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El Congreso de EE.UU. aprueba 70.000 millones de dólares para deportaciones hasta 2029

La Cámara de Representantes valida por dos votos el mayor presupuesto de control migratorio de la historia estadounidense; la medida pasa ahora a la firma de Trump.

Por Redacción de El Hemiciclo·
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La Cámara de Representantes de Estados Unidos aprobó el martes, con una mayoría de apenas dos votos —214 a 212—, el proyecto de ley de Reconciliación que destina 70.000 millones de dólares (en torno a 60.000 millones de euros al cambio actual) a financiar la política migratoria de la Administración Trump hasta el final del mandato presidencial en enero de 2029.

Un presupuesto migratorio sin parangón en la historia de las agencias fronterizas

El volumen de gasto aprobado no tiene equivalente en la historia presupuestaria de las agencias de seguridad fronteriza de Estados Unidos. La distribución interna del fondo es reveladora sobre las prioridades operativas de la Administración: 38.000 millones de dólares irán al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), responsable de las detenciones en el interior del territorio y de la gestión de los procedimientos de expulsión; 26.000 millones se destinan a la Patrulla Fronteriza (CBP), el cuerpo encargado de la vigilancia perimetral en los más de 3.100 kilómetros de frontera terrestre con México; y un fondo de contingencia de 5.000 millones cubre imprevistos operativos. La ratio 38/26 entre ICE y CBP refleja que el foco prioritario de la Administración no es solo impedir nuevas entradas, sino acelerar la expulsión de quienes ya residen en el país.

Según el material de la propia Administración que acompaña al proyecto, esta financiación garantiza la continuidad operativa de ambas agencias durante los próximos tres años y hasta el final del mandato en 2029, eliminando la dependencia de los ciclos anuales de negociación presupuestaria que habían generado meses de incertidumbre sobre los fondos disponibles para la estrategia migratoria republicana. La medida pone fin, al menos sobre el papel, a esa parálisis presupuestaria.

Del 'Remain in Mexico' a la revocación de naturalizaciones: el arsenal jurídico ya activo

El proyecto de ley de Reconciliación no crea autoridad legal nueva: dota de recursos a instrumentos preexistentes. La base normativa principal de las deportaciones masivas es la Ley de Inmigración y Nacionalidad (Immigration and Nationality Act, INA) de 1952, con las reformas sustanciales introducidas por la Illegal Immigration Reform and Immigrant Responsibility Act (IIRIRA) de 1996, que amplió las categorías de expulsión expedita y redujo las garantías procesales para determinados perfiles. A ese marco se añaden herramientas más recientes: durante su primer mandato, Trump recurrió también a la Ley de Enemigos Extranjeros de 1798, cuya aplicabilidad en tiempos de paz fue impugnada ante los tribunales federales sin resolución definitiva hasta la fecha.

En paralelo a la aprobación presupuestaria, la Administración ha activado otro instrumento de mayor alcance simbólico: ha comenzado a revocar la nacionalidad a inmigrantes naturalizados que hayan cometido delitos, una medida cuya base legal reside en el proceso de desnaturalización contemplado en la propia INA y que los tribunales federales han admitido históricamente bajo criterios estrictos de fraude o deslealtad en el proceso de naturalización. La combinación de ambas vías —financiación masiva y revocación de estatus— configura la arquitectura más ambiciosa de control migratorio que ha impulsado Administración alguna desde la Segunda Guerra Mundial.

El precedente histórico: de la Operación Wetback a la reorganización post-11-S

Para encontrar una operación de deportación de escala comparable hay que remontarse a 1954, cuando la Administración Eisenhower puso en marcha la denominada Operación Wetback —término hoy considerado ofensivo—, que según estimaciones del propio Gobierno de la época desplazó a más de un millón de personas, aunque historiadores especializados han cuestionado la fiabilidad de esas cifras. Aquel programa, ejecutado en pocas semanas con recursos militares y civiles, generó tensiones diplomáticas con México que tardaron años en resolverse y fue objeto de críticas internacionales por las condiciones en que se realizaron los traslados.

Un segundo referente, más reciente e institucional, son las medidas adoptadas tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. Aquella crisis dio lugar a la creación del Departamento de Seguridad Nacional (DHS) en 2003 y a la escisión del ICE y la CBP del antiguo Servicio de Inmigración y Naturalización (INS), con un refuerzo presupuestario que hasta ahora constituía el mayor salto de financiación en la historia de las agencias migratorias. La nueva partida aprobada esta semana supera en términos absolutos aquel precedente y se proyecta sobre un horizonte temporal más largo.

