La tecnología no nace de cero. Alarcón la desarrolló durante años dentro de Abengoa Bioenergía, la compañía andaluza que fue referencia mundial en biocombustibles antes de entrar en concurso de acreedores, un episodio que arrastró a proveedores y plantilla y que marcó buena parte de la industria de renovables en España. Al salir de la empresa, el fundador negoció la compra de los derechos de la plataforma y montó una estructura propia, mucho más reducida, para llevarla al mercado.
El proceso catalítico que emplea Catalyxx parte de bioetanol, una materia prima renovable disponible en el mercado global, y lo convierte en compuestos que hoy se obtienen mayoritariamente del petróleo. Esos químicos —butanol, hexanol, octanol— se emplean en cosmética, pinturas, adhesivos, lubricantes, detergentes y plásticos. La clave del planteamiento comercial es que el cliente industrial no necesita rediseñar su producto ni modificar sus instalaciones: solo cambia el origen del carbono, no la molécula final.
Esa equivalencia responde a una limitación estructural de la química verde: ninguna alternativa renovable prospera si obliga a pagar un sobrecoste. Las grandes compañías químicas no sustituyen una materia prima crítica por razones tecnológicas si eso compromete calidad, disponibilidad o fiabilidad de suministro. Por eso Alarcón ha declarado que la ambición de la compañía es competir en precio con el derivado fósil, no solo ofrecer una huella de carbono menor.
Antes de dar el salto a Sines, la compañía ha operado durante años una planta demostrativa en La Rinconada (Sevilla), donde ha acumulado datos de funcionamiento continuo, estabilidad del catalizador, rendimientos y eficiencia energética. Esa fase resultó determinante para reducir el riesgo tecnológico antes de afrontar la inversión de 120 millones: industrializar una reacción química exitosa en laboratorio exige un conocimiento operativo que solo dan las horas de planta real.
La financiación por hitos frente a Abengoa
La financiación del proyecto se ha estructurado por hitos sucesivos: primero la validación química, después el catalizador, más tarde el proceso continuo y la calidad del producto, y finalmente la economía y la capacidad de construcción industrial. Cada etapa da acceso a un tipo de capital distinto, desde inversores dispuestos a asumir riesgo tecnológico en las fases tempranas hasta programas públicos de innovación —instrumentos como los del CDTI o ENISA en España— y, ya en la fase de infraestructura, deuda y financiación de proyecto.
Ese modelo contrasta con el que llevó a Abengoa a su colapso: la compañía sostuvo durante años una expansión basada en gran medida en el relato de crecimiento antes que en hitos verificables de reducción de riesgo. La conclusión que Alarcón extrae del propio origen de Catalyxx es que el control se juega en decisiones que no se delegan —propiedad intelectual, tecnología, conocimiento—, mientras el resto se confía a ingeniería, proveedores y especialistas.
La declaración de Proyecto de Interés Nacional sitúa a Sines, enclave industrial y energético de la costa atlántica portuguesa, como base de la expansión internacional de la compañía. La planta se inscribe en un contexto en el que la Unión Europea impulsa, a través de su normativa de economía circular y sus objetivos climáticos, la sustitución de materias primas fósiles en sectores como la cosmética, los plásticos y los detergentes. Es la misma lógica que atraviesa buena parte de la química renovable que busca competir con el fósil sin sacrificar prestaciones.
La compañía cifra en unas 105.000 toneladas de CO₂ al año el volumen que evitaría la instalación una vez operativa, un dato que procede de la propia empresa y que quedará contrastado cuando arranque la producción comercial en Sines.


