El deterioro queda reflejado en el peso medio capturado por pescador y hora, que pasó de 4,6 kilos en 2008 a solo 1,1 kilos en 2025, según los datos recopilados en las competiciones. Todas ellas se desarrollaron bajo condiciones homogéneas: una caña por participante, cuatro horas de pesca, pesaje controlado y devolución de los ejemplares vivos al agua, lo que permitió comparar resultados a lo largo de los años con un mismo criterio metodológico.
El indicador más visible del cambio es la proporción de pescadores que terminaban la jornada sin capturar nada. En 2008 esa cifra apenas alcanzaba el 2,7% de los participantes; en 2025 llegó al 39,5%, un salto que los modelos estadísticos del estudio sitúan con un punto de inflexión claro en el año 2012, a partir del cual los resultados se mantienen estancados en niveles muy bajos.
Fernández descartó otras causas antes de señalar al siluro como responsable principal. El investigador analizó la calidad del agua y las condiciones ambientales del embalse sin hallar variaciones que justificasen el desplome, lo que le llevó a centrar sus conclusiones en la presencia de este depredador, documentada científicamente en Iznájar desde 2011, aunque algunos pescadores aseguran haber visto ejemplares pequeños ya en 2003.
Más allá de la depredación directa, el catedrático apunta a un efecto menos visible pero igualmente determinante: el cambio de comportamiento de las especies nativas. «Su sola presencia hace que carpas y barbos cambien de comportamiento y se dejen pescar menos, y altera el funcionamiento de todo el embalse», detalla a Diario Córdoba. Fernández advierte además de las repercusiones económicas: una menor afluencia de pescadores supondría menos clientes para bares, restaurantes y comercios de Rute, Iznájar y otros municipios cercanos.
«La pesca recreativa no es solo un pasatiempo. En los municipios que rodean Iznájar es una tradición, un punto de encuentro entre vecinos y una fuente de visitantes durante todo el año. El embalse también abastece de agua, riega cultivos, produce electricidad y acoge actividades de ocio y restauración», Carlos Fernández, catedrático emérito de Zoología de la Universidad de Córdoba.
Un biólogo alemán en Mequinenza en 1974
La presencia del siluro en España se remonta a 1974, cuando, según el estudio, «un biólogo alemán con intención de tener un pez atractivo hacia la pesca deportiva, lo introdujo en un río cerca de Mequinenza», en Zaragoza, aunque también circulan otras hipótesis sobre aquella decisión, entre ellas la de utilizar la especie para controlar las poblaciones de carpa en la cuenca del Ebro. Décadas más tarde, en 2011, se detectó el primer ejemplar en Iznájar. Se trató, según explica el investigador de la Estación Biológica de Doñana-CSIC Sergio Bedmar a Europa Press, de «una introducción secundaria, es decir, alguien los trajo y los liberó en ese río».
El siluro europeo puede alcanzar los dos metros de longitud y los 100 kilos de peso, y vivir más de un siglo. La Universidad de Córdoba lo describe como un animal «oportunista, voraz y agresivo», capaz de alimentarse de peces, anfibios, pequeños mamíferos e incluso aves acuáticas, lo que explica su impacto sobre la fauna autóctona allí donde logra establecerse. Originario de los grandes ríos de Europa Central, lleva varias décadas instalado en el sur de España.
La Asociación Medioambiental de Pescadores del Pantano de Iznájar (Amapila) cuenta con autorización para extraer ejemplares de siluro, pero los resultados obtenidos hasta ahora resultan limitados: durante este año la entidad apenas ha retirado unos 500 ejemplares del embalse, una cifra que la propia asociación considera insuficiente frente a la magnitud de la proliferación de la especie.
El episodio de Iznájar no es un caso aislado en la gestión de especies invasoras en embalses españoles, un fenómeno que comparte espacio en la agenda científica con otros estudios sobre fauna, como el que documenta en Kenia elefantes africanos que se automedican con plantas. Con unos 500 ejemplares retirados en lo que va de año frente a una población que lleva más de una década expandiéndose por la cuenca, el equilibrio del embalse sigue condicionado por un depredador que, en palabras de Fernández, equivale a «soltar leones por el campo».