El ataque dejó también una veintena de alumnos y profesores alcanzados por los disparos en el centro escolar, situado en las inmediaciones de la capital tailandesa. La novena víctima mortal, la menor de 12 años, falleció el sábado en el hospital donde permanecía ingresada desde el día del tiroteo, según fuentes policiales citadas por la prensa local.
Según las conclusiones preliminares, el adolescente disparó primero contra sus abuelos, cuyos cuerpos fueron hallados el viernes en la vivienda familiar, antes de dirigirse al colegio armado con una pistola de 9 milímetros propiedad de su abuelo. Junto al arma, los investigadores localizaron tres cajas de munición con unos 50 cartuchos cada una, de las que el menor se llevó dos.
El jefe de la policía nacional tailandesa señaló que la instrucción busca esclarecer tanto la motivación del ataque como determinar si el adolescente había recibido algún tipo de entrenamiento en el manejo de armas de fuego, dado que varios de los disparos alcanzaron zonas vitales de las víctimas.
El rastro digital y el aislamiento del atacante
El análisis del ordenador del estudiante ha revelado, según los informes policiales, indicios de que jugaba a videojuegos violentos y habría visionado grabaciones de tiroteos ocurridos en otros países desde el 30 de julio, aproximadamente una semana antes del ataque. Las autoridades subrayan que continúan examinando sus dispositivos y que, por el momento, no han establecido una relación causal directa entre ese consumo y la ejecución del crimen. Los investigadores también han descartado, según la información disponible, que el menor sufriera acoso escolar, una de las hipótesis habitualmente exploradas en sucesos de esta naturaleza.
Familiares del joven ofrecieron a la prensa tailandesa una descripción que contrasta con la magnitud del ataque. Su tío, hijo menor de los abuelos asesinados, lo describió como un estudiante «bastante bueno» y «extremadamente callado», que pasaba la mayor parte del tiempo frente al ordenador y apenas salía de casa. Otro familiar cercano relató que el menor había sido criado «con mucho cariño» por sus abuelos y que no contaba con un grupo de amigos cercanos.
La investigación ha sacado a la luz un episodio previo protagonizado por el propio adolescente en el mismo centro. Según la información, el menor había comprado por internet una pistola de aire comprimido, que introdujo en su mochila y mostró a sus compañeros de clase. Un profesor confiscó el arma en aquel momento y le restó puntos en su expediente de conducta conforme a la normativa interna del colegio. Las autoridades no han precisado si el episodio fue comunicado a instancias superiores del sistema educativo o a los servicios de protección de menores.
La dirección del centro ha decidido cerrar sus instalaciones a partir de este lunes como medida de precaución, después de que un antiguo profesor publicara imágenes practicando tiro con distintas armas de fuego. Las clases se impartirán de forma telemática hasta el 17 de agosto, fecha en la que está previsto reanudar la actividad presencial, según el calendario anunciado por el propio colegio.
El suceso figura entre los ataques más mortíferos registrados en un entorno escolar en Tailandia en los últimos años. El precedente más grave se remonta a octubre de 2022, cuando un exagente de policía mató a más de treinta personas, la mayoría niños, en una guardería de la provincia de Nong Bua Lam Phu, en el noreste del país, en uno de los peores ataques contra menores de la historia reciente del Sudeste Asiático. Aquel episodio reabrió el debate sobre el control de armas en un país donde su tenencia está sujeta a licencia pero donde circula un número elevado de armas en el ámbito doméstico, como la utilizada ahora, propiedad del abuelo del atacante.
La instrucción del caso permanece abierta y las autoridades no han fijado un plazo para su conclusión. Entre los extremos pendientes de determinar figuran la relación exacta entre el consumo de contenido violento y la planificación del ataque, el grado de premeditación en el asesinato de los abuelos y si existieron otras señales de alerta no advertidas por el entorno familiar o escolar del adolescente.


