Santa María la Antigua del Darién fue fundada por Vasco Núñez de Balboa y existió entre 1510 y 1524. Llegó a ser capital de Castilla de Oro y sede del primer obispado de Tierra Firme, y desde allí partió la expedición que avistó el mar del Sur. El autor coloca ese hito en el centro de la identidad nacional panameña, pese a que los vestigios del asentamiento se encuentran hoy en territorio colombiano.
El Tratado Victoria-Vélez, firmado en Bogotá, tomó como referencia la ley granadina de 1855, que había delimitado los límites entre las provincias de Panamá y Colombia dentro de la entonces República de Nueva Granada (1831-1858). Según el artículo, esa frontera tenía un propósito administrativo interno y nunca fue concebida para separar países, lo que explica buena parte de la controversia que plantea el texto.
Panamá, de acuerdo con el relato, defendió entonces el principio internacional de uti possidetis iuris, que reclamaba el reconocimiento de los límites coloniales y hubiera extendido el territorio nacional hasta la ribera occidental del río Atrato y el golfo de Urabá. El autor atribuye el desenlace a la intervención de Estados Unidos, que habría llevado a Panamá a desistir del reclamo a cambio del reconocimiento de su independencia por parte de Colombia, país que hasta entonces la consideraba jurídicamente una provincia rebelde.
El artículo enumera las consecuencias del tratado: la pérdida de acceso a los recursos naturales e hidrocarburos de la cuenca del Atrato, la exclusión de Panamá de cualquier proyecto de canal interoceánico por esa zona, y la división administrativa del hábitat de los pueblos guna y chocó entre los dos países. El autor cita también el Tapón del Darién como parte de ese legado territorial fragmentado.
«La frontera Panamá-Colombia es artificial, antihistórica y 'antigeológica'», sostiene el autor, arquitecto y docente de historia de la arquitectura en la USMA.
El texto respalda ese argumento con una lectura geológica: Panamá y la región del Chocó habrían formado parte de una misma masa insular volcánica que terminó por unirse con la emersión del istmo, lo que consolidó el puente entre los dos continentes americanos. Esa coincidencia, según el autor, confirmaría la intuición de los cartógrafos coloniales sobre la continuidad territorial entre ambas regiones.
El artículo enlaza esta tesis con el pensamiento del doctor Justo Arosemena, a quien atribuye la idea de que Panamá fue gobernada como una provincia olvidada tras su independencia de España en 1821, cuando se unió a la Gran Colombia por lo que describe como instinto de sobrevivencia, en un contexto de pobreza que se prolongó tras la disolución de esa unión y la posterior pertenencia a la República de Nueva Granada.
El texto cierra con un llamado a enseñar la historia nacional de manera integral, en la línea de otras iniciativas recientes de recuperación de memoria histórica, como el museo que impulsan los capireños para rescatar la historia precolombina de Capira. El autor reclama que los símbolos de la identidad panameña, hoy repartidos entre dos países, puedan reunirse algún día bajo un mismo territorio y una misma bandera.
«Ahora, solo cabe esperar el milagro que reviva las conversaciones bipartitas, dormidas —no muertas— desde hace más de cien años, pero esta vez sin la presencia norteña», escribe el autor del artículo.