Küppers resume su tesis en una fórmula que repite en sus intervenciones: el valor de una persona equivale a la suma de sus conocimientos y sus habilidades, multiplicada por su actitud. Los conocimientos y las habilidades, según explica, solo suman; la actitud, en cambio, multiplica el resultado final, de modo que —según su planteamiento— una actitud negativa puede anular por completo un currículum brillante.
Esa diferencia explicaría, a su juicio, por qué en un entorno laboral nadie valora a un compañero o a un superior por los idiomas que domina o los másteres que exhibe, sino por su empatía, su amabilidad y su disposición a ayudar cuando surge un imprevisto. El formador advierte de que, cuando una persona se deja llevar por la prisa, el estrés o la frustración, no pierde su conocimiento ni su experiencia: pierde su forma de ser, que sería precisamente donde reside su valor profesional más alto. Küppers condensa su filosofía en una frase que repite en conferencias: «Que nadie se acerque a ti sin que al irse se sienta un poco mejor y más feliz».
La propuesta no exige, según detalla, grandes gestos, sino hábitos cotidianos que se despliegan en distintos planos de la vida de oficina. En la comunicación diaria, se traduciría en saludar con energía y mirando a los ojos, apagar las pantallas cuando alguien habla y agradecer el trabajo tanto al personal de limpieza como a los superiores, sin distinción de jerarquía. En la gestión de los problemas, se notaría en quien busca soluciones en lugar de culpables ante un error, en quien controla la queja constante que desgasta al equipo y en quien evita contagiar el estrés a los compañeros cuando llegan entregas urgentes.
El trabajo en equipo sería otro de los terrenos donde se manifestaría esta forma de ser: celebrar sinceramente los logros ajenos, ofrecer ayuda proactiva a quien está saturado de tareas y mantenerse disponible para resolver dudas con paciencia. Küppers extiende el planteamiento a la manera de recibir críticas, donde defiende frases como «tienes razón, me equivoqué, lo corrijo ahora mismo» frente a la búsqueda de excusas, y considera que una crítica debe verse como una ayuda y no como un ataque personal.
La integración de nuevas incorporaciones sería, según el formador, un buen termómetro de esta actitud: acompañarlas en el almuerzo, explicarles los procesos sin arrogancia y presentarlas al resto de departamentos facilitaría su adaptación desde el primer día. En las reuniones, la misma filosofía se traduciría en llegar puntual, validar las ideas de los demás antes de exponer la propia y ceder la palabra a quienes suelen quedarse callados.
Ante los imprevistos —una avería, un cliente enfadado, una tarea de última hora—, Küppers sostiene que la actitud se aprecia en quien asume encargos extra sin poner mala cara, en quien transmite calma cuando el sistema falla y en quien separa los problemas personales del trato con sus compañeros. Son, según su planteamiento, los «detalles invisibles» los que terminarían construyendo la reputación de un profesional: mantener el orden común en la oficina, sostener la puerta a cualquier persona o despedirse al salir en lugar de marcharse sin decir nada.
Del cociente intelectual a la actitud
El discurso de Küppers enlaza con corrientes de la psicología organizacional que, desde los años noventa, han puesto el foco en la llamada inteligencia emocional como factor del desempeño, frente al peso tradicional dado a la formación técnica. Es una línea popularizada por el psicólogo estadounidense Daniel Goleman a mediados de esa década, cuyos trabajos defendían que las competencias emocionales pesan tanto o más que el cociente intelectual en el rendimiento laboral. El planteamiento del formador se inscribe además en un fenómeno más amplio de difusión de la psicología positiva en España, con ciclos de conferencias, pódcast y libros de desarrollo profesional que han ampliado su audiencia en la última década.
Conviene precisar el estatus de estas afirmaciones. No existen estudios oficiales del Instituto Nacional de Estadística ni de Eurostat que midan de forma específica el peso de la «actitud» frente a la formación académica en la contratación o la promoción en España, por lo que la tesis de Küppers debe entenderse como un planteamiento divulgativo y no como un hallazgo empírico contrastado por organismos oficiales. Sí existen indicadores indirectos: la Encuesta de Población Activa, que elabora trimestralmente el INE, recoge desde hace años un desajuste entre la formación de los trabajadores y los puestos que ocupan, un dato que alimenta el debate sobre qué otros factores, además del currículum, determinan la trayectoria profesional.
El mensaje se ha difundido sobre todo a través de charlas presenciales, entrevistas radiofónicas y fragmentos compartidos en redes sociales, un formato que ha contribuido a su notoriedad más allá del ámbito estrictamente empresarial. Su propuesta, centrada en la actitud cotidiana como valor diferencial, se mantendrá presente en próximos ciclos de conferencias y publicaciones, en un contexto en el que un número creciente de empresas incorpora entrevistas por competencias además de la valoración curricular clásica en sus procesos de selección.
