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Rusia lanza contra Kiev 74 misiles y 496 drones: 18 muertos y un centenar de edificios dañados

Las Fuerzas Aéreas ucranianas confirman la mayor oleada combinada registrada en más de cuatro años de guerra. Las alarmas antiaéreas continuaban activas pasado el mediodía.

Por Redacción de El Hemiciclo·
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Al menos 18 personas murieron y decenas resultaron heridas en Kiev durante la madrugada del jueves cuando Rusia lanzó sobre la capital ucraniana una oleada combinada de 74 misiles —una veintena de ellos balísticos— y 496 drones, según confirmaron las Fuerzas Aéreas de Ucrania. El ataque destruyó o dañó aproximadamente un centenar de edificios e infraestructuras en una ciudad con cerca de tres millones de habitantes.

Saturación por capas: la táctica que desbordó las defensas ucranianas

Las Fuerzas Aéreas ucranianas confirmaron que la oleada se articuló en varias olas sucesivas prolongadas durante horas. Los analistas militares occidentales denominan esta táctica 'saturación por capas': se lanzan primero misiles balísticos de alta velocidad para colapsar los radares y agotar el parque de interceptores, seguidos de misiles de crucero y drones de ataque que aprovechan los huecos en la cobertura antiaérea. Kiev no desglosó públicamente la composición exacta del lote de misiles para no revelar información operativa sensible. Los 496 drones corresponden mayoritariamente al modelo Shahed, de diseño iraní, que Rusia produce bajo licencia o importa directamente.

La duración del bombardeo —iniciado de madrugada y con alertas activas más allá del mediodía— supera en extensión temporal a los grandes ataques previos documentados en esta guerra. A modo de referencia verificable, el ataque del 16 de mayo de 2023 empleó 54 misiles en una sola noche según el Estado Mayor ucraniano; el del jueves lo supera en un 37 % solo en el componente de misiles, sin contar un volumen de drones —496 unidades en un único día— sin precedente público conocido en este conflicto.

Balance humano y material: 18 muertos y un centenar de inmuebles afectados en varios distritos

Los servicios de emergencia de Kiev confirmaron 18 víctimas mortales, cifra que las autoridades advirtieron podría elevarse. Los heridos se cuentan por decenas, sin que a cierre de edición las autoridades hubieran cerrado ese recuento. El alcalde de Kiev, Vitali Klitschko, cifró en aproximadamente un centenar los edificios e infraestructuras destruidos o dañados, entre ellos bloques residenciales e instalaciones de suministro de agua. Al menos una instalación energética resultó afectada, aunque su naturaleza exacta no fue especificada por razones de seguridad operativa.

La destrucción de infraestructura energética reviste especial gravedad estratégica. Ucrania lleva desde el otoño de 2022 sufriendo ataques sistemáticos contra su red eléctrica: según la Agencia Internacional de la Energía, a principios de 2026 el país había perdido más de la mitad de su capacidad de generación instalada respecto a los niveles previos a la invasión de febrero de 2022. Cada nueva oleada dificulta la reconstrucción y amplifica el impacto humanitario, tanto en los meses de calor —cuando la demanda de bombeo de agua es alta— como en vísperas de un invierno que se anticipa especialmente comprometido para la población civil.

Por qué Kiev sigue siendo objetivo prioritario para Moscú cuatro años después

La capital ucraniana concentra aproximadamente el 20 % del PIB del país según datos del Banco Mundial previos a la invasión, y alberga los centros neurálgicos de decisión política, logística y comunicaciones. Para Moscú, golpear Kiev cumple simultáneamente al menos tres funciones: presión psicológica sobre la población civil, degradación de infraestructuras de doble uso —energía, agua, transporte— y señalización política hacia Occidente de que Rusia mantiene capacidad ofensiva de largo alcance. Esta lógica no carece de precedentes históricos: durante la Segunda Guerra Mundial, la Luftwaffe empleó bombardeos sistemáticos sobre Londres —el Blitz, entre septiembre de 1940 y mayo de 1941— con objetivos similares de colapso moral, con resultados que la historiografía considera contraproducentes a medio plazo.

El conflicto actual tiene su raíz directa en la decisión rusa de reconocer las repúblicas separatistas del Donbás el 21 de febrero de 2022 y lanzar la invasión a gran escala el 24 de febrero de ese año, tras ocho años de conflicto de baja intensidad en el este iniciados en 2014 con la anexión de Crimea. El trasfondo combina el rechazo de Moscú a la expansión de la OTAN —que desde 1999 ha incorporado a 14 países, incluidas Finlandia en 2023 y Suecia en 2024— con la voluntad de Kiev de orientarse hacia la Unión Europea, proceso formalmente iniciado con la firma del Acuerdo de Asociación en 2014 y acelerado con la concesión del estatus de candidato a la adhesión en junio de 2022.