Dos votos de margen: la fractura interna del bloque republicano

Los 214 votos a favor frente a los 212 en contra revelan la extrema fragilidad de la coalición legislativa que respalda la medida. La mayoría republicana en la Cámara de Representantes, obtenida tras las elecciones de noviembre de 2024, es estructuralmente estrecha, lo que deja un margen mínimo de disidencia interna antes de perder cualquier votación. En este caso, varios congresistas republicanos votaron en contra o se abstuvieron, presionados, según fuentes parlamentarias, por los efectos económicos que las deportaciones masivas podrían tener en sectores intensivos en mano de obra como la agricultura, la construcción o los servicios en sus distritos.

La totalidad del bloque demócrata votó en contra. Los argumentos esgrimidos por la minoría parlamentaria se articularon en torno al coste fiscal de las deportaciones, al impacto en comunidades de inmigrantes con décadas de arraigo en el país y a los potenciales conflictos con la Cuarta Enmienda de la Constitución, que protege contra registros y detenciones arbitrarias. Ningún portavoz demócrata de la Cámara ha anunciado vías de impugnación parlamentaria adicionales una vez consumada la aprobación; el frente de resistencia se traslada ahora, como en el primer mandato, a los tribunales federales.

El frente judicial: el principal obstáculo operativo que el dinero no resuelve

La nueva financiación garantiza recursos pero no resuelve el obstáculo más persistente de la política migratoria de Trump: la litigiosidad federal. Varios jueces de distrito han emitido órdenes de restricción temporal contra deportaciones a determinados países, alegando violaciones del debido proceso garantizado por la Quinta Enmienda. El Tribunal Supremo, con mayoría conservadora de seis a tres desde la confirmación de Amy Coney Barrett en 2020, ha avalado algunas medidas restrictivas del Ejecutivo pero ha frenado otras en sede cautelar, generando una jurisprudencia fragmentada que complica la ejecución uniforme de las deportaciones.

A ese frente se suma el problema de los países que se niegan a aceptar vuelos de repatriación. Venezuela, Cuba y Nicaragua han bloqueado históricamente o limitado severamente los acuerdos de retorno, lo que genera un cuello de botella operativo que ninguna cantidad de financiación resuelve por sí sola. La Administración Trump ha respondido a esta resistencia con amenazas de aranceles y sanciones a los Gobiernos que no cooperen, convirtiendo la política migratoria en una palanca de presión en la política exterior regional. El fondo de contingencia de 5.000 millones de dólares incluido en el paquete es interpretado por analistas jurídicos como una reserva parcial para absorber los costes de la litigación federal prolongada.

Europa ante el efecto redistributivo de la presión migratoria global

La decisión de Washington no es ajena a la dinámica migratoria global y tiene una lectura directa para Europa. Un endurecimiento sostenido en la frontera sur de Estados Unidos no elimina la presión migratoria mundial —cuyas causas estructurales son la pobreza, la inestabilidad política y el cambio climático— sino que puede redistribuirla geográficamente hacia otras rutas, incluidas las que confluyen en el Mediterráneo y en el Atlántico hacia las costas españolas. Según datos de Frontex correspondientes a 2024, las llegadas irregulares a la Unión Europea superaron las 380.000 personas, con la ruta mediterránea central como principal vector.

Para la UE, la política migratoria de Trump actúa además como catalizador de sus propios debates internos. El Pacto Europeo de Migración y Asilo, aprobado en abril de 2024 y pendiente de transposición en los Estados miembro antes de 2026, establece procedimientos acelerados en frontera, mecanismos de solidaridad obligatoria y acuerdos con terceros países. Gobiernos como el italiano, el húngaro o el neerlandés han citado el modelo de contención estadounidense como aval político para sostener posiciones más restrictivas dentro del Consejo de la UE. El Comité de Derechos Humanos de la ONU ha advertido en informes recientes sobre el riesgo de que la competencia a la baja entre democracias en materia de derechos de los migrantes erosione estándares consolidados en el derecho internacional.

Plazos e hitos: qué ocurre tras la firma presidencial

Una vez que Trump firme el proyecto —trámite esperado en los próximos días según la agenda publicada por la Casa Blanca—, el DHS dispondrá de autorización legal para liberar los fondos de forma inmediata. El ICE y la CBP deberán presentar planes operativos de despliegue ante el Congreso en un plazo que la propia ley fija para garantizar la supervisión legislativa del gasto. Los primeros efectos presupuestarios sobre las operaciones de detención y deportación se esperan en el tramo final del ejercicio fiscal en curso. El horizonte de 2029 marca el límite formal del mandato de Trump y el plazo hasta el que la financiación está garantizada, aunque cualquier Administración sucesora podría redirigir los fondos no ejecutados mediante un nuevo proceso legislativo. El Senado ya ha dado su aprobación; no hay obstáculo parlamentario adicional pendiente.

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