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Rusia mata a 23 personas en Kiev en uno de los bombardeos más mortíferos de la guerra

El ataque de la madrugada del jueves destruye o daña cerca de un centenar de edificios. Las autoridades ucranianas lo califican de terrorismo de Estado y reclaman más defensa antiaérea a los aliados.

Por Redacción de El Hemiciclo·
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Al menos 23 personas murieron en Kiev durante la madrugada del jueves cuando Rusia lanzó un ataque masivo contra la capital ucraniana, según confirmaron los servicios de emergencia ucranianos. Es uno de los bombardeos más mortíferos que ha sufrido la ciudad desde que las fuerzas rusas cruzaron la frontera en febrero de 2022, hace ya más de cuatro años. Decenas de personas resultaron heridas y cerca de un centenar de edificios e infraestructuras quedaron destruidos o con daños severos.

23 muertos y un centenar de edificios dañados: la magnitud del golpe

Los servicios de emergencia ucranianos confirmaron 23 víctimas mortales y decenas de heridos a primeras horas de la mañana del jueves, con las labores de rescate todavía en curso en varios puntos de la ciudad. La cifra de fallecidos coloca este ataque entre los más letales registrados en Kiev desde el inicio de la invasión a gran escala en febrero de 2022. El número de edificios afectados —cerca de un centenar entre destruidos y dañados, según la misma fuente oficial ucraniana— apunta a una salva de gran densidad, combinación habitual en los ataques rusos que mezclan misiles y drones para saturar la defensa antiaérea.

Para encontrar precedentes de alcance similar hay que remontarse a los ataques masivos del otoño de 2022 y la primavera de 2023, cuando Rusia intensificó sus bombardeos sobre infraestructuras energéticas con el propósito deliberado de dejar a la población sin calefacción ni electricidad durante el invierno. Aquella estrategia obligó al operador nacional de la red eléctrica ucraniana, Ukrenergo, a imponer cortes programados que llegaron a superar las doce horas diarias durante los inviernos de 2022-2023 y 2023-2024, según datos de la propia compañía.

La mecánica del ataque: misiles, drones y la brecha en la defensa antiaérea

Los ataques rusos sobre Kiev han seguido desde 2022 un patrón técnico que combina misiles de crucero Kalibr —lanzados desde el mar Negro o desde bombarderos estratégicos Tu-95MS— con misiles balísticos Iskander-M y oleadas de drones Shahed-136, conocidos en Ucrania como 'geranios'. La mezcla tiene un propósito preciso: los drones lentos y numerosos agotan la munición antiaérea y la atención de los operadores, mientras los misiles de mayor velocidad penetran las brechas que se abren en la cobertura defensiva.

Ucrania recibió desde 2023 baterías Patriot estadounidenses, sistemas IRIS-T alemanes y SAMP/T franco-italianos, que han elevado sustancialmente la tasa de intercepción en ataques de menor volumen. Sin embargo, la capacidad de producción rusa de misiles y drones —evaluada por el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS) en sus ediciones de 2024 y 2025 en varios centenares de unidades mensuales— supera con frecuencia la velocidad de reposición de munición interceptora ucraniana. Este desequilibrio estructural, que los aliados occidentales no han resuelto de forma sistemática, explica por qué ataques de gran volumen como el de esta madrugada logran causar víctimas y daños materiales incluso cuando la defensa derriba una parte significativa de los proyectiles.

Cuatro años de asedio a distancia sobre la capital

Kiev no es la línea del frente, pero tampoco ha dejado de ser objetivo desde los primeros días de la invasión. En las semanas iniciales, entre febrero y marzo de 2022, las fuerzas rusas intentaron avanzar físicamente sobre la ciudad y fueron rechazadas con bajas considerables, en lo que analistas militares consideran el primer gran fracaso estratégico de Moscú en esta guerra. Desde entonces, la capital soporta un asedio a distancia: bombardeos intermitentes que combinan el propósito militar —destruir nudos logísticos, instalaciones energéticas y cuarteles— con el efecto psicológico sobre una población civil que lleva más de cuatro años conviviendo con alertas antiaéreas nocturnas.

Según el Ministerio del Interior ucraniano, desde febrero de 2022 hasta finales de 2025 Kiev había sufrido más de 150 ataques con misiles o drones que causaron víctimas civiles. La destrucción acumulada de infraestructuras eléctricas y de calefacción ha afectado en distintos periodos a millones de hogares, con cortes programados que Ukrenergo ha debido gestionar bajo presión de guerra. Esta erosión sostenida de las condiciones de vida urbana constituye, según el derecho internacional humanitario —en particular el artículo 54 del Protocolo I adicional a los Convenios de Ginebra, que prohíbe atacar bienes indispensables para la supervivencia de la población civil—, uno de los ejes centrales de las denuncias ucranianas ante tribunales internacionales.

