Flávio Bolsonaro reunió más de 56 millones de votos, según el recuento de esa jornada, por una diferencia que coloca al hijo del expresidente Jair Bolsonaro como favorito a encabezar la segunda vuelta. La Constitución de 1988 exige mayoría absoluta de votos válidos para resolver la presidencia en una sola ronda, umbral que ningún candidato rozó. El resultado deja además un Congreso renovado en el que la derecha multiplicó su representación por la vía menos convencional: la audiencia digital.
El dato que marcó la noche no fue solo el presidencial. Tres dirigentes jóvenes, formados ante la cámara de un teléfono, superaron individualmente los tres millones de votos, y un comerciante que subía vídeos indignados desde su puesto ganó la gobernación del segundo estado del país sin necesitar segunda vuelta. La jornada consolidó una forma de hacer política capaz de prescindir de los aparatos partidarios, los caciques locales y los minutos de televisión que durante décadas repartieron el poder en Brasil.
Nikolas Ferreira triplica el récord de la Cámara
En Minas Gerais, el diputado evangélico Nikolas Ferreira, de 30 años, revalidó su banca con 3.119.318 votos, cifra que pulverizó el anterior récord histórico de la Cámara de Diputados, de 1,84 millones de sufragios desde 2018. Ferreira, criado en un barrio popular de Belo Horizonte, ya había sido el diputado más votado del país en 2022 con 1,5 millones de votos. Su cuenta de Instagram supera los 22 millones de seguidores, más que toda la población de Chile.
En São Paulo, Lucas Pavanato, de 28 años, obtuvo 3.038.438 votos. Hijo de una familia pentecostal de Sorocaba, Pavanato empezó a militar a los 17 años en las protestas contra la entonces presidenta Dilma Rousseff y construyó su carrera en un canal de YouTube dedicado a debates grabados en universidades, un formato inspirado en el del activista conservador estadounidense Charlie Kirk. En 2022 no logró entrar en la Asamblea paulista con 36.000 votos; en 2024 fue el concejal más votado de todo Brasil, y ahora multiplicó por ochenta y cuatro aquella primera cosecha.
El tercer caso, el de Cleiton Gontijo de Azevedo, conocido como Cleitinho, es el de mayor recorrido. Comerciante y músico de fin de semana, inició su carrera como concejal municipal en 2016 con 3.023 votos. Diez años después, tras pasar por la legislatura estadual y el Senado —al que llegó con más de cuatro millones de votos—, fue elegido gobernador de Minas Gerais en primera vuelta con el 55,4% de los sufragios, evitando el balotaje en un estado de 21 millones de habitantes, 853 municipios y un peso económico que combina minería, industria y campo.
Un sistema que premia la audiencia
El sistema electoral brasileño combina el voto nominal con listas abiertas: los votos obtenidos por cada candidato se suman a la bancada de su partido y arrastran escaños adicionales para otros postulantes de la misma lista. Ese mecanismo explica en parte que el Partido Liberal, la formación del bolsonarismo, haya pasado a sumar 121 diputados sobre un total de 513 y 28 senadores sobre 81, la mayor bancada que un partido ha logrado en ambas cámaras desde 1988. No creció por aparato, sino por alcance en pantalla.
El fenómeno no era imprevisible. En enero de 2025, un vídeo de Ferreira contra un plan del Gobierno federal para vigilar las transferencias electrónicas mediante el sistema Pix alcanzó cientos de millones de reproducciones y forzó al Ejecutivo a derogar la norma en cuestión de días. Un diputado con un teléfono consiguió en una semana lo que la oposición parlamentaria no habría logrado por los canales de negociación habituales, un episodio que anticipó la capacidad movilizadora de estos dirigentes.
El patrón de los outsiders digitales no es exclusivo de Brasil. Desde 2016, distintas democracias han visto emerger liderazgos que prescinden de las estructuras partidarias clásicas, una dinámica que en Argentina encarnó Javier Milei, también surgido de las pantallas. La particularidad brasileña es que el bolsonarismo no concentró ese capital en una sola figura tras la retirada electoral de Jair Bolsonaro, sino que lo distribuyó entre varios dirigentes con bases de votos propias e independientes entre sí. Perdió a su fundador y, en lugar de replegarse, se multiplicó.
El desajuste de las encuestas
Las casas demoscópicas erraron de nuevo la foto de la noche. El sábado anterior a la votación, Datafolha otorgaba a Lula el 45% de los votos válidos y a Flávio Bolsonaro el 42%. El presidente se quedó en 45,16%, dentro de lo previsto, pero el senador superó con holgura su proyección y terminó por encima. En Minas Gerais, los sondeos tampoco anticiparon la magnitud del respaldo a Cleitinho ni a Ferreira.
Ese desfase entre sondeos y urnas reabre un debate ya conocido en otras democracias, donde los modelos tradicionales de medición de intención de voto han mostrado dificultades para captar el comportamiento de electorados movilizados a través de plataformas digitales. Es el mismo electorado que, en el caso brasileño, apareció concentrado en candidaturas que no figuraban en el radar de los analistas de cabecera.
El fenómeno recuerda a episodios previos de outsiders que, una vez en el poder, no siempre tradujeron su irrupción en gestión eficaz, ni evitaron convertirse en aquello que criticaron. Pero sí dibuja un agotamiento de la política partidaria que ha sacudido a las democracias dentro y fuera de la región, como ilustran otros movimientos reseñados en esta misma edición, desde el aviso de Mohamed VI a España hasta los debates de seguridad en el norte de Europa.
La segunda vuelta del 25 de octubre decidirá si Lula da Silva, de 80 años y siete campañas presidenciales a la espalda, revierte el resultado de la primera ronda frente a Flávio Bolsonaro, y si la camada de dirigentes surgidos de las redes consolida su peso en el Congreso renovado o queda condicionada al desenlace presidencial.
