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Un experimento de 18 años en Kenia mide el efecto de elefantes y jirafas en la sabana

El estudio de Ecology Letters registró que la cobertura arbórea pasó del 36,2% al 36,5% entre 1999 y 2025 tras la reintroducción de los grandes herbívoros en 2017.

Por Redacción de El Hemiciclo·
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Un equipo de investigadores documentó durante 18 años, desde 1999, qué ocurría con los árboles de una sabana keniana cuando se excluía a elefantes, jirafas y otros grandes herbívoros mediante cercados. El estudio, publicado en la revista Ecology Letters bajo el título «Respuestas de los árboles de la sabana africana a la extinción y reintroducción de grandes herbívoros», constató que la cobertura arbórea en las parcelas valladas superó el 60% en 2009, frente al 21%-32% de las zonas sin proteger.

El diseño buscaba aislar el efecto del ramoneo de los grandes mamíferos sobre la vegetación leñosa de la sabana, un ecosistema donde la relación entre herbívoros y árboles determina buena parte del paisaje. Los científicos levantaron vallas que impedían el paso de elefantes, jirafas y otros animales de gran tamaño en varias parcelas, dejando otras como control sin ningún cercado, y muestrearon ambas cada año.

Los resultados de la primera fase, registrados hasta 2016, mostraron una transformación sostenida del terreno protegido. La densidad de árboles pasó de 1.544 ejemplares por hectárea en 1999 a 3.285 en 2009 dentro de los cercados, mientras que las parcelas controladas apenas registraron variación en ese mismo periodo. La altura media también se disparó: en 2016 alcanzaba los 2,37 metros en las zonas valladas, frente a 1,49 metros en las abiertas al paso de la fauna, según el estudio.

La cobertura arbórea en las parcelas cercadas ascendió durante la primera década, superó el 60% en 2009 y se mantuvo en ese nivel hasta 2016. En las zonas sin vallar, la cobertura osciló entre el 21% y el 32% a lo largo de toda la investigación, sin la expansión registrada donde no había herbívoros. Los autores precisan que la diferencia fue estadísticamente significativa cada año desde 1999 hasta 2016.

La retirada de las vallas en 2017 marcó el inicio de la segunda fase, diseñada para comprobar si los cambios eran reversibles una vez que los herbívoros recuperaban el acceso. El regreso de elefantes y jirafas, junto con ramoneadores de menor tamaño como dik-dik e impalas, provocó una respuesta rápida y medible en la vegetación.

Para 2019, apenas dos años después de la retirada del cercado, ya no había diferencia apreciable en la altura media de los árboles entre las parcelas antes protegidas y las de control. El año siguiente, 2020, registró el crecimiento de altura más negativo de toda la investigación. Especies como Grewia tenax y Acacia mellifera, que habían mostrado un desarrollo de copa positivo durante los años de exclusión, invirtieron esa tendencia tras el regreso de los animales.

Según los investigadores, ese rápido retroceso de la altura corrió parejo al ramoneo intenso de los elefantes sobre los árboles más altos y a la vuelta de los ramoneadores de menor tamaño, que atacan los brotes jóvenes. La combinación de ambos comportamientos explica que la vegetación leñosa perdiera en pocos años buena parte de la ventaja acumulada durante casi dos décadas de exclusión.

La mortalidad escaló a 30,5 árboles al año

El indicador que peor parado salió del regreso de los grandes herbívoros fue la mortalidad. Entre 2009 y 2016, con las vallas aún en pie, la tasa media se situaba en 19,2 árboles muertos al año dentro de las parcelas protegidas. Tras la reintroducción de la fauna, esa cifra escaló hasta un promedio de 30,5 árboles anuales entre 2016 y 2019, frente a los 14 registrados en las parcelas de control durante el mismo tramo.

La cobertura arbórea se desplomó a un ritmo que los investigadores describen como comparable al del crecimiento observado durante la primera década sin herbívoros: un retroceso tan rápido como había sido el avance. Para 2025, año en que se cerró la recogida de datos de esta segunda fase, la cobertura media en las antiguas parcelas cercadas se situaba en el 36,5%, prácticamente idéntica al 36,2% registrado al inicio del experimento en 1999.

La coincidencia entre el punto de partida y el de llegada podría sugerir que el ecosistema regresó a su estado original, pero los autores matizan esa lectura. La densidad de árboles, a diferencia de la cobertura y la altura, no retrocedió al mismo ritmo: se mantuvo por encima de los niveles previos al experimento pese al regreso de los herbívoros, lo que indica que el paso del tiempo dejó una huella estructural en el bosque que no desapareció con la reintroducción de la fauna.

Los estudios de campo de tan larga duración son poco frecuentes en ecología, donde la mayoría de los experimentos raramente superan una o dos décadas de seguimiento continuo por las limitaciones de financiación y personal que implica mantener un dispositivo de vallado y muestreo durante casi veinte años. El valor de esta investigación keniana reside precisamente en su extensión temporal, que permite observar tanto la fase de exclusión como la recuperación posterior de la fauna, algo que los muestreos puntuales no capturan.

Los grandes herbívoros africanos, y en particular el elefante, son considerados desde hace décadas ingenieros de ecosistema capaces de remodelar por sí solos la estructura de la vegetación de sabana, derribando árboles, descortezándolos o impidiendo su crecimiento mediante el ramoneo continuado de brotes jóvenes. La tensión entre la conservación de estas especies, muchas amenazadas por la caza furtiva y la pérdida de hábitat, y la preservación de la cobertura arbórea plantea un dilema de gestión que atañe a parques nacionales y reservas de toda África oriental y austral.

Ese equilibrio entre fauna emblemática y presión sobre otros hábitats reaparece en episodios recientes de la región, desde la crisis de la ayuda humanitaria en zonas de conflicto hasta las disputas por recursos que la ONU documenta en Yemen, donde la gestión de territorios frágiles enfrenta intereses contrapuestos. En el terreno estrictamente ecológico, la sabana keniana ofrece un caso medido con precisión de cómo la ausencia y el retorno de una especie reconfiguran un paisaje entero.

El texto del estudio, publicado en Ecology Letters, sostiene que "los resultados demostraron que el permiso del acceso de los animales deshizo un gran porcentaje de la cobertura arbórea, pero no restauró la sabana a los niveles anteriores", una conclusión que apunta a que los efectos de casi dos décadas de exclusión no se revierten de forma simétrica ni completa una vez que los grandes mamíferos recuperan su rango de movimiento habitual.

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