La primera partida es la más antigua y la más dolorosa. El caso Koldo, que ha ocupado catorce sesiones del Tribunal Supremo y ha consumido meses de debate público, entra en su fase decisiva con la circulación de la estructura preliminar de sentencia entre los magistrados. Manuel Marchena, el ponente, tiene sobre su mesa la responsabilidad de redactar un fallo que no solo determinará la suerte de José Luis Ábalos, Koldo García y Víctor de Aldama, sino que establecerá un precedente sobre los límites de la corrupción en el ejercicio del poder público. Las fuentes que apuntan a un plazo de tres semanas sugieren que el Supremo quiere emitir su veredicto después del 17-M, una prudencia que habla bien del tribunal pero que no evitará que la sentencia se convierta en un terremoto político independientemente de su contenido.
La segunda partida se juega en las calles de Jaén, Granada y La Línea de la Concepción. La campaña del 17-M ha entrado en su recta final con un panorama demoscópico que nadie en el sistema político español había previsto hace seis meses: el PP al filo de la absoluta, el PSOE en su mínimo histórico y Vox en el mejor momento de su corta historia andaluza. Lo que se decide el domingo no es solo quién gobierna la comunidad más poblada de España, sino si el modelo de mayoría absoluta del PP tiene futuro o si la fragmentación de la derecha aboca a coaliciones cuyo coste político excede con mucho el beneficio de gobernar. Moreno lo sabe. Abascal lo sabe. Y Montero, que juega la partida más difícil de las tres, sabe que un resultado por debajo del 20 por ciento podría ser el epitafio de su carrera política autonómica.
La tercera partida es la que más nos interpela como sociedad. Los testimonios de tortura de los activistas liberados de la Flotilla Sumud no son una abstracción diplomática: son relatos de ciudadanos europeos que describen golpes, privación de sueño y amenazas de muerte en una prisión militar de un Estado que se presenta como la única democracia de Oriente Medio. España ha respondido con una firmeza creciente que esta redacción ha aplaudido y que ahora debe traducirse en hechos concretos en el Consejo de Exteriores del lunes. La retirada del embajador en Tel Aviv, que hasta ayer parecía un escenario improbable, se ha convertido en una posibilidad real cuya materialización dependerá de lo que ocurra con Abukeshek en las próximas 48 horas. Si su deterioro médico se agrava, España no tendrá otra opción que actuar con una contundencia sin precedentes.
La cuarta partida es la más silenciosa pero quizá la más destructiva a largo plazo. Los aranceles de Trump sobre los automóviles europeos llevan dos semanas en vigor y la Unión Europea no ha sido capaz de articular una respuesta coordinada. La parálisis no es un accidente sino el resultado de un diseño institucional que permite a un puñado de Estados bloquear la acción colectiva. Hungría, Polonia y sus aliados del Grupo de Visegrado han convertido la unanimidad requerida para las represalias en un instrumento de chantaje que beneficia a Washington y debilita a Bruselas. El ultimátum del 4 de julio marca una cuenta atrás que Europa no puede permitirse perder, pero que pierde un poco más cada día que pasa sin una decisión.
La quinta partida tiene el drama de lo inesperado. El crucero MV Hondius, con su carga de hantavirus cepa Andes, llegará el sábado a aguas canarias y su gestión pondrá a prueba la capacidad del sistema sanitario español para manejar una crisis que, aunque localizada, tiene un potencial mediático y social que excede con mucho su dimensión epidemiológica. Cinco confirmados y tres muertos en un crucero de pasajeros son cifras que el sensacionalismo puede convertir en pánico y que la prudencia debe gestionar con transparencia y rigor científico. La unidad UATAN del Hospital de La Candelaria y la evacuación militar al Gómez Ulla demuestran que las instituciones sanitarias están preparadas. La pregunta es si la comunicación institucional estará a la altura de un desafío que, en la era de las redes sociales, se mide en minutos y no en días.
La sexta partida es la única que esta tarde ha producido una alegría inequívoca. El Rayo Vallecano, un club de barrio con un presupuesto que no alcanza para pagar la nómina mensual de la mayoría de equipos de Primera División, se ha clasificado para la final de la Conference League tras derrotar al Estrasburgo en Francia. El gol de De Frutos desde 25 metros no es solo un hito deportivo: es una demostración de que la modestia, la identidad y el arraigo territorial pueden competir con el dinero, la globalización y el marketing. El 27 de mayo en Leipzig, el Rayo representará algo que trasciende el fútbol: la idea de que los pequeños pueden soñar en grande sin dejar de ser quienes son. España necesitaba esta alegría como necesita el oxígeno un buceador que lleva demasiado tiempo bajo el agua.
La séptima partida es la que menos titulares genera pero la que más consecuencias tendrá para la arquitectura del poder en España. La negociación entre Mañueco y Vox en Castilla y León prefigura un modelo de gobernanza que puede extenderse a cualquier comunidad donde el PP no alcance la mayoría absoluta. Si el tercer pacto autonómico PP-Vox se materializa, la excepcionalidad se convierte en norma y el sistema de partidos español entra en una fase de reconfiguración cuyas implicaciones aún no hemos sido capaces de calibrar. La pregunta que Feijóo deberá responder, tarde o temprano, es si está dispuesto a gobernar España con Vox o si su proyecto es construir una mayoría propia que haga innecesaria esa alianza. Andalucía responderá una parte de esa pregunta el domingo.
Siete partidas simultáneas. Siete tableros donde las piezas se mueven con la urgencia de quien sabe que el reloj corre y que cada movimiento tiene consecuencias irreversibles. La tentación del análisis es buscar un hilo conductor que las conecte todas, una narrativa maestra que explique por qué España se enfrenta simultáneamente a una crisis diplomática, una crisis comercial, una crisis sanitaria, una sentencia judicial de primer orden, unas elecciones decisivas, una negociación de coalición y un hito deportivo. El hilo conductor existe y es más sencillo de lo que parece: vivimos en un país donde todo ocurre a la vez porque los problemas se aplazan hasta que ya no caben en el calendario. La tarde de las siete finales no es una anomalía. Es el retrato más fiel de una España que gobierna por acumulación de urgencias y que, a pesar de todo, sigue jugando todas sus partidas sin rendirse en ninguna.
