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Editorial

La noche de los siete duelos

España no duerme esta noche. No puede. Porque hay siete heridas abiertas que sangran al mismo tiempo y ninguna de ellas admite la anestesia del olvido ni el torniquete de la indiferencia. Un editorial sobre la España que vela mientras el mundo gira.

Por Redacción de El Hemiciclo· Madrid·
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La noche de los siete duelos
ILUSTRACIÓN DE EL HEMICICLO

Hay noches que son solo oscuridad, paréntesis entre dos luces, horas vacías que el reloj consume con la indiferencia del que no tiene nada que contar. Y hay noches como esta, noches que pesan, noches que crujen bajo el peso de lo que cargan, noches que se niegan a ser simplemente el reverso del día y exigen ser nombradas, contadas, recordadas. Esta noche del nueve de mayo de dos mil veintiséis, España vela. Vela en Huelva, donde dos féretros cubiertos con la bandera descansan en la nave central de una catedral que huele a cera y a llanto seco. Vela en Granadilla, donde un barco infectado flota a poco más de un kilómetro de la costa con las luces de emergencia encendidas como los ojos de un animal enfermo que busca refugio. Vela en el Tribunal Supremo, donde cinco magistrados estudian trescientas páginas que contienen la suerte de un exministro y quizá la de un partido que gobernó este país durante décadas. Vela en los despachos de los abogados, donde se perfilan recursos e impugnaciones que decidirán si la esposa de un presidente se sienta en un banquillo ante un jurado popular.

El primero de los siete duelos es el más antiguo y el más humano: el duelo por los muertos. Germán tenía treinta y ocho años. Jerónimo, cuarenta y dos. Los dos llevaban el uniforme de un cuerpo que tiene doscientos años de historia y que ha perdido a más de mil agentes en acto de servicio desde su fundación por el Duque de Ahumada en mil ochocientos cuarenta y cuatro. Los dos hacían lo que hacen los guardias civiles del Servicio Marítimo cada noche en el Estrecho: perseguir narcoplaneadoras con embarcaciones más lentas, más viejas y más frágiles que las que usan los traficantes, jugándose la vida por un sueldo que no llega a los dos mil euros mensuales y con unos protocolos de seguridad que la propia Asociación Unificada de Guardias Civiles ha descrito hoy como «una invitación al desastre». Su muerte es un duelo personal para sus familias — María del Carmen, que se quedó cuatro horas sentada junto al féretro sin moverse; Encarnación, que necesitó oxígeno dos veces —, pero es también un duelo colectivo que dice algo incómodo sobre nosotros como sociedad: sabemos que nuestros guardias civiles navegan en condiciones peligrosas, sabemos que la flota está obsoleta, sabemos que las narcoplaneadoras son más rápidas, y cada vez que muere un agente nos indignamos, prometemos reformas y luego olvidamos hasta la siguiente tragedia. El luto de Huelva es sincero, pero la pregunta que nadie quiere formularse en voz alta es si también es sincero el compromiso de que no vuelva a pasar.

El segundo duelo flota en el agua negra frente a Granadilla de Abona. El Hondius es un barco de los que aparecen en los folletos de las agencias de viajes de lujo: un crucero de expedición polar diseñado para llevar a pasajeros adinerados a contemplar pingüinos emperadores en la Antártida y osos polares en Svalbard, un capricho del turismo de experiencias que mueve cientos de millones de euros al año y que se vende como la frontera última de la aventura sofisticada. Ahora, ese barco de sueños es una cárcel flotante donde cuarenta y siete personas luchan contra un virus que no tiene vacuna ni tratamiento eficaz y que acaba de cobrar su sexta víctima: un marinero noruego de sesenta y dos años que dedicó la mitad de su vida a mantener las máquinas de buques que otros disfrutaban y que ha muerto solo, rodeado de compañeros que se arriesgaron al contagio para que no muriera sin una mano que sostener. La OMS ha confirmado esta noche lo que los virólogos temían: la cepa Andes se transmite entre personas. La frase suena técnica, aséptica, encerrada en la jerga de los comunicados de prensa sanitarios, pero traducida al lenguaje de la vida cotidiana significa que el virus ha aprendido a saltar de un cuerpo a otro sin necesitar al roedor que tradicionalmente le servía de taxi, y que cada persona infectada se convierte en un vector potencial de contagio para quienes la rodean. El duelo del Hondius no es solo por los seis muertos: es por los doscientos treinta y dos que siguen vivos dentro de ese barco, esperando que amanezca el lunes con la esperanza de que la evacuación funcione y de que la UATAN del hospital de La Candelaria tenga las camas y los médicos suficientes para salvarles.

