El debate no es nuevo, pero cada estreno de gran formato lo reactiva. El director austriaco Fritz Lang, creador de 'Metrópolis' y 'Furia', resumió en los años cincuenta la tensión entre espectacularidad técnica y control artístico con una frase que se ha convertido en cita obligada de la historiografía del cine: "El cinemascope solo sirve para filmar serpientes y entierros". Lang se refería al scope panorámico —de 2.35:1 y en algunas variantes hasta 2.55:1—, que consideraba incompatible con el encuadre del rostro humano y con la capacidad del director de decidir qué entra y qué queda fuera del plano.
Aquel sistema, como otros que la industria ensayó en la posguerra —Cinerama, VistaVision, Todd-AO—, surgió como respuesta a una crisis concreta: la televisión empezaba a vaciar las salas y los estudios necesitaban ofrecer algo que el televisor doméstico no pudiera replicar. La panorámica extrema, el sonido envolvente y las pantallas curvas fueron la apuesta de Hollywood para devolver al público a las butacas. Siete décadas después, el IMAX cumple una función parecida frente al streaming: una experiencia física difícil de reproducir en casa.
El formato IMAX, desarrollado en los años setenta para documentales y experiencias de gran formato, utiliza película de 70 milímetros expuesta horizontalmente, lo que multiplica la superficie de cada fotograma respecto al 35 milímetros estándar. Cuando se proyecta en una pantalla y con un proyector genuinamente IMAX, el resultado es una imagen de proporción casi cuadrada, 1.43:1, con una resolución y luminosidad superiores a las del panorámico convencional.
Ese tipo de instalación es minoritario incluso dentro de la propia marca. Buena parte de las salas que hoy anuncian sesiones "IMAX" en centros comerciales utilizan proyectores digitales adaptados a pantallas de tamaño intermedio, con una proporción más cercana al scope tradicional, y no las salas de película de 70 milímetros con las que Nolan rueda desde 'El caballero oscuro' (2008). Solo un puñado de recintos en el mundo —entre ellos salas históricas en Estados Unidos, Reino Unido o Australia— conservan la infraestructura para proyectar una copia auténtica en 1.43:1.
La consecuencia práctica, de confirmarse en los términos planteados, es que la experiencia visual de 'La Odisea' variaría de forma notable según la sala. En una proyección panorámica convencional, la parte superior e inferior del fotograma —zonas donde Nolan y su director de fotografía, Hoyte van Hoytema, habrían compuesto elementos narrativos relevantes— quedaría recortada, alterando composiciones pensadas para el formato más alto.
El fenómeno tiene precedentes profundos. El recorte por relación de aspecto ha acompañado a la industria desde que coexisten múltiples estándares de proyección. Ya en los años ochenta y noventa, la adaptación de películas a la televisión en formato 4:3 obligaba a decisiones sobre qué parte del encuadre priorizar y generó fricciones entre directores y estudios sobre la integridad de la obra: de aquella práctica, el 'pan and scan', nacieron campañas cinéfilas en defensa del respeto al encuadre original.
Del cinemascope al streaming, un debate recurrente
Nolan no es el primer cineasta contemporáneo que convierte el formato en elemento narrativo y no solo técnico. 'Oppenheimer' (2023) se rodó parcialmente en IMAX de 65 milímetros, y el director ha defendido en repetidas entrevistas que la elección responde a una voluntad de inmersión física del espectador. La industria de la exhibición, sin embargo, afronta una ecuación económica compleja: adaptar una sala a los estándares de 70 milímetros IMAX exige inversiones que solo resultan rentables en mercados de gran afluencia, lo que explica la escasez de recintos capacitados.
La Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood y distintas asociaciones de exhibidores en Europa han abordado en los últimos años la fragmentación de formatos como un problema de preservación y de acceso del público a la obra tal como fue concebida. No existe, de momento, una obligación normativa que exija a las salas anunciar con precisión en qué proporción se proyectará una película, más allá de las prácticas comerciales del sector.
Desde la distribuidora, según las informaciones disponibles, se habría optado por no imponer restricciones a los exhibidores sin pantallas IMAX completas, priorizando la disponibilidad del filme en el mayor número de salas frente a la fidelidad absoluta al formato de rodaje. Es una decisión habitual en la industria, que suele primar el alcance comercial de un estreno sobre la pureza técnica de su exhibición.
El caso de 'La Odisea' se suma a una larga tradición de tensiones entre ambición visual y limitaciones de infraestructura que recorre la historia del cine desde el cinemascope de los años cincuenta. Lo que entonces era una respuesta a la televisión doméstica es hoy una respuesta al streaming; el fondo del debate permanece: qué parte de la visión de un director sobrevive al viaje entre la cámara y el ojo del espectador.
Cinéfilos y asociaciones de exhibición especializada han comenzado a elaborar listados de las salas que ofrecerán la proyección en formato completo, una práctica extendida entre los seguidores de Nolan desde el estreno de 'Dunkerque' (2017) e intensificada con cada nuevo lanzamiento del director en gran formato. Se espera que en las próximas semanas, coincidiendo con el estreno, se confirme el listado definitivo de cines capacitados para ofrecer la experiencia íntegra tal como fue rodada.

