La operación parte de una estructura previa que no fue concebida para uso residencial, lo que obligó al estudio a replantear alturas, distribuciones e instalaciones. «Partimos de una estructura que había sido diseñada para un uso completamente diferente y conseguimos adaptarla a las necesidades de un residencial contemporáneo», explica Seilern, que reconoce que «la estructura existente limitaba» las decisiones de diseño.
La arquitecta sitúa el origen del proyecto en la regeneración urbana: «Desde el principio quisimos conservar la mayor parte posible de la estructura existente, tanto por una cuestión de sostenibilidad como por la oportunidad que suponía trabajar con lo que ya estaba construido». Esa decisión, señala, condicionó las alturas, las distribuciones y la integración de las instalaciones.
Para resolver esas limitaciones, el equipo concentró gran parte de las instalaciones técnicas en un mismo eje del edificio, lo que permitió liberar otras zonas y ganar altura y luz natural donde resultaba más relevante. La arquitecta subraya que también se trabajó para reducir pasillos y eliminar espacios oscuros, en favor de distribuciones más abiertas.
«Para mí, la verdadera elegancia tiene mucho que ver con eso: con detalles cuidadosamente pensados que funcionan sin necesidad de llamar la atención», sentencia Seilern, cuya trayectoria incluye la Gota House en Zimbabue, la sala de conciertos de Andermatt en los Alpes suizos o el G. W. Annenberg Performing Arts Centre del Wellington College.
El planteamiento estético evita, según su autora, la fórmula de la arquitectura residencial de lujo internacional, que podría ubicarse indistintamente en cualquier capital. «Castellana es uno de los grandes ejes de la ciudad y no queríamos crear un edificio que pudiera estar indistintamente en Londres, Miami o cualquier otra ciudad», afirma, defendiendo una respuesta contemporánea anclada en el contexto urbano madrileño.
«Buscamos una arquitectura contemporánea, pero profundamente vinculada a Madrid y a la cultura española. La fachada cerámica nace precisamente de esa idea: recuperar una tradición muy presente en la arquitectura española y reinterpretarla desde un lenguaje actual», afirma Christina Seilern, fundadora de Studio Seilern Architects.
Más allá de la envolvente, Seilern ha concebido Castellana 198 como un sistema en el que los espacios compartidos —spa, gimnasio, zonas de bienestar y club social— forman parte integral de la experiencia residencial. «En Castellana 198, esa relación forma parte del propio concepto del edificio», sostiene la arquitecta, que vincula el modelo a un cambio más amplio en la manera de entender la vivienda.
«La forma en la que vivimos ha cambiado y buscamos también bienestar, ejercicio, espacios de encuentro y lugares donde poder relacionarnos con otras personas, pero sin renunciar a la privacidad y a la tranquilidad dentro de casa», añade Seilern, para quien el equilibrio entre vida privada y comunidad se ha convertido en un criterio central del diseño residencial.
El proyecto se inscribe en la transformación del Paseo de la Castellana como eje de atracción de capital y promociones de alto standing en Madrid, una dinámica que convive con el resto de la agenda cultural de la ciudad, desde iniciativas de cine accesible como la Fiesta del Cine 2026, que llega el lunes con entradas a 3,50 euros hasta la conservación del patrimonio histórico en otras localidades españolas.