El tercer duelo es de papel, pero pesa como el plomo. En algún despacho del Palacio de las Salesas Reales, cinco magistrados del Tribunal Supremo leen y releen trescientas páginas que contienen el resumen judicial de tres años de investigación sobre las mascarillas, las comisiones, los intermediarios y las cuentas de Dubái. El caso Koldo no es solo un caso penal: es una radiografía de cómo funciona el poder en España cuando nadie mira, un inventario de las debilidades institucionales que la pandemia puso al descubierto y que la ambición personal convirtió en oportunidades de enriquecimiento. Si Ábalos es condenado, el PSOE llevará durante años la marca de haber tenido a un corrupto en el Consejo de Ministros. Si es absuelto, habrá que preguntarse si la Fiscalía Anticorrupción persigue con la misma intensidad a todos los partidos o solo a los que conviene perseguir en cada momento. El tercer duelo es el de la confianza: la confianza de los ciudadanos en que la justicia funciona, en que los poderosos rinden cuentas, en que el Estado de Derecho no es un decorado de cartón piedra detrás del cual los mismos de siempre se reparten el botín de siempre. Esa confianza, erosionada por décadas de casos que van de la Gürtel a los ERE pasando por Púnica y Nóos, no puede permitirse otro golpe sin consecuencias.

El cuarto duelo tiene nombre y apellidos: Begoña Gómez. La esposa de un presidente del Gobierno sentada en un banquillo ante un tribunal popular es una imagen tan extraordinaria que cuesta encontrar precedentes en las democracias europeas. No es la primera vez que un familiar de un mandatario es investigado — la infanta Cristina fue absuelta en el caso Nóos, Sarkozy fue condenado en Francia —, pero sí sería la primera vez en la historia de España que la mujer de un presidente en ejercicio se enfrenta a un juicio oral mientras su marido sigue gobernando. El recurso de Camacho, que cuestiona la competencia del juez Peinado y la idoneidad del jurado popular, es el último intento de evitar esa imagen. Si fracasa, el quinto poder — la opinión pública, esa fuerza amorfa que se alimenta de titulares, tuits y tertulias — dictará su propia sentencia mucho antes de que el jurado emita la suya. El cuarto duelo es el de la convivencia entre la vida privada y la vida pública, entre el derecho de una persona a ser juzgada por lo que hizo y no por quién es su marido, y entre el deber de los tribunales de actuar con independencia y la tentación de los partidos de instrumentalizar cada auto, cada providencia y cada filtración.

El quinto duelo se negocia a cinco mil kilómetros de Madrid, en un palacio de Mascate que huele a incienso y a diplomacia. Irán y Estados Unidos, los dos viejos enemigos que llevan cuarenta y siete años sin encontrar la fórmula de la coexistencia, están más cerca de un acuerdo de lo que han estado desde el JCPOA de dos mil quince. Cuatro de los catorce puntos del memorándum avanzan. El Brent cae. Trump tuitea con optimismo. Pero los que conocen la historia saben que los acuerdos con Irán tienen la costumbre de desmoronarse justo cuando parecen más sólidos, como castillos de arena lamidos por una ola que nadie vio venir. Si Mascate fracasa, el petróleo volverá a subir, las hipotecas españolas se encarecerán aún más, la inflación devorará las nóminas y la recuperación económica que el gobierno vende como logro propio se evaporará como un espejismo en el desierto de Omán. El quinto duelo es el duelo por la paz que siempre parece al alcance de la mano y que siempre se escapa un metro más allá.

