uno de los rincones más remotos del océano, nuestro planeta permanece vivo, dinámico y lleno de sorpresas», afirmó el Dr. Aaron Micallef, científico jefe de la expedición e investigador principal del MBARI.
Durante la misma campaña, los investigadores observaron dos ejemplares del género Magnapinna, conocidos como «calamares de aletas grandes», cuyos tentáculos pueden alcanzar los ocho metros de longitud. Se trata de una de las especies de calamar capaces de vivir a mayor profundidad, y su comportamiento sigue siendo objeto de estudio por la dificultad de observarlos en libertad.
La expedición permitió además elaborar mapas del fondo oceánico con una resolución de un metro sobre una superficie cercana a los 147 kilómetros cuadrados, y localizar dos nuevos campos de fuentes hidrotermales junto con datos sobre la circulación de fluidos en la corteza terrestre. Para ello se empleó el vehículo submarino autónomo The Childlike Empress, equipado con sonar de alta resolución y capaz de operar sin conexión física a un barco.
«El mapeo de casi 147 kilómetros cuadrados con una resolución de 1 metro durante nuestra primera misión científica con el vehículo submarino autónomo The Childlike Empress, junto con este equipo de expertos, reveló rápidamente maravillas ocultas de las profundidades marinas», declaró la Dra. Jyotika Virmani, directora ejecutiva del Instituto Oceanográfico Schmidt.
Virmani vinculó estos hallazgos con la serpentinización, la reacción entre el agua de mar y los minerales de las rocas que genera calor y energía química y que permitiría sostener vida en zonas sin luz solar. Según indicó, una mejor comprensión de este fenómeno podría aportar pistas sobre la posible existencia de vida en otros planetas.
La profesora adjunta de la Universidad Pontificia Bolivariana Paula Zapata Ramírez, integrante del equipo científico, resumió el balance de la misión: «Llegamos buscando chimeneas hidrotermales, fallas y montes submarinos. Nos vamos con algo aún más valioso: una comprensión más profunda de los ecosistemas en una de las regiones menos exploradas del océano Atlántico».