La agencia espacial no logró detectar la señal de radio de la sonda en dos intentos de comunicación programados con 24 horas de diferencia. En ese momento, la Voyager 1 se encontraba a unos 24.000 millones de kilómetros de la Tierra, en pleno espacio interestelar, una distancia que por sí sola ya complica cualquier diagnóstico: cada orden tarda horas en llegar y otras tantas en confirmarse.
Los ingenieros del Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) descubrieron que, ante la anomalía detectada en los propulsores, los ordenadores de a bordo activaron un mecanismo de protección: la nave adoptó una configuración segura y suspendió parte de sus operaciones habituales mientras se investigaba el origen del problema. La causa concreta del fallo, sin embargo, sigue sin esclarecerse.
«Es la primera vez que vemos a la nave espacial hacer algo así», ha reconocido Kareem Badaruddin, responsable de la misión Voyager en el JPL de la NASA, en el comunicado de la agencia.
«Estamos en un momento de la misión en el que tenemos que esperar lo inesperado», ha declarado Kareem Badaruddin, responsable de la misión Voyager en el JPL de la NASA.
El aviso no es retórico. Las reservas energéticas de la Voyager 1 son cada vez más escasas y, según las previsiones de la NASA, en el verano de 2027 la agencia tendrá que apagar otro instrumento científico para que la sonda pueda seguir funcionando. Antes de que ese plazo se cumpliera, el equipo del JPL ejecutó una maniobra bautizada como 'Big Bang', completada en septiembre, que consistió en sustituir simultáneamente seis dispositivos por otros de menor consumo eléctrico sin dejar que la nave se enfriara en exceso, un riesgo tan letal como quedarse sin electricidad en el frío extremo del espacio interestelar. La misma operación ya se había aplicado unas seis semanas antes a su gemela, la Voyager 2.
Ambas sondas obtienen su energía de generadores termoeléctricos de radioisótopos, que convierten en electricidad el calor de la desintegración radiactiva del plutonio-238. Esa fuente pierde aproximadamente cuatro vatios de potencia cada año, una cifra pequeña en términos absolutos pero decisiva para unas naves que llevan casi medio siglo operando muy por debajo de sus márgenes de diseño originales.
Casi 50 años de misión y varios sustos
La Voyager 1 despegó el 5 de septiembre de 1977, días después que su gemela, con la misión original de estudiar Júpiter y Saturno. Ambas superaron ese objetivo con creces: en agosto de 2012 se convirtió en el primer objeto humano en abandonar la heliosfera y adentrarse en el espacio interestelar, hito que la Voyager 2 replicó en noviembre de 2018. Desde entonces son las únicas naves que han estudiado esa región directamente.
El apagón de octubre se suma a un historial reciente de incidentes. En noviembre de 2023 la sonda empezó a enviar datos incomprensibles por la corrupción de parte de la memoria de su sistema de datos de vuelo; el problema se resolvió entre abril y junio de 2024. Los propulsores acumulan desgaste por la obstrucción de conductos de combustible con dióxido de silicio, lo que obligó en septiembre de 2024 a recurrir a otro conjunto de propulsores y, en mayo de 2025, a reactivar unos de reserva inactivos desde 2004. Son los mismos achaques de una longevidad extrema que, en otro extremo de la ciencia de frontera, también persiguen a observaciones como el deshielo del glaciar Thwaites.
El 18 de noviembre la sonda estará a 25.900 millones de kilómetros de la Tierra, una distancia equivalente a un día luz: tardaremos 24 horas en enviarle un mensaje y otras tantas en recibir su respuesta.