La tesis central de Harris es que el patrón se repite generación tras generación: un producto se convierte en superventas, aparece evidencia de daños, la compañía la oculta o la minimiza y, cuando el escándalo estalla, la experiencia sirve para gestionar el siguiente. El recorrido que traza va de los polvos de talco de la posguerra al analgésico Tylenol (paracetamol), de ahí a los primeros antipsicóticos y, finalmente, al fentanilo, ligado desde hace años a la crisis de opioides estadounidense.
El mecanismo de fondo que denuncia Harris es estructural: la legislación de Estados Unidos permite a las farmacéuticas pagar a médicos para que actúen como comerciales a tiempo parcial. El autor sostiene que ese esquema subyace tras la corrupción de todas las historias que relata, desde los opioides al antipsicótico Risperdal, y que la crisis de opioides nunca habría alcanzado su gravedad si se hubiera prohibido ese pago a los facultativos.
«El poder corruptor del dinero es notable, porque muchos de estos médicos se engañan a sí mismos pensando que hacen lo correcto mientras aceptan dinero extra, justificando que prescribirían esos fármacos de todos modos y que el dinero es insignificante. Y eso es falso», afirma Gardiner Harris en la entrevista.
El caso de la eritropoyetina en España
Uno de los episodios con mayor proyección fuera de Estados Unidos es el de la eritropoyetina (EPO), fármaco que, según Harris, Johnson & Johnson siguió promocionando en oncología pese a disponer durante más de una década de información sobre sus riesgos. El autor relata que oncólogos en España administraron EPO a pacientes con cáncer confiando en datos que la compañía habría mantenido ocultos, mientras investigadores conocedores del problema guardaron silencio por contratos de confidencialidad, intereses económicos o dudas sobre si el hallazgo era una anomalía.
Harris cifra ese episodio en «al menos 500.000 vidas» a escala global y calcula que en España la cifra se contaría «con toda seguridad» por varios miles. Se trata de estimaciones formuladas por el propio autor en el marco de su investigación periodística, sin que conste en el material una verificación judicial o regulatoria independiente de esas magnitudes.
Alex Gorsky, señalado en tres crisis
La investigación sitúa a Alex Gorsky, antiguo responsable de Johnson & Johnson, como figura central de al menos tres de los episodios más graves: lideró el equipo de Risperdal, estuvo al frente de los opioides y de las prótesis de cadera metal-metal. Harris afirma que Gorsky «es claramente responsable de más muertes y lesiones que casi cualquier persona viva», y añade que esa valoración probablemente incluye a Vladímir Putin, porque no cree que la guerra de Ucrania haya causado dos millones de muertos.
El libro apunta a 2003 como el año que, a juicio del autor, mejor retrata el patrón de la compañía. En ese ejercicio, seis de sus siete fármacos más vendidos estaban vinculados a algún tipo de actividad delictiva, una proporción que Harris compara con la de las organizaciones mafiosas para sostener que la empresa operó como una organización criminal durante gran parte de su historia moderna.
«Podría argumentarse que las familias mafiosas obtienen un porcentaje mayor de sus ingresos de actividades legales del que obtenía Johnson & Johnson en aquella época. Ha sido, para mí, una organización criminal durante gran parte de su historia, y no hay razón para creer que ahora sea mejor que entonces», sostiene Harris.
Esa calificación convive, reconoce el autor, con productos que salvan vidas; pero Harris rechaza compensar una cosa con otra, porque a eso, argumenta, se dedica una farmacéutica. En su recuento de dos millones de muertes por tres productos no incluye siquiera los implantes de cadera metal-metal ni las mallas vaginales, que generaron miles de reclamaciones por desgaste prematuro y liberación de metales en el organismo.
Harris explica que eligió a Johnson & Johnson entre todas las grandes farmacéuticas por el contraste entre su imagen pública y las prácticas que documenta. Mientras Merck y Pfizer, respetadas en los años ochenta, vieron erosionada su reputación a medida que subían los precios de los medicamentos y crecían las críticas a Big Pharma, Johnson & Johnson se mantuvo sistemáticamente entre las marcas más admiradas en las encuestas de percepción, pese a los escándalos recogidos en el libro.
El trabajo también describe a la Agencia del Medicamento estadounidense (FDA) como una institución progresivamente colonizada por los intereses de la industria que debía vigilar, lo que, según el autor, facilitó la aprobación y permanencia en el mercado de productos con riesgos conocidos internamente por los fabricantes. El escrutinio de la relación entre corporaciones, dinero y organismos de control reaparece en investigaciones de esta sección, como la que detalla que Transportes ocultó en Transparencia 75.000 euros en viajes de un alto cargo.
El propio proceso de publicación quedó marcado, según relata Harris, por un escrutinio legal que redujo a la mitad el manuscrito original, además de amenazas y bloqueos editoriales en varios países. La obra no constituye una sentencia judicial ni recoge, en los fragmentos disponibles, resolución firme de tribunal alguno: las cifras de víctimas y la calificación de las prácticas corresponden a la interpretación del autor tras su investigación, no a un fallo judicial.
Esa distancia entre reputación y conducta es, para Harris, lo que explica su elección del objetivo. «No hay otra empresa en la Tierra donde exista un contraste mayor entre su reputación y su comportamiento», afirma el periodista sobre una multinacional que, sostiene, presume de intachable.


