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Por qué casi nadie rechaza el décimo de lotería de la oficina, según la psicología

Enric Soler, especialista de la UOC, sostiene que muchos compran «por las expectativas de su entorno y para no sentirse excluidas».

Por Redacción de El Hemiciclo·
3 min de lectura
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Ilustración de El Hemiciclo · el décimo de lotería compartido en la oficina
ILUSTRACIÓN DE EL HEMICICLO

El 19,2% de los trabajadores españoles repartió su número de la Lotería de Navidad con compañeros de oficina en 2025, según un sondeo de YouGov realizado tras el sorteo, y casi nadie se atreve a rechazar el décimo compartido. La psicología atribuye ese comportamiento a un miedo muy concreto que aflora cada otoño: quedarse fuera cuando los demás celebren el premio el 22 de diciembre.

El fenómeno tiene nombre: FOMO, siglas en inglés de fear of missing out, o miedo a quedarse fuera. El concepto lo definieron en 2013 los investigadores Andrew Przybylski, Kou Murayama, Cody DeHaan y Valerie Gladwell en la revista Computers in Human Behavior, como una preocupación persistente de que otros estén viviendo experiencias gratificantes de las que uno está ausente. Su estudio original se centró en las redes sociales, pero el mecanismo encaja con lo que ocurre en torno al décimo de la oficina entre noviembre y el día del sorteo.

Un análisis de la Universidad Oberta de Catalunya (UOC) publicado en 2019 ya incluía ese temor, junto a la envidia social, entre los motivos habituales para jugar a la lotería. Bajo esa lectura, el billete compartido funciona menos como una apuesta por el dinero y más como un seguro emocional: quien paga sus 20 euros no busca tanto los 400.000 euros del Gordo como evitar ser el único del departamento al que no le tocó nada.

Detrás de ese impulso hay un mecanismo estudiado por la psicología del comportamiento: el arrepentimiento anticipado, que lleva a decidir en función de cómo se sentirá uno si las cosas salen mal. Los psicólogos Marcel Zeelenberg y Rik Pieters, de la Universidad de Tilburgo, lo comprobaron con datos reales en un trabajo publicado en 2004 en Organizational Behavior and Human Decision Processes, comparando dos sorteos de Países Bajos.

El primero era la lotería estatal convencional, con un número elegido al comprar el billete. El segundo, la Lotería del Código Postal, premia directamente el código postal de cada vivienda, de modo que quien no participa puede enterarse igualmente de que su calle ha ganado y ver cómo los vecinos lo celebran. Los autores observaron que el miedo al arrepentimiento influía en la decisión de jugar a la del código postal, pero apenas afectaba a la estatal: el empuje no procedía del premio, sino del temor a quedarse al margen de la fiesta colectiva.

La presión del grupo en el trabajo

Ese esquema se reproduce en la lista de la oficina casi sin matices: si el número gana, habrá brindis, fotos y comentarios durante meses, y nadie podrá quedar al margen, pese a que las probabilidades de que el Gordo caiga en ese número son de una entre 100.000. A ese cálculo emocional se suma la presión social propia del entorno laboral, donde rechazar el décimo puede leerse como una falta de compañerismo.

«Muchas personas compran por las expectativas de su entorno y para no sentirse excluidas, más que por la esperanza real de ganar», sostiene Enric Soler, especialista en psicología de la UOC.

A ese empuje grupal se añaden sesgos cognitivos ya descritos en la literatura científica: la aversión a la pérdida, formulada por Daniel Kahneman y Amos Tversky en su teoría de las perspectivas de 1979, por la que ver ganar a los compañeros se vive como una pérdida propia; el sesgo de disponibilidad, que hace parecer más probable el premio tras ver imágenes de ganadores con cava; y la ilusión de control, la sensación de que repetir cada año el número de la empresa influye en el resultado.

Los datos del sondeo de YouGov retratan el alcance de ese componente colectivo: un 78,6% de los encuestados jugó en el sorteo de 2025, y solo uno de cada cinco no compartió su número con nadie. El 65,5% lo repartió con la familia, el 25,1% con amigos y el 19,2% con compañeros de trabajo. El gasto medio por habitante superó los 76 euros, con Soria como provincia de mayor desembolso per cápita, por encima de los 285 euros por persona. Ese peso cultural del juego convive estos días con otros debates en torno a la lengua y la tradición, como el reciente llamamiento de la lingüista Cristina Sánchez López en la RAE.

Soler resume el dilema con una pregunta que, según defiende, debería hacerse cualquiera antes de apuntarse a la lista de la oficina: «¿Cuánto estoy dispuesto a perder?».

Fuentes

  1. OKDiariookdiario.com

Material del que parte esta pieza. El texto es propio; los enlaces llevan al original.

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