Posición de las partes: Zelenski denuncia terrorismo de Estado; el Kremlin no se pronuncia

El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, calificó el ataque de 'ataque terrorista' según recogen los servicios de emergencia y los medios ucranianos, y reclamó a los aliados occidentales mayor suministro de sistemas de defensa antiaérea, en particular baterías Patriot adicionales e interceptores para el sistema SAMP/T europeo. La formulación 'ataque terrorista' es deliberada en términos jurídicos: encuadra la acción en el marco del Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, cuyo artículo 8 tipifica como crimen de guerra los ataques intencionales contra población civil, y refuerza la narrativa ucraniana ante los socios que debaten la continuidad de la ayuda militar.

El Kremlin no había emitido a cierre de edición un comunicado oficial sobre el ataque concreto del jueves. Su posición histórica —reiterada desde el inicio de la invasión en 2022— sostiene que los bombardeos se dirigen exclusivamente a infraestructura militar y de doble uso, rechazando cualquier calificación de ataque a civiles. Esta negativa sistemática contrasta con los registros de organizaciones como Human Rights Watch y la Misión de Monitoreo de Derechos Humanos de la ONU en Ucrania, que han documentado centenares de impactos en zonas residenciales a lo largo del conflicto. El derecho de réplica del Kremlin queda abierto: Moscú no había respondido específicamente a las declaraciones de Zelenski antes del cierre de esta edición.

La OTAN y la UE activan protocolos de respuesta política sin consecuencias jurídicas inmediatas

La OTAN convocó una reunión de coordinación de embajadores en el denominado Consejo del Atlántico Norte en formato de consulta urgente, previsto en el artículo 4 del Tratado de Washington, para evaluar la situación. Este mecanismo —distinto del artículo 5 de defensa colectiva— permite a los aliados compartir información y coordinar posiciones sin que implique una respuesta militar automática. La Unión Europea, a través de su jefa de diplomacia, activó el protocolo de declaración de condena, instrumento político sin consecuencias jurídicas directas pero que alimenta el expediente de sanciones. El decimocuarto paquete de sanciones europeas, en vigor desde 2024, prohíbe la exportación a Rusia de bienes de doble uso y componentes electrónicos, aunque su eficacia ha sido cuestionada por la filtración de material a través de terceros países.

La asimetría económica que favorece al atacante: el talón de Aquiles de la defensa antiaérea

Kiev dispone de uno de los sistemas antiaéreos más densos de Europa en una ciudad en guerra, con baterías Patriot PAC-3 cedidas por Estados Unidos y Alemania, sistemas IRIS-T SLM alemanes, S-300 heredados de la era soviética y NASAMS nórdicos. Sin embargo, la saturación por oleadas sucesivas explota una limitación estructural: cada interceptor tiene un coste unitario muy superior al del proyectil que destruye. Un misil Patriot PAC-3 cuesta aproximadamente cuatro millones de dólares según estimaciones del Congressional Research Service de Estados Unidos; un dron Shahed oscila entre 20.000 y 50.000 dólares según las mismas fuentes. La asimetría económica favorece estructuralmente al atacante en un intercambio sostenido y prolongado.

La escasez de interceptores es un problema reconocido por la propia OTAN. El aumento del gasto en defensa comprometido en la cumbre de La Haya —donde la Alianza acordó elevar el objetivo colectivo al 3 % del PIB— no se traduciría en capacidad real de producción antes de 2027 o 2028, según el calendario público de las principales industrias armamentísticas del continente. Este desfase entre el compromiso político y la capacidad industrial efectiva es precisamente el que ataques como el del jueves intentan explotar.

Nodo ferroviario y corredor logístico: la dimensión estratégica más allá del simbolismo

Kiev no es solo la capital política: es el nodo de la red ferroviaria que articula el tránsito de ayuda militar desde Polonia y los suministros humanitarios desde el oeste hacia el frente este y sur. Destruir o paralizar temporalmente esa infraestructura —mediante impactos directos o mediante el pánico y la interrupción del suministro eléctrico que alimenta las estaciones de bombeo y señalización ferroviaria— ralentiza la cadena logística de la que depende el esfuerzo bélico ucraniano. Este factor convierte cada ataque de gran escala sobre la capital en algo cualitativamente distinto a un mero golpe de efecto propagandístico.

Qué ocurre a partir de ahora: plazos, presiones y decisiones pendientes

En las próximas semanas, el impacto del ataque del jueves se medirá en al menos tres frentes. Primero, el humanitario: la restauración del suministro eléctrico y de agua en los distritos afectados determinará cuántos residentes pueden permanecer en la ciudad antes del invierno. Segundo, el militar: los aliados de Kiev deberán decidir si aceleran el envío de interceptores Patriot e IRIS-T, un debate que enfrenta la urgencia operativa ucraniana con los inventarios propios mermados de los países donantes. Tercero, el diplomático: la reunión del Consejo del Atlántico Norte convocada de urgencia podría derivar en una declaración conjunta o en la convocatoria de una cumbre extraordinaria, cuya fecha no había sido fijada a cierre de edición. El contador de víctimas, aún abierto mientras los equipos de rescate trabajan entre los escombros, seguirá siendo el dato que marque la intensidad de la presión política en las capitales occidentales.

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