La frase pertenece a la sección que Pascal tituló Sumisión y uso de la razón, un bloque de anotaciones donde sostuvo que el entendimiento humano solo rinde bien cuando admite sus propios límites. No se trataba de una condena a la ignorancia, sino a la seguridad que impide seguir indagando: quien cierra su juicio sobre algo pierde de vista, precisamente, la causa profunda que lo explica.
El juego de palabras es deliberado. En francés del siglo XVII, como en español, «razón» sirve tanto para nombrar el acierto de un juicio como la causa que motiva un hecho. Pascal explota esa ambigüedad para advertir de que la convicción de tener siempre razón —en el primer sentido— suele ir de la mano de la ceguera ante la razón de las cosas —en el segundo—.
En ese mismo apartado dejó otra formulación que refuerza la idea. El fragmento se conserva en el manuscrito original custodiado por la Biblioteca Nacional de Francia y puede consultarse gracias al archivo digital sobre Pascal que mantienen las bibliotecas de Clermont-Auvernia, la región donde nació el filósofo.
«El último paso de la razón es reconocer que hay una infinidad de cosas que la sobrepasan», escribió Blaise Pascal en 'Pensamientos'.
Esa desconfianza en la capacidad de la razón para agotar el conocimiento aparece también en otros pasajes de la obra. Pascal llegó a escribir que las pruebas metafísicas de la existencia de Dios «tienen poco valor» para convencer por sí solas, según recoge la Enciclopedia de Filosofía de Stanford, una idea que encaja con el propósito general del libro: mostrar los límites del razonamiento puro frente a la fe.
El giro hacia esas reflexiones tiene una fecha precisa. En la noche del 23 de noviembre de 1654, Pascal vivió una experiencia que interpretó como una conversión religiosa y que registró de inmediato en un texto breve conocido como el Memorial. Cosió después el documento al forro de su abrigo y lo llevó consigo hasta su muerte, ocho años más tarde, en 1662.
Aquel episodio cambió el rumbo de su trabajo. Pascal abandonó los intercambios matemáticos que mantenía con Pierre de Fermat —con quien un año antes había sentado, mediante correspondencia, las bases del cálculo de probabilidades— y canceló la publicación de un tratado sobre el vacío que ya tenía terminado. Ese tratado no vería la luz hasta 1663, tras su fallecimiento.
Antes de aquella noche, Pascal había acumulado ya una trayectoria científica precoz. A los 16 años presentó teoremas de geometría proyectiva, entre ellos el llamado teorema del hexágono místico, según el archivo de historia de las matemáticas de la Universidad de St Andrews. En 1642 empezó a construir la Pascalina, una de las primeras calculadoras mecánicas de la historia, y cinco años después llevó a cabo experimentos sobre la presión atmosférica que confirmaron la existencia del vacío.
En 1653 formuló, en el Tratado del equilibrio de los líquidos, el principio físico que lleva su nombre. En sus últimos años reunió notas para un libro en defensa de la fe católica, organizadas en paquetes con títulos provisionales sin llegar a fijar un orden definitivo entre ellos. Ese material inacabado, publicado en 1670 bajo el título 'Pensamientos', es el que conserva hoy la advertencia contra quien cree tener siempre razón. El mismo tono de introspección atraviesa otro clásico que la sección ha rescatado: Marco Aurelio anticipó en 'Meditaciones' un principio de la terapia cognitiva.

