El 18 de abril de 2026 se cumplieron 75 años de la firma del Tratado de París, el acuerdo por el que seis países europeos devastados por la Segunda Guerra Mundial pusieron en común sus industrias del carbón y el acero. La efeméride coincidió con la entrada en vigor de un nuevo reglamento comunitario sobre viaje con animales de compañía y con la entrega del Premio del Público LUX 2026 a 'Sorda', filme de la directora española Eva Libertad. La acumulación no fue coordinada, pero sí reveladora: en una misma semana, el proyecto europeo exhibió su mito fundacional, su capacidad regulatoria cotidiana y su apuesta por una identidad cultural compartida.
Carbón, acero y la apuesta por hacer irreversible la paz
El Tratado de París fue suscrito el 18 de abril de 1951 por Francia, Alemania Occidental, Italia, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo, y entró en vigor al año siguiente. Su arquitecto intelectual fue el ministro francés Robert Schuman, que nueve meses antes, el 9 de mayo de 1950 —fecha que la UE celebra como Día de Europa—, había presentado la declaración que lleva su nombre. La lógica era tan sencilla como ambiciosa: si los recursos industriales que habían alimentado tres guerras en setenta años se gestionaban en común, ningún Estado podría movilizarlos unilateralmente para un conflicto armado. El precedente histórico más próximo era elocuente: el carbón del Ruhr y el acero de la cuenca del Sarre habían sido objeto de disputa directa entre Francia y Alemania desde 1871.
La Comunidad Europea del Carbón y del Acero —CECA— fue el resultado institucional de aquella declaración. Tuvo una vigencia tasada de cincuenta años, expiró en 2002 según lo previsto en el propio tratado, y su herencia jurídica e institucional fue absorbida por las estructuras comunitarias que habían ido creciendo a su sombra. Ninguno de los seis Estados firmantes originales ha abandonado el proyecto desde entonces.
De seis fundadores a veintisiete miembros en siete décadas
De aquel núcleo de seis emergieron los Tratados de Roma de 1957, que crearon la Comunidad Económica Europea y el mercado común. Vinieron después el Acta Única Europea de 1986, el Tratado de Maastricht de 1992 —que instituyó la ciudadanía europea y allanó el camino al euro— y el Tratado de Lisboa de 2007, que dotó a la UE de su arquitectura institucional vigente, incluyendo la figura del presidente permanente del Consejo Europeo y el alto representante para Asuntos Exteriores. La moneda única fue adoptada por veinte de los veintisiete miembros actuales. El único episodio de contracción en la historia del proyecto fue la salida del Reino Unido, consumada el 31 de enero de 2020 tras el referéndum de junio de 2016.
El aniversario de 2026 llega, por tanto, con la membresía en su máximo histórico, pero con tensiones sobre el modelo de integración —competencias, soberanía, política exterior, migración y Estado de derecho— que ninguno de los mecanismos previstos en los tratados ha resuelto hasta la fecha. La Comisión Europea y el Consejo Europeo no han hecho declaraciones conjuntas específicas sobre una hoja de ruta institucional para la próxima década que consten en el texto base de esta información.
El reglamento de mascotas, cara visible de la armonización cotidiana
En paralelo a la efeméride, entró en vigor el nuevo reglamento comunitario de viaje con animales de compañía, norma de alcance europeo que afecta a los movimientos de mascotas dentro y fuera del espacio de la Unión. La regulación sobre animales de compañía no es una anécdota burocrática: ilustra el tipo de armonización transfronteriza que más contacto directo tiene con el ciudadano medio. Desde pasaportes de animales hasta requisitos sanitarios y de identificación, el derecho comunitario lleva décadas penetrando en ámbitos que los tratados fundacionales de 1951 y 1957 no contemplaban. El marco jurídico general en el que se inscribe es el del mercado único veterinario y de sanidad animal que la UE ha ido construyendo desde el Reglamento (UE) 576/2013, al que la nueva norma actualiza o complementa según el texto vigente.
'Sorda' y el LUX, dimensión cultural de un proyecto en construcción
El Premio del Público LUX 2026 recayó en 'Sorda', de la directora española Eva Libertad. El LUX es un galardón impulsado por el Parlamento Europeo con el objetivo explícito de facilitar la circulación de obras cinematográficas entre países y culturas diversas mediante subtitulado en las lenguas oficiales de la UE. Que una producción española se lleve el voto del público en la semana del 75 aniversario añade un matiz simbólico: la integración europea no se reduce a mercados o instituciones, sino que incluye una dimensión cultural que el proyecto ha intentado construir durante décadas con resultados que los propios informes del Parlamento Europeo sobre diversidad cultural califican de desiguales.
La presión geopolítica que los tratados fundacionales no anticiparon
El contexto en el que se celebra el aniversario dista de ser apacible. La invasión rusa de Ucrania, iniciada en febrero de 2022, ha sometido a la UE a una presión geopolítica sin precedentes desde la Guerra Fría, forzando decisiones urgentes en materia de defensa y política energética que la arquitectura de Lisboa no contemplaba con la agilidad requerida. Las tensiones comerciales con Estados Unidos y la incertidumbre sobre el grado de compromiso de Washington con la seguridad europea han reabierto el debate sobre la autonomía estratégica del bloque, un concepto que la Comisión Europea ha defendido con creciente insistencia desde 2019. En el interior, las fricciones entre gobiernos con visiones distintas sobre el Estado de derecho —con procedimientos abiertos por la Comisión contra varios Estados miembros al amparo del artículo 7 del Tratado de la Unión Europea— siguen sin resolverse.
Tres preguntas abiertas para los próximos veinticinco años
El balance de tres cuartos de siglo incluye el mayor período de paz entre las potencias europeas occidentales desde la caída del Imperio Romano, un mercado único de más de cuatrocientos millones de personas y un modelo de integración sin parangón en la historia del derecho internacional. Las preguntas abiertas son igualmente de fondo: si la arquitectura diseñada para seis países industriales puede sostenerse con Veintisiete de estructuras económicas y tradiciones políticas heterogéneas; si el método comunitario —negociación, consenso, cesión gradual de soberanía— es suficientemente ágil para responder a crisis que se miden en días y no en ciclos legislativos; y si la ciudadanía europea mantiene el grado de adhesión que el proyecto necesita para seguir funcionando. Los próximos hitos concretos son la negociación del marco financiero plurianual post-2027 y las eventuales adhesiones de países candidatos del entorno ucraniano y balcánico, procesos ambos que pondrán a prueba, antes de que se cumpla el primer siglo del Tratado de París, las mismas tensiones que la semana del 18 de abril de 2026 formuló con precisión involuntaria.