El sexto duelo duerme en los servidores de Goldman Sachs y JP Morgan, en las celdas de las hojas de cálculo donde los analistas traducen la realidad a decimales y los decimales a decisiones de inversión que mueven miles de millones. España crece, sí, pero crece menos de lo que creía. El uno coma ocho no es una recesión, no es una catástrofe, no es un titular de pánico. Pero es una corrección a la baja que dice algo importante: que la fiesta de los dos años anteriores tenía los días contados, que los aranceles de Trump muerden, que el euríbor presiona, que la energía se encarece y que tres mil cuatrocientos trabajadores de SEAT se van al ERTE en junio con la incertidumbre de no saber cuándo volverán. El sexto duelo es el de la prosperidad frágil, el de una economía que avanza por inercia pero que no tiene motor propio suficiente para mantener la velocidad cuando el viento cambia de dirección.

El séptimo duelo está envuelto en un paño negro y guardado en una urna que nadie puede abrir hasta el diecisiete de mayo. Andalucía vota en ocho días, pero Andalucía no hace campaña. El luto de Huelva ha impuesto un silencio que los partidos respetan en público y maldicen en privado, porque cada día sin mítines, sin debates, sin confrontación es un día que beneficia al que va primero y castiga al que necesita remontar. Moreno roza la absoluta pero no la tiene asegurada. Montero necesita un milagro que el luto le impide fabricar. Gavira pesca en el río revuelto de la inseguridad y la inmigración. Y la encuesta del CENTRA, con su cuarenta y tres coma uno por ciento para el PP y su veinte coma uno para el PSOE, dibuja un paisaje político en el que la alternancia — ese mecanismo sano de las democracias maduras — ha sido sustituida por una hegemonía que podría prolongarse una legislatura más si el PP obtiene la absoluta. El séptimo duelo es el de la democracia electoral cuando funciona sin emoción, cuando el resultado parece decidido de antemano y la participación amenaza con quedarse por debajo del sesenta por ciento porque una parte de la ciudadanía ha concluido que su voto no cambiará nada.

Siete duelos y una sola noche para velarlos todos. Escribo estas líneas en la redacción de El Hemiciclo, rodeada de pantallas que parpadean con las últimas actualizaciones de cada frente, con el sonido de fondo de las agencias que van soltando teletipos como gotas de un grifo que no cierra. Y pienso en ese sereno que aparece en la viñeta de hoy, el vigilante nocturno que camina por los pasillos del hemiciclo con su farol de luz cálida, inspeccionando uno a uno cada objeto de crisis. El sereno es una figura que desapareció de las calles españolas hace décadas, pero que pervive en la memoria colectiva como el guardián de las horas oscuras, el hombre que hacía ronda cuando todos dormían para asegurarse de que las puertas estaban cerradas y los peligros, contenidos. España necesita esta noche un sereno, alguien que recorra con calma los pasillos de sus crisis y que diga a cada una de ellas: «Aquí estoy, te veo, no te olvido». Pero lo que España tiene, en lugar de un sereno, es una clase política dividida, unas instituciones tensionadas, una ciudadanía agotada y un gato — el gato de nuestras viñetas, ese observador silencioso que encarna la sabiduría popular — que por primera vez se ha quedado dormido sobre el atril del hemiciclo, exhausto de tanto vigiar sin que nadie le escuche.

Mañana saldrá el sol, como siempre. El lunes, los féretros de Germán y Jerónimo recibirán los últimos honores en la Catedral de Huelva. El lunes, las lanchas sanitarias se acercarán al Hondius para evacuar a doscientas treinta y dos personas que llevan tres semanas encerradas en un barco convertido en hospital de campaña. El lunes, los juzgados volverán a abrir y los abogados presentarán sus recursos y sus impugnaciones. El lunes, los partidos andaluces reanudarán una campaña que nadie tiene ganas de hacer pero que todos necesitan ganar. El lunes, los mercados reaccionarán a las rebajas de Goldman y de JP Morgan con movimientos que afectarán al ahorro de millones de españoles. Y el lunes, en Mascate, Zarif y Rubio decidirán si los cuatro puntos de acuerdo de esta noche son el cimiento de algo duradero o solo otro espejismo en la larga historia de los desencuentros entre Irán y Occidente. Pero eso será mañana. Esta noche, España vela. Y el sereno del hemiciclo sigue su ronda, farol en mano, murmurando para sí una verdad que todos intuimos pero que pocos se atreven a decir en voz alta: que siete duelos son demasiados para un solo país en un solo sábado de mayo, y que la resistencia de una nación no se mide por su capacidad de resolver todas las crisis a la vez sino por su voluntad de no rendirse ante ninguna de ellas.

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