Zelenski acusa de terrorismo; Moscú no responde; la UE reitera su apoyo

Las autoridades ucranianas calificaron el bombardeo de ataque terrorista, según confirmaron los servicios de emergencia. Esta expresión, que los colaboradores del presidente Volodímir Zelenski repiten en cada bombardeo de envergadura, tiene un componente jurídico concreto: Kiev lleva desde 2022 solicitando a sus socios que Rusia sea incluida en listas de patrocinadores del terrorismo, una designación que la Unión Europea y Estados Unidos han eludido en su mayor parte por las implicaciones legales y diplomáticas que conllevaría.

La UE condenó el ataque a través de sus portavoces de política exterior, reiterando el compromiso de sostener a Ucrania, fórmula que el Consejo Europeo ha empleado de forma invariable desde la declaración de Versalles de marzo de 2022. El bloque ha comprometido hasta la fecha más de 130.000 millones de euros en ayuda total a Ucrania —militar, financiera y humanitaria— según el Ukraine Support Tracker del Instituto Kiel, aunque la distribución entre los Veintisiete es muy desigual: los países bálticos destinan a esta ayuda un porcentaje de su PIB notablemente superior al de los grandes Estados miembros del sur y el oeste de Europa. Esta asimetría informativa —Ucrania detalla sus bajas civiles, Rusia niega o minimiza— es estructural en el conflicto y dificulta la verificación independiente de los hechos sobre el terreno.

Ucrania en el tablero global: grano, frontera y la lógica de las grandes potencias

La guerra en Ucrania es inseparable de la expansión de la OTAN hacia el este, proceso que comenzó con la reunificación alemana en 1990 y se aceleró con las sucesivas rondas de adhesión de 1999, 2004 y 2009. Rusia ha presentado sistemáticamente esa expansión como una amenaza existencial, argumento que la mayoría de los gobiernos occidentales rechazan por considerar que la alianza es defensiva y que cada Estado soberano tiene derecho a elegir sus alianzas. El debate sobre si las garantías informales de los años noventa constituían un compromiso vinculante sigue siendo objeto de disputa académica y diplomática.

Ucrania es además un nudo geopolítico de primera magnitud por razones que van más allá de la ideología. El país comparte 2.295 kilómetros de frontera con Rusia —la más larga de Europa entre dos Estados— y antes de la invasión era el quinto exportador mundial de trigo y el primer exportador mundial de aceite de girasol, según datos de la FAO de 2021, registros muy superiores a su cuota en años posteriores al inicio del conflicto. El bloqueo de sus puertos en el mar Negro —parcialmente resuelto con el corredor humanitario acordado en julio de 2022 bajo mediación de la ONU y Turquía, y luego suspendido por Moscú en julio de 2023— provocó una crisis alimentaria que afectó especialmente a países de África subsahariana y Oriente Próximo. Este eje agrícola y logístico hace que el resultado de la guerra tenga consecuencias directas sobre la seguridad alimentaria mundial.

Negociaciones bloqueadas y los próximos hitos que marcarán el conflicto

El ataque se produce en un contexto de conversaciones de paz que avanzan con extrema lentitud. Turquía, China, los Emiratos Árabes Unidos y algunos países europeos han intentado mediar sin éxito para abrir un proceso negociador que tanto Kiev como Moscú han condicionado a exigencias incompatibles: Ucrania reclama la retirada completa de las fuerzas rusas a las fronteras reconocidas internacionalmente de 1991; Rusia exige el reconocimiento de los territorios que ocupa y garantías de no adhesión ucraniana a la OTAN. Ninguna de las dos posiciones ha cedido de forma sustancial desde los contactos de Estambul de marzo-abril de 2022, que se interrumpieron sin acuerdo.

En este escenario, los bombardeos masivos sobre la capital tienen una doble lectura estratégica: desgastar la capacidad productiva y la moral ucraniana, y enviar una señal a los aliados occidentales sobre el coste de sostener a Kiev. Los próximos hitos que condicionarán el curso del conflicto incluyen las decisiones presupuestarias de la UE sobre el Fondo de Apoyo a Ucrania, previstas para el segundo semestre de 2026, y las eventuales reuniones del Consejo de la OTAN, que deberá pronunciarse sobre el calendario y las condiciones de una eventual candidatura ucraniana. Mientras tanto, las labores de rescate continuaban este jueves en Kiev y el balance de víctimas podía aún elevarse.

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