El balear, que puso fin a su carrera profesional tras conquistar 22 títulos de Grand Slam, se mostró en esa charla alejado de la imagen de dominador que proyectó durante dos décadas en las pistas. Según su propio relato, de niño era «muy tímido, muy obediente y, según me dicen, un buen chico», una descripción que contrasta con la determinación competitiva que terminaría definiendo su trayectoria deportiva.
Nadal situó buena parte de sus recuerdos de infancia en la figura de su padre, Sebastián Nadal, que por entonces regentaba una empresa de cristales en Manacor antes de implicarse directamente en la carrera de su hijo. «Trabajaba mucho, recuerdo muchas veces cuando yo me levantaba, él ya no estaba», recordó el extenista sobre aquellas rutinas familiares marcadas por la ausencia matutina paterna.
Su madre, Ana María Parera, compaginaba entonces la crianza de Rafa y su hermana Maribel con la gestión de una perfumería en el pueblo, antes de asumir años después responsabilidades en la Fundación Rafa Nadal. La familia organizaba su día a día en torno al trabajo de ambos progenitores, en un entorno en el que el tenis todavía no ocupaba el lugar central que acabaría teniendo en la vida del balear.
Una preferencia infantil por el fútbol
Pese a que su nombre quedó inseparablemente unido a la raqueta, Nadal reconoció que de pequeño disfrutaba más jugando al fútbol que al tenis, y la razón que ofrece tiene que ver con la compañía antes que con el deporte en sí. «Me lo pasaba mejor jugando al fútbol, pero porque estaba con más compañeros, en el tenis estaba más solo», explicó, en una reflexión que matiza la idea de una vocación tenística temprana e inquebrantable.
Esa preferencia por el juego colectivo frente a la soledad de la pista resulta llamativa si se compara con el carácter que después mostraría en las grandes citas del circuito, donde construyó parte de su leyenda precisamente en los momentos de mayor exigencia individual. El testigo de aquel tenis español lo recoge hoy una nueva generación, con Alejandro Davidovich como primer español campeón en el Masters 1000 de Shanghái.
Un miedo a la oscuridad que persiste
Entre las confesiones más personales de la entrevista figura el miedo a la oscuridad que, según su propio testimonio, Nadal arrastra desde la infancia y que todavía condiciona sus hábitos nocturnos. «No me puedo ir a la cama a oscuras, siempre tengo la televisión, una serie, algo», confesó el extenista, que también recordó episodios de su niñez en los que buscaba compañía durante la noche.
«Seguía por las noches apareciendo en la cama de mis padres o de mi hermana», relató Rafa Nadal en su conversación con Bertín Osborne.
El testimonio del mallorquín dibuja una infancia alejada de los focos y la presión que marcarían después su carrera profesional, una etapa en la que, según sus propias palabras, el trabajo familiar, los amigos y los miedos infantiles tenían tanto peso en su día a día como cualquier pista de tenis de Manacor.
